Organizando la boda de mi ex, y un caos Gourmet.

Capitulo 33.

_“Hay monstruos que destruyen hogares y hombres que se vuelven bestias para protegerlos. Rowan es el fuego que devora cualquier sombra que se atreva a tocar mi piel.”_

¿Alguna vez has tenido esa punzada visceral de que el mundo se ha torcido un par de grados? Es un retorcijón en la boca del estómago, una “mala espina” que te eriza el vello antes de que tu cerebro entienda por qué. Ese presentimiento me asfixiaba mientras el ascensor subía. En cuanto las puertas se deslizaron, el aire del pasillo me golpeó con una frialdad distinta. Mis sentidos se afilaron, transformándome en una presa que huele al depredador cerca.

—Definitivamente, la paranoia me está ganando la partida —murmuré para mis adentros, forzando mis pies a avanzar hacia mi puerta.

Pero al llegar, el presentimiento se convirtió en una realidad de plomo. Mi puerta no estaba cerrada. Había una rendija oscura, un bostezo de madera que me gritaba que la barrera de mi intimidad había sido violada. Yo no era una mujer tan distraída, recordaba perfectamente el sonido del pestillo encajando esta mañana.

—¿Tienes por costumbre dejar tu puerta abierta, Evelyn? —La voz de Rowan me golpeó como un latigazo.

—¡Carajo! —Grité, saltando en mi lugar mientras el corazón intentaba escaparse por mi garganta.

Me giré para encontrarme con sus ojos verde agua. No había dulzura en ellos, centelleaban con una sospecha gélida, escaneando mi reacción como si buscara una mentira que yo no sabía que estaba contando.

—Me asustaste… ¿Cuándo llegaste? —logré articular, tratando de que mi voz no sonara como un cristal roto.

—Estaba saliendo cuando te vi ahí parada, petrificada frente a tu propia puerta. Iba a saludarte, pero… —Se interrumpió, señalando la entrada con un gesto seco de la cabeza—. ¿Esperabas a alguien?

—No, Rowan. La última vez que alguien entró aquí sin invitación fue Graham, y Nala casi le arranca una pierna. Pero esta vez… —El pánico real me golpeó—. ¡Oh, por Dios! ¡Max y Nala!

Ignoré sus protestas, ignoré el manual de supervivencia que dictaba no entrar en una escena del crimen y me lancé al interior del apartamento.

—¡Maldita sea, Evelyn! ¡Espera! —escuché su rugido tras de mí.

Entró pisándome los talones, casi estampándose contra mi espalda porque me frené en seco, asfixiada por la visión que tenía delante. Mi hogar ya no era mi hogar.

—¿Pero qué demonios…? —La voz de Rowan se apagó, reemplazada por un gruñido sordo de animal herido.

Si el huracán Katrina hubiera decidido tomarse unas vacaciones de furia y resentimiento, el resultado habría sido este. El caos era absoluto, preciso en su crueldad. Los cojines del sofá estaban destripados, el relleno blanco esparcido como nieve sucia sobre la alfombra. Mis libros, mis preciados libros, yacían con las hojas arrancadas y pisoteadas. Los cuadros de las paredes habían sido arrancados y los cristales rotos crujían bajo mis pies como huesos triturados.

Pero no fue el desorden lo que me heló la sangre, sino las paredes.

Sobre el papel pintado que tanto me había costado elegir, alguien había descargado una bilis negra y viscosa. Grandes letras irregulares, pintadas con lo que parecía pintura en aerosol barata, gritaban mensajes que me hicieron temblar las rodillas:

“TE ADVERTÍ QUE TE ALEJARAS DE GRAHAM Y NO ESCUCHASTE.”

“AHORA VAS A POR LOS DEMÁS. ZORRA.”

“NADA DE LO QUE TOQUES QUEDARÁ EN PIE.”

El insulto final, escrito justo encima de la chimenea en letras sangrientas, era un recordatorio de mi propia vulnerabilidad. Sentí una náusea violenta subirme por la garganta. El acosador no solo me había seguido, había estado aquí, en mi cama, en mi cocina, respirando mi aire mientras planeaba mi destrucción.

Sentí la presencia de Rowan a mi espalda, una masa de calor, preocupación y furia contenida. No decía nada, pero su respiración era un silbido peligroso. Sus ojos recorrían las paredes, absorbiendo cada insulto, cada amenaza dirigida a mí. El aire en la habitación comenzó a vibrar con una tensión eléctrica, la protección de Rowan ya no era un abrazo, era una declaración de guerra.

—Rowan… —susurré, buscando su mano entre los escombros de mi vida, con el miedo finalmente ganándole la batalla a mi orgullo.

El aire en el salón estaba cargado de una electricidad estática, una premonición de violencia que me dificultaba inhalar. Rowan no solo me tomó de la mano, me lanzó hacia él con un movimiento felino, cubriéndome con su propio cuerpo al escuchar un crujido seco proveniente del piso de arriba. Me apretó contra su pecho, y por un segundo, el mundo se redujo al latido errático de su corazón contra mi oído.

Pero la amenaza se materializó en un par de juegos de cuatro patas. Max y Nala bajaron las escaleras a trompicones, con las orejas gachas y el miedo pintado en sus ojos. Al verlos sanos, el nudo de terror que me asfixiaba se aflojó lo suficiente como para dejarme respirar.

—Oh, Dios, gracias… —solté en un hilo de voz, dejándome caer al suelo.

Arrastré a Rowan conmigo, y él se dejó llevar, aunque sus ojos no descansaban. Eran dos faros verdes escaneando cada rincón destrozado, cada sombra, cada rastro de la invasión.

—¿Podrías explicarme qué demonios está pasando aquí, Evelyn? —Su voz no era una pregunta, era acero frío, una demanda que no admitía más evasivas.

—Rowan… —El nombre murió en mi garganta.

¿Cómo le dices al hombre que ha hecho de tu seguridad su religión que le has estado ocultando un sacrilegio? Antes de que pudiera articular una mentira piadosa, él ya se había puesto en pie, alejándose de mí con una eficiencia gélida mientras sacaba su móvil del bolsillo.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, y el pánico me agudizó la voz. En el fondo, sabía exactamente lo que hacía, y me odiaba por no haber tenido el valor de hacerlo yo misma semanas atrás.




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