El disco seguía vibrando dentro de la red cuando Damián dejó escapar una exhalación lenta. El aire del estadio convirtió su respiración en una nube blanca que se deshizo lentamente frente a su rostro. Era cosa de todos los días, le gustaba, incluso se había esmerado en hacer figuras con el vapor, aunque no le salieron muy bien. Durante un momento ninguno de los dos se movió de su puesto. El silencio del estadio seguía allí, enorme, ocupando cada rincón de las gradas vacías.
—¿De verdad lo hicimos? —preguntó Damián al fin. Theodore lo miró desde el otro lado de la portería.
—¿Qué?
Damián señaló la red con la punta del palo.
—Lo hicimos otra vez.
El capitán no respondió de inmediato.
Sus ojos bajaron hacia el hielo, siguiendo la marca que las cuchillas de ambos habían dejado frente al arco. Dos curvas que se cruzaban como líneas de un mapa improvisado.
Sí.
Había funcionado de nuevo.
No la segunda, ni la tercera… les salió de nuevo a la décimo quinta vez. Y eso era… problemático. Significaba que el novato no solo era bueno, en realidad, significaba que podían jugar juntos. Theodore empujó el disco fuera de la portería con un pequeño movimiento del palo.
—Otra vez.
Damián resopló con una risa corta.
—Empiezas a sonar obsesivo.
—Empiezo a entender cómo juegas.
El comentario lo hizo levantar una ceja.
—¿Lo dices en serio?
El capitán no respondió. Se limitó a deslizar otro disco hacia el centro del hielo. Durante los siguientes minutos el entrenamiento continuó sin demasiadas palabras, solo: pases cortos, control de disco, cambios de dirección y velocidad.
Damián pasó saliva varias veces, intentando comprender el peso en su pecho y el sentir extraño en su nuca: algo había cambiado. Lo intuía en cada intercambio. Theodore ya no intentaba aplastarlo en cada jugada, en su lugar, decidió leerlo, anticipar.
No fue grato, se sentía incómodo, acorralado como una rata en un balde. La sensación peligrosa no se borró, pero también… fue interesante. Damián interceptó un pase rápido y lo devolvió sin mirar.
Theodore ya estaba allí.
El disparo fue limpio, de inmediato la red volvió a sacudirse. Damián frenó con un giro amplio, levantando una nube de hielo, una que gozaba de escuchar caer.
—Empieza a dar miedo lo bien que salió eso.
Theodore lo miró con una calma que ya empezaba a resultarle familiar.
—No te emociones.
—Difícil no hacerlo.
Damián apoyó las manos sobre el extremo del palo.
—Podríamos ganar partidos jugando así.
El capitán sostuvo su mirada, durante un segundo pareció que iba a responder, pero en ese momento el silencio del estadio se rompió.
Una puerta.
El sonido llegó desde el pasillo que conectaba con los vestuarios. Damián giró la cabeza ante los pasos. El eco de voces apagadas empezó a filtrarse por la pista y Theodore tampoco lo ignoró.
—Parece que ya no tenemos el hielo para nosotros.
Damián observó el túnel.
Una figura conocida se mostró primero: Clark.
El defensa salió a la pista con su casco en la mano y una botella de agua que agitaba distraídamente. Frenó en seco apenas verlos y silbó juguetón.
—Vaya, vaya. —Su voz rebotó en el estadio casi vacío—. ¿Desde cuándo el capitán llega antes que el resto?
Damián soltó una pequeña risa, empero, Theodore no respondió. Clark patinó unos metros más hacia ellos.
—Marshall los está matando, ¿eh?
—Algo así —dijo Damián, mostrándole un pucherito inocentón.
Clark pasó la vista a la portería, luego la regresó a ellos.
—¿Estaban jugando juntos?
Theodore recogió un disco con el palo.
—Entrenando.
Clark sonrió de lado.
—Claro.
Otra puerta se abrió en el pasillo. Esta vez llegaron más jugadores. Uno delgado y de aspecto ágil apareció primero, ajustándose los guantes mientras salía al hielo.
—¿Ya empezaron sin nosotros?
Luego llegó otro y otro más. El estadio comenzó a llenarse de sonidos familiares. Cuchillas cortando hielo. Golpes de palos contra el suelo. Voces que rebotaban en las gradas. El hielo dejaba de sentirse tan inmenso, mientras Damián fingía ignorar las miradas encima de él. No eran especialmente hostiles, pero sí había curiosidad. Una curiosidad del tipo normal; del tipo que te produce el vecino nuevo que se muda en frente de tu casa.
Era obvio, él era el nuevo.
Clark se detuvo cerca del círculo central.
—¿Quién ganó?
Damián levantó una ceja.