Orgullo Frío

Capítulo 4. Al mismo nivel.

El disco golpeó la red con un sonido seco.

Durante un instante nadie habló.

El silencio que siguió no fue largo, pero sí lo suficiente para que el eco de la jugada se asentara en la pista como una verdad incómoda. El novato había atravesado al capitán con una maniobra limpia, sin trucos ni suerte. Damián se deslizó un par de metros más antes de frenar con un giro controlado. La fina nube de hielo que levantaron sus cuchillas se disipó lentamente en el aire frío de la pista.

Su respiración era estable. Su mirada, en cambio, estaba fija en Theodore.

El capitán permanecía quieto frente a la portería, observando el disco dentro de la red como si aquello fuese una anomalía en el orden natural del mundo.

De su mundo.

Detrás de ellos, el equipo reaccionó al fin: un par de silbidos bajos, una risa ahogada. Alguien murmuró algo que sonó peligrosamente parecido a un ¿acabas de ver eso? El entrenador Marshall no pronunció sonido al principio. Se limitó a observar la escena con los brazos cruzados, la expresión dura bajo las luces blancas del estadio.

—Interesante —murmuró al fin.

Damián giró el palo entre los dedos y regresó al centro del hielo, donde el disco inicial aún reposaba. No celebró la jugada, tampoco buscó miradas de aprobación. Simplemente esperó. Eso, de alguna forma incomprensible, irritó aún más al capitán.

Theodore avanzó hacia él con deslizamientos largos y silenciosos, el sonido de los patines marcando cada metro de distancia entre ambos. Cuando se detuvo frente al novato, el hielo crujió bajo su peso.

—Un buen robo —dijo con voz hosca. La frase podría haber parecido un cumplido si no hubiese estado cargada de una frialdad tan afilada como la punta de un cuchillo.

Damián inclinó la cabeza apenas.

—Gracias.

El capitán lo observó durante un segundo más largo de lo necesario.

—No volverá a pasar. —Damián soltó una risa suave, breve, ante esa descarada promesa.

—Eso dicen todos, pero las palabras no son suficientes. Nunca lo son.

El murmullo del equipo creció apenas detrás de ellos y Marshall levantó el silbato.

—De nuevo —les avisó.

El disco volvió al hielo y el sonido del silbato partió el aire como un disparo. Esta vez Theodore reaccionó primero. Su velocidad tan brutal como la de un águila que zambulle las patas en el agua para sacar un pez. En menos de dos segundos ya había tomado el control del disco y se desplazaba hacia la banda con un movimiento más calculado que un impulsivo. Su cuerpo se inclinó apenas hacia adelante, protegiendo el disco con el hombro entre tanto que aceleraba.

Damián lo siguió de cerca. Desistió de interceptarlo de inmediato, si bien se mantuvo a una distancia corta, analizando, esperando con paciencia. Theodore cambió de dirección con un amague limpio, buscando obligarlo a perder el equilibrio. Durante un instante pareció que lo lograría, mas, Damián no mordió el engaño. Giró sobre un patín, deslizando el palo entre las piernas del capitán en el momento exacto en que el disco quedaba expuesto.

Un golpe seco y el disco salió despedido hacia la banda. Damián lo recuperó antes que nadie. Un segundo después ya estaba avanzando hacia la portería. El murmullo del equipo se convirtió en un ruido más alto.

Theodore viró con violencia para perseguirlo. La velocidad de ambos atravesó la pista en una línea recta, el sonido de los patines cortando el hielo como katanas afiladas.

Damián disparó.

El disco golpeó el poste con un sonido metálico que resonó en todo el estadio.

Rebotó hacia atrás y Theodore llegó justo a tiempo para interceptarlo. Esta vez no hubo amagues. Solo un disparo brutal. La red se sacudió. El capitán frenó frente a la portería, el hielo levantándose en una nube blanca alrededor de sus patines. Damián lo tropezó con el hombro, chasqueando la lengua y Theodore rezongó, golpeando el hielo frente a los pies de Damián con la punta del palo.

El silencio reinó al contemplarlos mirándose cara a cara.

El silbato llenó el espacio y ni aquello pareció romper el contacto visual, los dos estaba agitados y acalorados; Damián tentado a golpearle la barbilla, mientras los nudillos le picaban a Theodore por estrellarle un puño en la mejilla.

—Suficiente de miradas —ordenó Marshall—. Venga, aquí, ahora.

Ambos jugadores regresaron hacia el centro del hielo. El entrenador caminó hacia ellos con paso firme, sus botas resonando contra la superficie congelada.

Observó primero a Theodore.

Luego a Damián.

Su expresión no revelaba nada bueno, en realidad, tenía la frente tan tensa que le brillaba.

—¿Esto es un entrenamiento o una pelea de gallos?

Ninguno respondió. Marshall señaló con el palo hacia el resto del equipo.

—¿Saben qué ocurre cuando dos jugadores deciden convertir cada ejercicio en un duelo personal?

Damián levantó una ceja, pero Theodore no se movió.

—El equipo deja de existir —continuó el entrenador—. Y cuando el equipo desaparece, también desaparecen las victorias, por ende, los patrocinios, la fama, los trofeos. Todo se va.




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