El hielo crujía bajo las cuchillas de los patines con un sonido seco y rítmico que se expandía por todo el estadio vacío. A esa hora de la noche, cuando las gradas permanecían oscuras y la mayoría de las luces del complejo deportivo ya habían sido apagadas, el rink parecía un lugar completamente distinto. El eco de cada movimiento resonaba con claridad, como si el propio edificio estuviera atento a lo que ocurría sobre la pista.
Theodore siempre entrenaba a esa hora.
No era una obligación impuesta por el entrenador ni una costumbre del equipo; era una decisión suya. Desde que se había convertido en capitán, había desarrollado la necesidad obsesiva de permanecer en el hielo más tiempo que cualquier otro jugador. Cuando el vestuario quedaba vacío y el murmullo de los compañeros desaparecía por los pasillos del estadio, él regresaba a la pista para repetir jugadas, mejorar disparos y perfeccionar cada movimiento hasta que el cuerpo comenzaba a protestar.
Ser capitán significaba muchas cosas.
Pero para T, sobre todo, significaba no permitirse fallar.
Se deslizó por la pista con rapidez, llevando el puck pegado al extremo inferior del palo con una naturalidad ya automática. Su cuerpo se movía con precisión, ejecutando cada giro con una seguridad nacida de años de práctica. Cambió el peso de un patín al otro; esquivó dos conos de entrenamiento colocados frente a la portería y, sin detenerse, levantó el palo para disparar.
El disco salió despedido con fuerza y golpeó la red con un sonido seco.
¡Anotación!
Theodore frenó frente al arco con un movimiento brusco que levantó una pequeña nube de hielo pulverizado. Durante un par de segundos permaneció inmóvil, respirando pesado mientras el vapor de su aliento se elevaba en pequeñas nubes blancas frente a su rostro.
El frío de la pista era intenso cuando el estadio estaba vacío, pero él apenas lo notaba. Estaba acostumbrado a esa sensación. Se inclinó para recoger otro disco que descansaba sobre el hielo y lo acomodó frente a su palo, preparándose para repetir la jugada.
Fue entonces cuando escuchó el aplauso.
El sonido llegó desde las gradas oscuras: lento, aislado, cargado de una ironía tan evidente que hizo que Theodore levantara la cabeza de inmediato y estrechara los párpados. Sus ojos recorrieron los asientos en penumbra hasta que distinguieron una figura apoyada en la barandilla superior.
—El estadio está cerrado —dijo con voz firme—. Si estás perdido, la salida queda detrás del vestuario.
No hubo respuesta del desconocido.
En cambio, comenzó a descender los escalones con calma, como si no tuviera prisa alguna por justificar su presencia. Cuando finalmente alcanzó el borde de la pista, la luz blanca desde el techo iluminó su rostro con claridad.
Cabello castaño oscuro. Un mechón teñido de rojo que caía sobre su frente de forma descuidada. Mantenía la expresión tranquila, casi divertida, que no parecía encajar con alguien que acababa de irrumpir en el entrenamiento privado del capitán del equipo.
Theodore lo reconoció de inmediato.
—Ríos —murmuró.
El chico apoyó los brazos sobre la barandilla que separaba las gradas del hielo.
—Supongo que ya sabes quién soy.
Había una seguridad particular en su voz, un tono relajado que no transmitía ni nerviosismo ni respeto. Theodore apoyó la punta de su palo sobre el hielo y lo observó con detenimiento.
—El nuevo novato.
Damián sonrió apenas.
—Prefiero pensar que soy el futuro mejor jugador del equipo, ya sabes, el As.
La respuesta descarada no sonaba a simple arrogancia. Más bien parecía una afirmación tranquila, como si realmente creyera en ella.
Theodore lo estudió durante unos segundos.
No era especialmente imponente físicamente. De hecho, comparado con algunos de los delanteros del equipo, su estructura parecía incluso más ligera. Sin embargo, su postura transmitía seguridad. Demasiada seguridad para alguien que apenas había llegado.
—No deberías estar aquí —dijo finalmente Theodore.
—Quería ver cómo entrenaba el famoso capitán.
—Podías esperar a mañana.
Damián se encogió de hombros, echando la mirada hacia un lado, pero no había nada mejor para ver.
—Mañana habrá demasiada gente mirando.
El comentario hizo que Theodore entrecerrara los ojos con cierta curiosidad.
—¿Y eso te molesta?
—Prefiero observar sin público.
Durante un momento el silencio volvió a instalarse en el estadio. Solo se escuchaba el leve zumbido de los sistemas de ventilación y el roce ocasional de los patines contra el hielo.
Theodore golpeó suavemente el disco con la punta del palo.
—¿Y? —preguntó.
—¿Y qué?
—¿Valió la pena venir? —le preguntó con una ceja arriba.
Damián inclinó ligeramente la cabeza sin apartar la mirada.