El eco del último golpe contra las tablas todavía vibraba cuando el silbato de Marshall cortó el aire con un sonido seco, definitivo.
El movimiento en la pista se detuvo de forma gradual. No fue inmediato; algunos jugadores necesitaron un segundo más para frenar, otros arrastraron las cuchillas sobre el hielo en curvas amplias antes de girar hacia el centro. Sin embargo, en cuestión de instantes, todos estaban atentos.
El entrenador no se había movido de su lugar. Seguía junto a la banda, la libreta cerrada en una mano, la mirada fija sobre el hielo como si aún estuviera viendo un fenómeno que los demás no alcanzaban a comprender del todo.
Damián apoyó el peso sobre el palo, usando el soporte para recuperar el aliento. El golpe de Iván todavía le recorría el costado, una molestia sorda que no desaparecía del todo, pero tampoco era suficiente para frenarlo. Había sentido impactos peores, mucho peores. Aun así, su mirada se desvió por un instante hacia el ala derecha.
Iván no lo estaba mirando, pero su postura lo decía todo: rigidez en los hombros, la forma en que apretaba el palo con más fuerza de la necesaria.
No había sido un choque casual, eso estaba claro, pero…
Damián dejó escapar el aire con cuidado y desvió la vista antes de que el otro pudiera notar que lo observaba.
—Reúnanse —ordenó Marshall.
El equipo comenzó a acercarse como patitos a su madre.
Theodore fue uno de los primeros en llegar al centro. Su respiración era controlada, aunque el leve movimiento de su pecho delataba el esfuerzo reciente. Tenía la mirada baja, como si estuviera repasando cada jugada en su mente.
Damián se acercó unos segundos después y se detuvo a su lado, no demasiado cerca, si bien tampoco mantuvo la distancia. Todavía así, descubrió que estaba más cómodo cerca de Clark. Llevarse con las personas que no se quedaban calladas era agradable, entonces cuando Clark se paró a su lado, lo agradeció en silencio.
Marshall sostuvo la mirada sin pestañear. El silencio empezó a raspar, denso, como si en cualquier momento alguien fuera a romperlo… y no de la mejor forma, luego habló.
—Otra vez.
Un murmullo breve recorrió al equipo. Clark dejó escapar un suspiro exagerado.
—¿Otra vez todo?
—Solo la segunda línea —aclaró Marshall sin mirarlo—. Quiero ver consistencia, no suerte.
Las palabras cayeron con intención. Damián ladeó apenas la cabeza.
¿Suerte? Vaya, era un concepto interesante.
Theodore permaneció inmóvil. Solo sus dedos delataron el cambio: se cerraron sobre el palo con un ajuste seco, medido, como si contuviera algo que no pensaba dejar salir.
Oh, oh. Al capitán no le gustó el comentario. Damián no dijo nada, pero no se halló en condiciones de esconder su particular sonrisa juguetona.
El disco volvió al centro antes de lo que alguno esperó.
Esta vez no hubo comentarios, el ambiente no estaba para bromas.
Damián se inclinó unos grados hacia adelante, el cuerpo preparado, los músculos respondiendo con una anticipación que no era del todo consciente. No giró la cabeza. Aun así, el calor a su lado, la cercanía constante, le marcaban con exactitud dónde estaba Theodore.
No intercambiaron palabras, pero tenían claro que no sería igual.
El silbato sonó.
El disco cayó.
Damián reaccionó primero.
No fue un movimiento impulsivo, sino medido, calculado. Empujó el hielo con fuerza y tomó el control del disco mientras avanzaba por el lado izquierdo, manteniéndolo pegado al palo con una precisión obsesiva.
Clark intentó cerrarle el paso de nuevo, pero esta vez no mordió el amague.
Damián tampoco repitió el movimiento. Giró sobre sí mismo, interponiendo el cuerpo entre el disco y el rival. Las cuchillas rasparon el hielo con un chillido breve; otro palo chocó contra el suyo, seco, insistente. El peso se le volcó en el eje, al límite, sosteniéndose por pura inercia.
Su corazón bombeó con velocidad, saltando con energía dentro de su pecho. Dentro del caso su audición se redujo y su corazón saltaba muy a prisa, sonando como un tambor redoblante. Siempre le dijeron que escuchara más, pero no podía hacerlo. Su mirada se volvía fija, como un telescopio y se fija en el disco.
Entonces, de repente, en medio del sonido disminuido y de su propio latido, lo sintió de nuevo. Lejano, pero no lo suficiente. Igual que el sonido de una polilla golpeteando contra la luz.
Así sonaba Theodore al moverse.
Lo sintió patentemente.
Inspiró y confió en su sensación. El pase salió sin necesidad de comprobarlo. El disco se deslizó hacia el centro y Theodore apareció en el espacio exacto.
Con su palo detuvo el disco, pero esta vez no disparó de inmediato, se detuvo.
Un segundo.
Lo suficiente.
El defensa reaccionó y se acercó. Justo en ese instante Theodore cambió la jugada. Damián abrió los párpados de más cuando le devolvió el pase. No lo esperaba, empero su cuerpo reaccionó antes que su mente.