Organizando la boda de mi ex, y un caos Gourmet.

Capitulo 42

_“A veces, para que la luz regrese, el destino exige una última ofrenda de sangre, y mientras el mundo se apaga, me voy sabiendo que hay amores que no solo te salvan la vida, sino que son capaces de morir mil veces para que tú no tengas que enfrentar la oscuridad sola.”_

Evelyn.

Dentro de mi cabeza, una locomotora de vapor parecía haber descarrilado en un tour infinito, mientras una banda de rock pesado celebraba un concierto psicodélico contra mis sienes. Tenía algo más que una contusión, eso era seguro, porque sentía que mi cerebro flotaba en cristales rotos. El recuerdo del bate viajando a gran velocidad hacia mi rostro regresó como un latigazo y, por puro instinto de supervivencia, quise cubrirme con los brazos. El tirón seco de las cuerdas en mis muñecas me devolvió a la cruda realidad: seguía siendo una prisionera.

—¿Evelyn? —Una voz masculina, rota y angustiada, me llamó desde la penumbra—. ¿Eve? Háblame, dime que estás bien… por favor.

Luché contra el mareo para enfocar la vista. Cuando finalmente localicé la figura a unos metros de mí, el grito se quedó atascado en mi garganta.

—¿Graham? —Su nombre salió como un susurro herido. Estaba destrozado. Su ojo derecho era una masa amoratada e hinchada, su labio colgaba partido en dos y sobre su ceja izquierda se abría una brecha profunda que bañaba su rostro en un rojo carmesí.

—Ya sé… me veo como la mierda, ¿verdad? —intentó bromear, pero la sonrisa ladeada solo sirvió para que un hilo de sangre corriera por su barbilla.

—Ay, por favor, no exageres. Graham, tú siempre te has visto como la mierda —la voz de Madison, vibró desde las sombras a mis espaldas.

Al oírla, los hombros de Graham se tensaron de una forma violenta. En sus ojos, por primera vez en todos los años que lo conocía, vislumbré un terror absoluto. Un miedo primario.

—Madison —suplicó él, y el tono de su voz me dio náuseas—. Deja que Evelyn se vaya. Ella no tiene nada que ver con esto, es inocente…

—Vaya, Graham, me sorprendes. ¿Desde cuándo te has vuelto tan caballero? —preguntó ella con una ironía que cortaba el aire—. ¿Desde cuándo proteges a las mujeres que abandonas?

—Vamos, Mady…

—¡No me llames así! —le rugió, y el tono afilado de su voz fue como el chasquido de un látigo—. Te equivocas. Evelyn lo es todo en esta escena, sobre todo después de que tú, maldito perro traidor, quisieras volver con ella. ¡Te escuché ese día! —Se plantó frente a él y le cruzó la cara con una bofetada que resonó en todo el galpón—. ¡Maldito! Si realmente hubieras sido el prometido de mi hermanita… te habría castrado antes de lanzarte a los perros.

—¿Pero de qué carajos hablas? —Graham estaba tan perdido como yo.

—Maggie. —La voz de Rowan retumbó desde la entrada del edificio, pesada y cargada de una autoridad letal.

Mi corazón, que apenas latía por el shock, dio un vuelco violento. El pulso se me aceleró tanto que sentí el eco en mis oídos. Rowan estaba allí.

Madison se giró hacia la entrada dando pequeños saltos de júbilo, una alegría infantil y psicópata que me revolvió el estómago.

—¡Genial! El último invitado de honor acaba de llegar —exclamó ella, ignorando que Rowan la había llamado por otro nombre.

—¡Rowan, no entres! ¡Vete, llama a la policía! —le grité con las pocas fuerzas que me quedaban.

La respuesta de Maggie fue un rayo. Corrió hacia mí y me soltó una bofetada que me hizo ver una galaxia de puntos blancos y negros. El dolor de mi contusión se multiplicó, enviando punzadas eléctricas a través de mi cráneo.

—¡EVELYN! —El rugido de Rowan hizo vibrar las chapas del techo. Dio un paso hacia la luz y mi respiración se detuvo.

Estaba empapado de pies a cabeza, con la camisa pegada a sus hombros anchos y el cabello salvajemente desordenado por la tormenta. Sus ojos brillaban como dos esmeraldas encendidas por la rabia más pura. Nunca, en toda mi vida, había visto a un hombre lucir tan aterradoramente sexy y letal al mismo tiempo. Era un ángel caído buscando sangre.

—¡No vuelvas a tocarla! —amenazó, con una voz que prometía la muerte.

—Lo siento, pero si la perra no se calla, debo ponerla en su lugar —dijo ella con una sonrisa angelical—. Ahora que estamos todos, déjenme presentarme. Aunque parece que Rowan es el más listo del salón. Ya lo sabes, ¿verdad? Además de guapo y buen cocinero, eres un detective brillante. Buena elección, Eve —me dijo guiñándome un ojo.

—Deja de hablar y ve al grano —escupió Rowan. Sus ojos no dejaban de escanear el lugar y vi cómo evaluaba la distancia hacia mí, pero también cómo vigilaba a su hermano.

Seguí su mirada. Graham estaba forcejeando en silencio. A diferencia de mí, sus pies estaban libres. Si lograba soltar las manos de la silla, tendría una oportunidad. Solo necesitábamos que ella siguiera hablando. Que su ego fuera más grande que su sed de sangre.

—Bien —dijo ella con una risa seca y carente de alma—. Debido al apuro del galán, saltémonos el protocolo. Yo no soy Madison Kingsley. Madison era mi mitad, mi hermana gemela menor. Ella falleció en aquel fatídico accidente que ustedes provocaron. Yo soy Maggie, la que sobrevivió para recordarles lo que hicieron.

—Aguarda… ¿qué? —balbuceé, la confusión mezclándose con el dolor.

—Joder, nena, te juzgué mal. No eres tan lista —se burló Maggie—. Estamos aquí para que ustedes dos —señaló a los hermanos Sinclair— sientan en carne viva lo que es perder a la única persona que le da sentido a su miserable existencia.

Sin previo aviso, el mundo pareció detenerse cuando Maggie sacó una pistola de su espalda. El cañón negro y frío apuntó directamente al pecho de Rowan. Se me cortó la respiración. No, él no. Contrario a mi pánico asfixiante, Rowan ni siquiera parpadeó. Permaneció como una estatua de granito, imperturbable, pero pude ver cómo la tensión hacía vibrar los músculos de su mandíbula. El aire se volvió sólido, pesado.




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