_“Descubrí demasiado tarde que los demonios más peligrosos no gritan ni arden; caminan con pasos de seda, visten el color de la pureza y te matan con la misma suavidad con la que una madre arrulla a su hijo.”_
Evelyn.
Una vez que traspasamos las puertas del hospital, traté de recomponer mi postura y me acomodé la camisa, pero fue entonces, bajo la luz cruda y despiadada de los fluorescentes del hospital, cuando la realidad me golpeó: solo llevaba puesta la camisa de lino de Rowan. Me quedaba enorme, apenas cubriendo lo suficiente, y mis piernas desnudas parecían brillar bajo los focos.
No fui la única en notarlo. Un tipo que esperaba en la fila de admisión me recorrió con una mirada lenta, de arriba abajo, deteniéndose más de lo necesario en el dobladillo de la tela. Sentí que el aire en el pasillo se enfriaba, pero no por el aire acondicionado, sino por la furia que emanó de Rowan al instante. Su brazo rodeó mi cintura con una fuerza posesiva, pegándome a su costado, mientras sus ojos verdes se clavaban en el desconocido con una promesa de violencia pura.
—Juro que si sigue mirándote así, lo voy a estrangular aquí mismo —masculló Rowan entre dientes, su voz siendo un rugido bajo que solo yo pude escuchar.
Su mandíbula estaba tan tensa que parecía de piedra, y por un segundo, el protector desplazó al chef. No le importaba estar en un hospital ni que acabáramos de salvar mi vida, en su mente, yo era su territorio sagrado y aquel idiota estaba cometiendo un pecado capital.
Afortunadamente, la fila se movió de forma ágil y entonces nos tocó, pero yo decidí hacerme a un lado y salir de la cola ya que al parecer estaba llamando demasiado la atención, y no de una forma deseada.
Mientras Rowan gesticulaba frente a la recepcionista, con esa autoridad natural que emanaba de sus hombros tensos y su voz de barítono explicando la emergencia, yo sentía que mi mente era un campo de batalla. La historia de Mandy se asentaba en mi pecho, quemando más que la propia alergia. Una rabia sorda, caliente y eléctrica empezó a burbujear bajo mi piel, pero no era contra Rowan. Era contra Graham.
¿Cómo podía ese idiota ser tan cruel? Jugar con la culpa de su hermano como si fuera un juguete roto, atormentarlo con el peso de una decisión que nadie debería tomar jamás. Ese jodido hijo de puta. Graham se revolcaba en su papel de víctima mientras Rowan cargaba con el cadáver de su reflejo y el juicio de su sangre.
—Rowan fue quien tuvo que elegir, Graham… él fue quien saltó, no tú —murmuré para mis adentros, apretando los puños hasta que mis uñas se clavaron en las palmas
Estaba tan sumergida en mi propia rabieta mental que no vi venir a una enfermera que caminaba a paso veloz. Me golpeó el hombro con fuerza al pasar, tambaleándome un poco, y siguió de largo sin soltar un “lo siento”. En cualquier otro lugar me habría molestado, pero aquí, donde la vida y la muerte se cruzan en cada pasillo, el apremio era la única ley.
—Debemos seguirla —dijo Rowan, apareciendo a mi lado y rodeándome la cintura con su brazo, como si temiera que alguien más volviera a chocar conmigo—. Nos llevará con la doctora Anderson. Pero ya me lo adelantaron: te van a dejar en observación.
—¿Qué? —me detuve en seco, mirándolo con fastidio—. ¿Es realmente necesario? Rowan, ya he tenido reacciones antes, sé cómo manejarlo…
—¿Pero alguna vez fue tan grave como la de hoy? —Su voz cayó como un mazo, firme y sin fisuras. Me sostuvo la mirada con una intensidad que no admitía réplicas; no era solo el chef controlador, era el hombre que casi me ve morir—. ¿Alguna vez sentiste que el aire se convertía en cemento, Evelyn?
Puse los ojos en blanco, aunque en el fondo sabía que tenía razón. Me dejé guiar por el pasillo, el olor a antiséptico y el brillo clínico de las baldosas blancas haciéndome sentir pequeña.
—Debo avisarle a Maya… se va a volver loca si no sabe nada de mí —dije, buscando mi bolso por instinto antes de recordar que estaba en el apartamento de Rowan.
—Ya me encargué —Rowan me dedicó una sonrisa de lado, una chispa de su arrogancia habitual volviendo a sus ojos—. Le envié un mensaje a Ellis y le pedí que ella se encargara de Maya. Ellis me llamó unas doce veces en cinco minutos, pero le corté en todas. Estaba ocupado asegurándome de que te atendieran primero.
—Pobre Ellis —reí por lo bajo, imaginando a la pobre a punto de un ataque de nervios—. Debe estar queriendo matarte.
—También avisé a la oficial Kennedy —añadió, y su rostro volvió a endurecerse—. Pasarán por el apartamento a recoger la caja y las muestras antes de venir aquí. Esto no se va a quedar así, nena.
Llegamos a una zona más privada del hospital. La enfermera abrió una puerta pesada y nos hizo pasar a un consultorio que parecía un búnker de orden. Allí nos esperaba la doctora Anderson. Era una mujer de unos cincuenta años, de mirada afilada tras unas gafas de montura delgada y el cabello cano recogido en un moño impecable. Su bata blanca estaba tan almidonada que parecía una armadura.
—Soy la doctora Anderson, especialista en inmunología —se presentó con una voz calmada pero autoritaria—. Tomen asiento. Señor Sinclair, me han dicho que usted administró la epinefrina. Buen trabajo, eso le salvó la vida.
Se acercó a mí, tomó mi pulso y revisó mis pupilas con una linterna pequeña mientras Rowan le explicaba, con una precisión asombrosa, cuánto tiempo pasó desde la ingesta hasta el primer síntoma.
—Dígame, Evelyn —empezó la doctora, anotando algo en su tableta—, además de la opresión respiratoria, ¿siente náuseas, mareos o algún hormigueo persistente en las extremidades?
—Solo un poco de temblor… y mi garganta se siente como si hubiera tragado lija —respondí honestamente.
—Es normal por la adrenalina y la inflamación de los tejidos —explicó la doctora Anderson—. El protocolo en estos casos es estricto: debido a que hubo compromiso de las vías respiratorias, debe quedarse en observación de cuatro a seis horas. Necesitamos vigilar una posible respuesta bifásica… es decir, que la reacción regrese cuando el efecto de la medicina desaparezca. Le pondremos una vía intravenosa con corticoides y antihistamínicos de acción rápida.
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Editado: 25.04.2026