Orgullo Frío

Capítulo 2. Golpe exacto.

El vestuario del equipo de Cartoles rara vez conocía el silencio. A primera hora de la mañana el lugar vibraba con una energía constante: el golpe seco de los palos contra las bancas de madera, el chirrido ocasional de los casilleros metálicos al abrirse, el murmullo de conversaciones que se cruzaban en distintas direcciones mientras algunos jugadores se reía y otros discutían jugadas del último partido. El aire tenía ese olor inconfundible de los vestuarios deportivos; una mezcla de cinta adhesiva, cuero húmedo y desinfectante barato que se impregnaba en la ropa y parecía quedarse adherido hasta en las paredes.

Para la mayoría del equipo aquello era rutina, para Damián, en cambio, todo era nuevo.

Se sentó en una de las bancas, inclinándose hacia adelante mientras ajustaba las cintas de sus patines. Lo hizo sin prisa, dejando que sus dedos trabajaran con la precisión aprendida tras años de entrenamiento, aunque su atención estaba en otra parte. De vez en cuando levantaba la mirada para recorrer el lugar.

Los jugadores ocupaban casi todos los casilleros. Algunos hablaban con familiaridad al tiempo que terminaban de ponerse las protecciones; otros se inclinaban sobre el banco central, revisando sus palos o cambiando la cinta de las mismas con movimientos mecánicos. En un rincón, alguien golpeaba suavemente la suela del patín contra el suelo para acomodarlo mejor.

Y, entre todo ese movimiento, varias miradas se dirigían hacia él.

No era difícil entender por qué.

El novato siempre llamaba la atención, igual que un perro de tres cabezas con ojos brillantes que salía del infierno. Sí, él se había convertido en el perro monstruoso que había llegado. El mechón rojo que atravesaba su cabello oscuro tampoco ayudaba demasiado a pasar desapercibido.

—Así que tú eres el nuevo. —La voz surgió desde su derecha con un tono relajado, curioso.

Damián levantó la mirada más pronto de lo que debió.

Un jugador alto estaba apoyado contra los casilleros cercanos, con los brazos cruzados y una expresión abierta en el rostro. Sus hombros anchos y su postura despreocupada hacían evidente que llevaba tiempo en el equipo; se sentía en casa.

—Depende —respondió Damián, terminando de ajustar una de las cintas—. ¿Quién pregunta?

El otro dejó escapar una pequeña risa y se incorporó apenas, apoyando ahora una mano sobre el casillero.

—Relájate. Solo quería confirmar que el chico del que todos hablan realmente existe.

Damián alzó ligeramente una ceja, sus ojos no escondieron su emoción.

—¿Todos hablan de mí?

—Bueno —dijo el jugador—, cuando alguien entra a la pista después del horario de cierre, la gente se da cuenta.

Damián tiró del último lazo y enderezó la espalda.

—Tal vez alguien olvidó apagar las luces.

El jugador negó con la cabeza, divertido.

—Tal vez. O tal vez alguien vio al capitán estrellar a un novato contra el vidrio.

Durante un segundo, el sonido de una llave de agua que goteaba en los lavamanos cercanos se volvió extrañamente claro en medio del murmullo general. Damián no respondió a la primera.

—No me estrelló, solo… tropezamos.

El jugador rio, luego lo observó unos instantes más antes de estirar la mano.

—Soy Clark. Defensa.

El castaño asintió levemente mientras se ponía las espinilleras.

—Damián.

—Sí —respondió Clark, arrugando la nariz—. Ya lo sabemos.

El comentario quedó flotando un momento entre ellos, acompañado por el sonido de una botella de agua rodando por el suelo cuando alguien la empujó accidentalmente con el pie.

Entonces la puerta del vestuario se abrió.

El golpe seco de la madera contra la pared fue suficiente para que varias conversaciones se detuvieran.

Theodore hizo su entrada.

No hizo ningún gesto especial ni dijo una palabra, pero su presencia tuvo un efecto inmediato en la habitación. Varias espaldas se enderezaron y algunos jugadores bajaron el tono de voz de forma casi inconsciente.

El capitán cruzó el vestuario con paso tranquilo, dejando su bolsa de equipo sobre la banca frente a su casillero. Su cabello rubio aún estaba húmedo después de la ducha y caía hacia atrás de forma descuidada, como si hubiera pasado la mano por él más de una vez. En tanto que abría el casillero, algunos jugadores lo saludaron.

Theodore respondió con un gesto breve de la cabeza. Sin embargo, cuando sus ojos recorrieron la habitación, se detuvieron un instante en Damián.

El contacto visual fue rápido.

Frío.

Después continuó con lo que estaba haciendo.

Damián volvió a concentrarse en su equipo.

—¿Siempre es así? —murmuró entre dientes.

Clark se inclinó un poco hacia él.

—¿Así cómo?

—Como si todo el mundo se pusiera más serio cuando entra, casi parece que los obliga a mantener el aire en los pulmones.




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