Orgullo Frío

Capítulo 3. Robo en el hielo.

El partido no se detuvo.

Damián avanzó, no mirándolo, no detallando sus movimientos; se concentró en el disco y solo en el disco. Por primera vez desde que comenzó el entrenamiento su mirada estuvo enfocada en lo que debía. Theodore tuvo la clara impresión de que el novato no estaba jugando para impresionar a nadie.

Estaba jugando para ganar.

Eso cambiaba completamente todos sus movimientos; se lo tomaría más en serio, debía de recordarle quién era el mejor.

El disco quedó atrapado entre los palos durante un segundo tenso, un instante apenas perceptible en el que ambos empujaron con fuerza, intentando dominarlo. El raspado del carbono contra el hielo produjo un chirrido seco que atravesó el silencio de la pista.

Entonces Damián giró la muñeca a la par que se mordía la comisura derecha.

Fue un movimiento pequeño pero preciso.

El disco se deslizó bajo el palo de Theodore y salió disparado hacia el lado contrario antes de que el capitán pudiera reaccionar. Durante una fracción de segundo nadie comprendió lo que había ocurrido.

Después el murmullo explotó.

—¡Eh!

—¿Lo viste?

—¿Le quitó el disco?

Nadie supo quién habló primero, ni quién dijo qué, o quién le golpeó la espalda primero a qué compañero, pero el resto del equipo se empujaba entre sí, riendo o mostrando expresiones de sorpresa.

Damián ya estaba avanzando.

Su cuerpo se inclinó hacia adelante a tanto que el disco permanecía pegado al palo, moviéndose con esa fluidez que solo aparece cuando el jugador deja de pensar y permite que el instinto feroz se adueñe de su cuerpo, de sus movimientos y de su ser.

Theodore reaccionó tarde, brevemente desorientado.

No demasiado tarde, él no era un torpe, pero no lo suficiente en aquel día. Damián cambió de dirección, cruzando frente a él con un giro limpio que obligó al capitán a frenar para no chocar de lleno contra su espalda.

El hielo crujió bajo sus cuchillas y el novato aceleró. Por primera vez desde que el entrenamiento había comenzado, el equipo dejó de mirar a Theodore para observar a alguien más.

Damián avanzó hacia la portería.

Marshall no intervino.

El entrenador los escudriñaba con los brazos cruzados, el silbato colgando de su cuello mientras seguía cada movimiento con atención mecánica.

Theodore recuperó velocidad, sus patines cortaron el hielo con fuerza mientras se lanzaba tras el novato.

La distancia entre ellos comenzó a reducirse.

Damián lo escuchó acercarse.

No necesitó mirar atrás, en su lugar, cambió el ritmo. Un pequeño toque hacia la izquierda. Luego otro hacia la derecha. El disco permanecía bajo su control y cuando llegó a la zona de disparo, el portero apenas tuvo tiempo de acomodarse.

Damián levantó el palo.

El disparo salió limpio.

El disco golpeó la red.

¡Anotación!!

El sonido fue seco.

Claro.

Irrebatible.

El silencio que siguió fue aún más fuerte que cualquier grito. Damián frenó lentamente frente a la portería, respirando pesado, el vapor se le escapaba de su boca en el aire frío del estadio.

No celebró.

No pronunció una sola palabra, meramente viró la cabeza para mirar a Theodore.

El capitán se había detenido a varios metros de distancia. Durante un segundo sus ojos permanecieron clavados en el disco que todavía vibraba dentro de la red. Al instante levantó la mirada.

El murmullo entre los jugadores regresó, bajo pero constante.

—Le quitó el disco…

—¿Acaba de anotar? —susurró Clark, con una sonrisa entre confusa y admirada.

—Contra el capitán…

Marshall llevó el silbato a la boca, aun así, no lo hizo sonar. En lugar de eso, señaló el centro de la pista con un gesto corto.

—Otra vez.

Damián tensó el entrecejo un momento, pero regresó al punto inicial. Theodore ya estaba allí cuando llegó. Esta vez el capitán no parecía relajado.

Sus hombros estaban tensos y sus ojos, más atentos.

El disco cayó otra vez sobre el hielo.

El silbato sonó.

Los dos se movieron al mismo tiempo. Theodore cambió su táctica, no subestimó a su rival y no jugó con calma. Cambió sus jugadas por unas con velocidad. El choque de palos fue inmediato y el disco inocente saltó entre ellos. Damián intentó repetir el mismo movimiento de antes, si bien Theodore lo anticipó.

El capitán bloqueó el giro y empujó con el hombro. El impacto fue fuerte, lo suficiente para hacer a Damián retroceder un paso sobre el hielo.

El disco quedó libre.

Theodore lo recuperó y aceleró. Esta vez Damián no se quedó atrás. Lo persiguió con determinación, sus patines golpeaban el hielo en una cadencia rápida mientras cerraba la distancia.




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