El hielo ya no era el mismo de unos minutos atrás.
Lo que antes había sido una extensión silenciosa, íntima, ahora comenzaba a llenarse de vida. El sonido de las cuchillas cortando la superficie se multiplicaba en distintas direcciones, entrelazándose con el golpe seco de los discos contra las tablas y el murmullo creciente de voces que rebotaban en las gradas vacías. El aire seguía siendo frío, pero ahora estaba cargado con ese olor inconfundible del equipo en uso: cuero húmedo, cinta adhesiva y un leve rastro metálico que se adhería a la garganta.
Damián se deslizó hacia la banda, apoyando el extremo del palo contra el hielo mientras observaba al resto del equipo ocupar la pista. Sus ojos se movían con tranquilidad, pero su atención no era dispersa; estaba midiendo, registrando, entendiendo dinámicas que no se decían en voz alta.
Entonces lo encontró sin buscarlo.
Iván.
El ala derecha estaba practicando tiros desde el círculo izquierdo con una intensidad que rozaba lo innecesario. Cada disparo salía con fuerza excesiva, como si no estuviera entrenando precisión sino descargando la energía más profunda de su cuerpo, las emociones que no se atrevía a decir. El disco golpeaba la red con un sonido tenso, vibrante, y el eco se extendía por el estadio con una persistencia incómoda.
Damián inclinó apenas la cabeza, apoyando el peso sobre un solo patín.
—No es muy sutil —murmuró, más para sí que para alguien más.
Clark, que había terminado de ajustar sus guantes a pocos metros, siguió la dirección de su mirada y soltó una pequeña risa nasal.
—Nunca lo ha sido.
Damián detalló otro disparo de Iván, más violento que el anterior.
—¿Siempre juega así o solo cuando quiere impresionar?
Clark giró la botella de agua entre los dedos antes de responder.
—Solo cuando cree que alguien puede quitarle algo.
La frase quedó flotando un segundo. Damián no respondió, pero la registró. Antes de que pudiera decir una palabra, el sonido de una puerta metálica abriéndose desde el túnel interrumpió el ambiente. No fue un ruido fuerte, pero bastó para que varias conversaciones se apagaran de forma casi instintiva.
El entrenador Marshall apareció en la pista.
No levantó la voz.
No hizo ningún gesto innecesario.
Simplemente avanzó hasta el borde del hielo con las manos entrelazadas detrás de la espalda, y eso fue suficiente para que el equipo comenzara a reagruparse. Había algo en su presencia —una mezcla de autoridad silenciosa y precisión—, que imponía orden sin necesidad de esfuerzo visible.
Damián tensó la boca, joder, sacó pecho, solo porque el entrenador estaba presente.
Los ojos veteranos recorrieron la pista con detenimiento: las marcas de los patines, los discos dispersos y los jugadores. Cuando su mirada se detuvo en Damián, lo hizo apenas un segundo más de lo necesario. No fue un gesto evidente, pero tampoco casual.
Luego entonó las primeras palabras del día.
—Diez minutos de calentamiento —ordenó con fonación firme, sin elevar el tono—. Después jugamos.
Un murmullo breve atravesó el grupo.
Clark ladeó la cabeza.
—¿Jugamos?
Nadiel, uno de reserva, dejó escapar una risa baja, incrédula. Marshall continuó como si no hubiera escuchado nada.
—Un partido de práctica corto. Dos líneas. Cinco minutos por turno.
El ambiente cambió súbitamente. En los gestos, las miradas e incluso en la manera en que se paraban. El entrenamiento dejaba de ser rutina. Se enfrentarían a una evaluación y, sin ser conscientes, todos recordaban lo competitivos que podían ser entre ellos.
El entrenador abrió su libreta.
—Clark, Nadiel, Iván —los nombró y señaló un lado del hielo.
—Primera línea.
Iván levantó el mentón con orgullo leonino, seguro que era Leo. Damián solo pensó, y aunque la expresión de Iván se mantuvo contenida, la tensión en su mandíbula y el temblorcillo en la comisura de sus labios de seguro que delataba la satisfacción de haber sido escogido entre los primeros.
El entrenador pasó la página.
—Theodore.
El capitán avanzó sin decir nada, su postura recta, la mirada fija. El entrenador alzó los ojos, fijándolos en los de Theodore como un dardo.
—Juegas con el novato.
El silencio que siguió no fue largo, pero sí denso. Se sintió permeable y Clark, quien no podía callarse, dejó escapar un leve silbido entre dientes.
Nadiel giró la cabeza con evidente interés Iván no se movió, pero su cuerpo se tensó.
Damián levantó la mirada con lentitud, los mechones enmarcaron su mirada y encumbró las cejas, como si quisiera asegurarse de haber escuchado bien. Durante un instante no dijo nada, aunque una chispa se encendió en su expresión. Theodore entrecerró los párpados, ¿qué era eso?, ¿diversión?, ¿reto? Daba igual, no importaba. El petirrojo seguro que picoteaba sin cesar para romper la semilla.