Orgullo Frío

Capítulo 6. Algo más que el juego.

El disco volvió a deslizarse por el hielo con un sonido bajo, susurrante. Damián lo atrapó con la pala del palo y rodó sobre sí mismo con la naturalidad de quien llevaba demasiados años sobre patines como para pensarlo dos veces. El movimiento fue limpio; el disco quedó pegado al palo mientras avanzaba hacia la línea azul.

El estadio seguía vacío.

A esa hora de la mañana las gradas eran solo filas silenciosas de asientos oscuros, escalones interminables que se elevaban hacia la penumbra del techo. Las luces del hielo estaban encendidas, reflejándose sobre la superficie lisa con un brillo frío que hacía que todo pareciera más amplio de lo que era.

Solo se escuchaban tres cosas.

El roce de las cuchillas sobre el hielo.

El golpeteo ocasional del disco.

Y el zumbido constante del sistema de refrigeración que mantenía la pista congelada.

Frente a él, Theodore lo esperaba.

El capitán estaba quieto cerca del círculo central, con el palo apoyado ligeramente sobre la superficie fría y el peso distribuido de forma relajada sobre los patines. A primera vista parecía tranquilo, pero Damián, lleno de energía y con sus ojos llenos de vida empezaba a notar algo.

Solo era una idea en la que creía estar acertado, pero… de verdad, Theodore nunca estaba realmente relajado en el hielo. Había tensión en la forma en que sostenía el palo, en la manera en que su mirada seguía el disco incluso cuando no se movía.

No estaba sonriendo, tampoco estaba molesto.

Solo atento.

Observando.

Damián amagó hacia la izquierda. El movimiento fue rápido, acompañado por un ligero giro de caderas que normalmente obligaba a cualquier defensa a reaccionar.

Theodore no mordió el engaño, sus patines apenas se movieron un centímetro. Damián cambió la dirección del palo y su plan: amagó hacia la derecha.

Nada.

Ni un solo movimiento.

Damián resopló.

—Qué aburrido —murmuró, elevando su labio unos milímetros.

El capitán inclinó apenas la cabeza.

—Si quieres aburrirte menos, intenta algo nuevo.

La respuesta fue tan tranquila que por un segundo Damián no supo si lo estaba provocando o simplemente diciendo la verdad.

Eso le hizo sonreír.

¡Decido!

Intentaría algo tan nuevo que ni el arrogante capitán lo vería venir. Flexionó un poco más las rodillas y empujó el hielo con fuerza.

Aceleró.

El disco saltó sutilmente cuando cambió de dirección. Durante un instante pareció que iba a pasar entre las piernas del capitán, un truco rápido que a veces funcionaba cuando el defensor confiaba demasiado en su posición. Sin embargo, Theodore reaccionó con una velocidad casi irritante.

El palo descendió con precisión e interceptó el movimiento.

El disco salió despedido hacia la banda.

—Eso fue nuevo —le concedió el capitán sin cambiar su expresión.

Damián frenó, levantando una pequeña nube de hielo.

—Y casi funciona.

Theodore le dedicó una mirada con una calma irritante.

—Casi.

El disco golpeó la pared de protección con un sonido seco y rebotó hacia el centro de la pista. Esta vez Theodore lo interceptó.

Su velocidad fue inmediata.

No pareció acelerar demasiado, pero en dos segundos ya estaba avanzando hacia la portería con el disco bajo control. Sus movimientos eran fluidos, económicos. No había gestos innecesarios, ni amagues exagerados.

Todo en él parecía medido. Tan calculado.

Damián lo siguió, pero esta vez algo era distinto. No estaba intentando demostrar nada. Ni estaba intentando provocarlo.

Estaba observando.

Aprendiendo.

Theodore giró sobre un patín y protegió el disco con el cuerpo justo cuando el novato se acercó lo suficiente como para intentar el robo. Su hombro se adelantó apenas, bloqueando el espacio con naturalidad.

Como si hubiera anticipado el intento.

Los labios de Damián se deformaron en una sonrisa.

—Ya veo.

Theodore no respondió, en su lugar, disparó.

El golpe del disco contra la red resonó en el estadio vacío con una claridad exagerada. El metal del arco vibró suavemente mientras la red se tensaba y luego volvía a su posición original.

Ambos se detuvieron frente a la portería. Durante unos segundos solo se escuchó sus respiraciones. El aire impasible convertía cada exhalación en un pequeño vapor blanco. Damián apoyó el peso sobre un patín y giró el palo entre las manos.

—Eres tan rápido como el primer día —comentó como si hubiese pasado mucho tiempo.

Theodore recogió el disco con el palo de hockey.




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