El estadio todavía estaba medio dormido cuando Damián empujó la puerta lateral. El metal chirrió con un sonido largo que se perdió en el interior del edificio vacío. Afuera, el cielo apenas comenzaba a aclarar; una franja gris azulada asomaba en el horizonte, señal de que el sol todavía estaba indeciso entre aparecer o quedarse oculto para dormir los ansiados cinco minutos más.
El frío adentro se colaba por sus poros con mayor intensidad. No era el frío de la calle, sino el que nacía del hielo, constante y silencioso, el que parecía instalarse en los huesos y quedarse allí. Damián caminó por el pasillo con la bolsa de equipo colgada del hombro. Sus pasos resonaban con claridad contra el suelo de concreto, cada eco recordándole lo temprano que era.
Se detuvo un momento frente al vestuario y miró el reloj en la pared.
5:42 a.m.
—Perfecto —murmuró para sí y empujó la puerta.
El vestuario estaba vacío.
Las bancas de madera permanecían alineadas como en todos los vestidores, los casilleros metálicos cerrados y silenciosos. El olor del día anterior todavía flotaba en el ambiente: cinta adhesiva, sudor seco y ese leve aroma químico del desinfectante barato.
Damián dejó caer su bolsa sobre la banca y el golpe resonó en la habitación. Abrió el cierre y empezó a sacar el equipo con movimientos lentos, casi perezosos. No tenía prisa. En realidad, había llegado temprano por una razón muy simple y de origen egoísta: quería el hielo para él solo.
O al menos eso había pensado desde la noche anterior, pero cuando terminaba de ajustar una de las espinilleras cuando la puerta del vestuario volvió a abrirse. El sonido fue más suave esta vez y Damián levantó la mirada para comprobar que no se trata de un fantasma.
Él no les tenía, desde luego, pero… siempre era mejor comprobar.
Tal vez el fantasma hubiese sido mejor. No obstante, sus ojos encontraron a Theodore, estaba de pie en la entrada. Durante un segundo largo ninguno de los dos habló.
El capitán llevaba el maletín de equipo colgada sobre un hombro. Su cabello rubio conservaba rastros de humedad, como si hubiera pasado por la ducha antes de llegar. Vestía ropa deportiva negra, simple, sin ningún esfuerzo por parecer impresionante. Aun así, lo conseguía.
Sus ojos se movieron por el vestuario hasta detenerse en Damián. La voz sonó neutra y Damián volvió a bajar la mirada hacia sus patines, decidido a actuar con la mayor indiferencia posible.
—Llegaste temprano.
Sí, Theodore no pensaba ponérselo tan fácil.
—Pensé que el capitán daría ejemplo y sería el primero en aparecer.
Theodore soltó la bolsa sobre la banca frente a su casillero.
—Pensaste mal.
El silencio volvió mientras ambos se preparaban. El sonido de las cintas tensándose, del velcro cerrándose y de las protecciones acomodándose llenó el espacio. Era un silencio extraño, cargado, como si el vestuario se hubiera convertido en un territorio neutral donde cualquier palabra podía convertirse en una provocación.
Damián fue el primero en romperlo.
—Entonces, ¿esto es lo que llaman castigo?
Theodore no levantó la mirada mientras ajustaba sus patines.
—Si Marshall cree que entrenar contigo es un castigo, empieza a gustarme el entrenador.
Damián sonrió apenas.
—Curioso.
—¿Qué cosa?
—Que alguien tan perfecto tenga tan mal sentido del humor.
El capitán terminó de ajustar las cintas y para cuando levantó la cabeza, sus ojos estaban fríos.
—Curioso que alguien que lleva dos días en el equipo piense que puede hablar así.
Damián se encogió de hombros.
—Tú empezaste.
Theodore no respondió. Se puso los guantes y tomó su palo.
—Vamos.
Salieron al pasillo. El aire frío de la pista se deslizó por el corredor como una corriente que erizaba los pelos. Las luces del estadio ya estaban encendidas, reflejándose sobre el hielo pulido.
La pista estaba completamente vacía. Ningún ruido. Ningún murmullo. Solo el brillo del hielo extendiéndose de un extremo al otro como una superficie perfecta.
Damián fue el primero en saltar a la pista.
El contacto de las cuchillas con el hielo produjo ese sonido familiar que siempre le provocaba una sensación difícil de describir. Era como si su cuerpo recordara automáticamente lo que debía hacer.
Dio una vuelta amplia alrededor de la pista y el hielo respondió con suavidad. Detrás de él, Theodore también salió. Sus movimientos eran distintos.
Más directos.
Más eficientes.
No desperdiciaba energía en giros amplios ni en movimientos innecesarios; cada desplazamiento parecía calculado para alcanzar una velocidad exacta.
Damián lo observó de reojo.
—¿Siempre patinas como si alguien estuviera cronometrándote?