_“Hay perdones que no se dicen, se sienten; porque a veces la única forma de reparar dos corazones rotos es dejar que se consuman en el mismo incendio.”_
Regresamos al apartamento, pero él viaje fue un borrón. Prácticamente nos arrastramos el uno al otro a través del umbral. Rowan no me soltó ni un segundo, como si temiera que, al dejar de tocarme, el aire volviera a llevarme lejos. Sus manos, todavía temblorosas por la adrenalina del pánico, buscaban mi piel con una urgencia que me quemaba.
La puerta se cerró con un golpe sordo tras nosotros, pero no nos detuvimos en la sala. El camino hacia la habitación fue un rastro de ropas olvidadas y besos robados aliento tras aliento.
Cuando mis hombros tocaron finalmente la suavidad de las sábanas, el peso de Rowan sobre mí fue la única constante que mi mundo necesitaba. Sus labios abandonaron mi boca por un segundo para buscar el lóbulo de mi oreja, y allí, en la penumbra de la habitación, su voz sonó como una confesión sagrada.
—Lo siento… —susurró él, y el calor de su aliento me erizó la piel—. Perdóname por el silencio, por el portazo… por ser un maldito cobarde que prefiere huir antes que dejarte ver lo mucho que me aterra perderte.
Yo hundí mis dedos en su cabello, tirando de él para que volviera a mirarme a los ojos. El verde de sus pupilas estaba oscurecido por el deseo, pero también por una honestidad brutal que me desarmó.
—Yo también lo siento, Rowan —logré decir, con la voz entrecortada—. Siento haber usado tus secretos como un arma. Siento no haber confiado en que podías cargar con mi peso. Solo quería que estuvieras a salvo de mis problemas.
—Tus problemas son los míos, Evelyn —sentenció él antes de capturar mis labios de nuevo en un beso que sabía a perdón y a una promesa inquebrantable—. No vuelvas a intentar protegerme de ti misma.
La pasión estalló entonces, ya no como una chispa de rabia, sino como un incendio controlado. Cada caricia era una disculpa silenciosa, cada gemido una tregua firmada con fuego. Rowan me recorrió como si estuviera memorizando cada curva de mi cuerpo, cada cicatriz de mi alma, asegurándose de que esta vez, nada ni nadie pudiera interponerse entre nosotros.
En la oscuridad de su cuarto, rodeada por la fuerza de sus brazos y la dulzura inesperada de sus besos, comprendí que no estábamos solo teniendo sexo. Estábamos reconstruyendo lo que el orgullo había roto. Estábamos demostrándonos que, aunque el mundo afuera fuera un caos de cristales rotos, aquí dentro, bajo el peso de su cuerpo, yo finalmente había llegado a casa.
La luz de la mañana se filtraba suavemente por las cortinas, pero fue el vacío a mi lado lo que me despertó del todo. La sábana aún conservaba un rastro del calor de Rowan, pero él ya no estaba. Inhalé hondo, dejando que el aroma a café recién hecho —oscuro, intenso, tan suyo— me llenara los pulmones. Desde la planta baja, el rítmico clac-clac-clac del cuchillo contra la madera me confirmó que Rowan estaba en su elemento.
Aproveché ese tiempo muerto para refugiarme en el baño. Necesitaba que el agua borrara el rastro de la angustia de anoche, aunque quería conservar el recuerdo de sus manos sobre mi piel.
Me metí bajo el chorro de agua casi hirviendo, dejando que el vapor empañara los cristales y las paredes. Cerré los ojos mientras el agua resbalaba por mi espalda, relajando cada músculo que Rowan había tensado y luego liberado horas antes. El jabón con aroma a vainilla y sándalo se mezclaba con el vaho, creando una burbuja de paz que me hacía sentir, por primera vez en días, que el peligro estaba a un universo de distancia. Me quedé allí, bajo la lluvia artificial, repasando mentalmente la forma en que sus labios se habían disculpado contra los míos, sintiendo un cosquilleo que nada tenía que ver con la temperatura del agua.
Quince minutos después, envuelta en una de sus camisas de lino que me quedaba gigante y con el cabello aún húmedo, bajé las escaleras descalza. Los pasos se perdían en la alfombra, permitiéndome el lujo de ser una espectadora silenciosa.
Me detuve en el último escalón.
Rowan estaba de espaldas a mí, frente a la encimera. No llevaba camiseta. La luz matutina esculpía cada músculo de su espalda, desde la tensión de sus hombros hasta el movimiento fluido de sus omóplatos mientras picaba fruta con una precisión envidiable, si fuera yo, seguramente ya habría un dedo suelto sobre la tabla. Podía ver las cicatrices que contaban historias que aún no me pertenecían, y la visión me dejó sin aliento. Era una mezcla de poder bruto y domesticidad que me revolvió el estómago de la forma más deliciosa posible.
Me quedé allí, hipnotizada por el juego de sombras en su piel bronceada, bajando la mirada por su columna hasta donde el pantalón de pijama descansaba peligrosamente bajo en su cadera.
De repente, el ritmo del cuchillo se detuvo. Rowan no se giró, pero vi cómo sus hombros se relajaban. Lentamente, la comisura de sus labios se elevó en una sonrisa lateral, cargada de esa suficiencia arrogante que tanto me desesperaba y me encantaba a la vez.
—Si sigues mirándome así, Evelyn, se va a quemar el desayuno —soltó con esa voz ronca de recién despertado, sin siquiera dignarse a mirarme.
Sentí el calor subirme por las mejillas al instante. Maldito Sinclair y sus sentidos de depredador.
—No te estaba mirando —mentí descaradamente, recuperando la compostura mientras caminaba hacia la isla de la cocina con paso firme, tratando de ignorar cómo mi corazón acababa de dar un vuelco—. Estaba analizando si tu técnica de corte es tan buena como presumes.
Me senté en el taburete, evitando su mirada mientras él finalmente se giraba, con esa chispa de diversión bailando en sus ojos verde agua.
—Preparé café —dijo Rowan, extendiéndome una taza de cerámica negra de la que emanaba un vapor perfecto. Me dedicó una mirada lenta, de esas que te recorren como una caricia física—. Pero antes de que empieces, será mejor que me ponga una camiseta.
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Editado: 25.04.2026