Organizando la boda de mi ex, y un caos Gourmet.

Capitulo 32.

_“Cuando el miedo te hace ver fantasmas en cada luz de neón, solo el alivio de una puerta cerrada te recuerda que la cordura sigue siendo tu único refugio.”_

La oscuridad no era solo falta de luz, era una entidad densa, un fango negro que se filtraba en mis pulmones impidiéndome respirar. Esa sensación de ser observada, de tener mil ojos clavados en mi nuca, me estaba consumiendo viva. Mi instinto, ese animal herido que gritaba dentro de mí, dio la orden: corre.

Y corrí. A lo lejos, como si viniera desde otra dimensión, escuchaba una voz que me llamaba con una urgencia desgarradora, pero mis pies solo golpeaban el suelo con más fuerza. Una sombra me pisaba los talones. Intenté girarme, desesperada por ponerle un rostro a mi pesadilla, pero solo había vacío. Al mirar al frente, el pánico me detuvo en seco: un muro colosal se extendía hasta el infinito, cortándome el paso. Miré a derecha e izquierda; el muro estaba en todas partes. Estaba acorralada, sola, indefensa y a merced de su locura.

—Te lo advertí, Winslow —susurró una voz distorsionada que no reconocí, pero que vibró en mis huesos—. Te advertí que te alejaras de él.

Justo cuando una mano fría estaba a punto de cerrarse sobre mi hombro, el muro se resquebrajó y la oscuridad estalló en luz.

Abrí los ojos de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas como un pájaro enjaulado. Lo primero que vi no fue una sombra, sino el verde profundo y cargado de angustia de los ojos de Rowan. Me tenía acunada entre sus brazos, envuelta en su calor, y por la tensión en sus hombros supe que llevaba rato intentando sacarme de ese pozo.

—Evelyn, mírame… respira, maldita sea, respira —su voz era un ruego ronco.

Me quedé inmóvil, sintiendo la humedad traicionera en mis pestañas. Con el revés de la mano me limpié las lágrimas, obligando a mis pulmones a aceptar el aire real del dormitorio. Forcé una sonrisa pequeña, una máscara de cristal para ocultar el rastro del mensaje de ayer que seguía quemándome la mente.

—Solo fue una pesadilla —murmuré, más para convencerme a mí misma que a él—. Estoy bien. Estoy a salvo aquí.

Rowan no pareció convencido. Sus dedos, grandes y cálidos, comenzaron a peinar mi cabello con una suavidad que me desarmaba, trazando líneas lentas que intentaban disipar los residuos del miedo.

—¿Segura que estás bien, preciosa? —preguntó, y su tono bajó a ese registro protector que me hacía querer confesarle hasta mis pecados más oscuros—. Estabas gritando, Eve. Parecía que estabas luchando contra el mundo entero tú sola.

Sentí una punzada de culpa. El muro de mi sueño no era solo una construcción mental, era el secreto que estaba levantando entre nosotros para protegerlo de su propia furia. Me pegué más a su pecho, buscando el latido constante de su corazón, ese ritmo que era lo único que lograba silenciar las amenazas de mi teléfono.

—Contigo aquí, el mundo no tiene oportunidad —mentí a medias, refugiándome en el hueco de su cuello mientras su aroma a madera y piel terminaba de borrar el rastro de la sombra.

La mañana se estiró entre nosotros, perezosa y cargada de una intimidad que se sentía casi sagrada, como si el sol que se filtraba por las cortinas tuviera el poder de desinfectar los horrores de la noche anterior. Rowan no me soltó, al contrario, estrechó el cerco de sus brazos, obligándome a hundirme en el hueco de su hombro mientras el ritmo de su respiración empezaba a acompasarse con el mío.

—No te voy a soltar, Eve —susurró contra mi sien, y su voz ronca de recién despertado me provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con el miedo—. Puedes intentar huir en tus sueños todo lo que quieras, pero aquí fuera, no vas a ninguna parte sin mí.

Cerré los ojos, dejándome embriagar por su aroma y por el calor de su piel. Era tan fácil olvidarse del mundo cuando Rowan me tocaba así, con una mezcla de adoración y posesividad que me hacía sentir la mujer más valiosa de la ciudad. Sus dedos seguían trazando círculos lentos en mi espalda, bajando por mi columna con una paciencia tortuosa que poco a poco iba transformando la ansiedad de la pesadilla en un deseo latente, espeso y dulce.

—Me gusta cuando te quedas así de quieta —añadió, y pude sentir su sonrisa rozando mi oreja—. Sin pelear, sin intentar llevarme la contraria. Casi parece que me tienes miedo… o que me deseas demasiado.

—No te tengo miedo, Rowan Sinclair —logré decir, aunque mi voz sonó más entrecortada de lo que pretendía—. Y lo sabes perfectamente.

—Mhm… —gruñó él, bajando su mano hasta mi cadera para pegarme más a su cuerpo, recordándome con cada centímetro de su anatomía que él era una realidad mucho más potente que cualquier sombra—. Entonces demuéstramelo. Olvídate de lo que sea que viste en ese sueño y quédate aquí conmigo. El mundo puede esperar un par de horas más.

Me giré entre sus brazos para mirarlo, encontrándome con ese verde encendido que siempre parecía estar analizando mi alma. Por un instante, la imagen del mensaje en mi teléfono volvió a cruzar mi mente: “te estoy cuidando la retaguardia”. Pero al ver la determinación en el rostro de Rowan, el brillo protector de sus ojos y la forma en que sus labios se entreabrían esperando los míos, decidí que la mañana nos pertenecía solo a nosotros.

Enterré mis dedos en su cabello rebelde y lo atraje hacia mí, sellando nuestra burbuja. Si el muro de mi pesadilla seguía ahí fuera, al menos dentro de esta cama, Rowan era el único incendio que estaba dispuesta a dejar que me consumiera.

—¿Segura que no quieres que te lleve, Eve? —Era la tercera vez que Rowan lanzaba la pregunta desde que salimos del apartamento, y su voz tenía ese matiz bajo y persistente que usaba cuando su instinto de protección estaba en alerta máxima.

—Tan segura como las dos veces anteriores, Rowan —le respondí, forzando una sonrisa que pretendía ser ligera, aunque por dentro los nervios de la pesadilla aún me daban pequeños tirones en el estómago—. Puedo conducir diez minutos hasta mi local sin que el mundo se acabe.




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