Orgullo Frío

Capítulo 10. Imperfecta sincronía.

El hielo estaba más frío esa mañana.

No por la temperatura —que era la misma de siempre—, sino por la forma en que la mudez se había instalado antes incluso de que el entrenamiento comenzara. No era un mutismo absoluto, sino uno contenido, cargado de miradas que se cruzaban y se apartaban con rapidez, de conversaciones a media voz que morían cuando alguien se acercaba demasiado.

Damián lo notó apenas cruzó la puerta del estadio.

No necesitó que nadie dijera nada, el ambiente cambió y él era parte del motivo.

Cruzó hacia el vestuario sin prisa, la bolsa colgando de su hombro. Las miradas lo siguieron, abiertas, sin molestarse en ocultarse. No se detuvo. Tampoco bajó la cabeza. Las sostuvo sin girarse, archivándolas en silencio, una por una.

Clark fue el primero en hablar cuando lo vio entrar.

—Mira quién llegó… la nueva estrella.

El tono sonó ligero. Las palabras, no tanto. Damián dejó la bolsa sobre la banca y comenzó a abrirla.

—Pensé que ese eras tú.

Clark soltó una risa corta.

—Lo era. Hasta ayer.

Gabo negó con la cabeza desde su casillero.

—No empiecen tan temprano.

El sonido de una llave de agua goteando en los lavamanos marcaba el ritmo entre las voces, constante, insistente, como un metrónomo incómodo.

Damián comenzó a colocarse el equipo sin prisa. Una pieza, seguida de otra. El ritual le ayudaba a concentrarse, a dejar fuera lo que no importaba o lo que todavía no sabía si importaba.

La puerta se abrió entonces, no fue necesario mirar para saber quién era. El vestuario reaccionó, no de forma evidente, pero lo suficiente. Theodore avanzó hasta su casillero con la misma paz de siempre, dejando la bolsa con un golpe sordo sobre la banca. No saludó, no habló; simplemente comenzó a prepararse. Sin embargo, en el momento en que levantó la vista, sus ojos encontraron los de Damián.

El contacto fue breve, pero esta vez no fue frío.

Fue… medido.

Como si ambos estuvieran ajustando un hilo invisible.

—Cinco minutos —anunció la voz de Marshall desde la puerta.

El vestuario se activó de inmediato. El sonido de cascos ajustándose, guantes golpeando entre sí y casilleros cerrándose llenó el espacio con una energía más densa de lo habitual.

Damián tomó su palo, comprobando la pegatina. Al salir al pasillo, el aire frío de la pista le golpeó el rostro con fuerza, despejándole la mente de golpe.

El hielo los esperaba y con él, algo más.

El entrenamiento comenzó sin rodeos. Marshall no dio un discurso largo ni explicó demasiado. No hacía falta, yodos sabían lo que estaba en juego y Marshall, su entrenador solo hablaba cuando de verdad hacía falta y, cuando tenía bien construida la estrategia para su siguiente partido.

—Primera línea —ordenó.

Damián sintió la mirada del equipo incluso antes de moverse.

Theodore ya estaba en posición, no lo observó, mas, su presencia era inconfundible.

El disco cayó como cada vez, pero esa, esa no hubo margen para probar. El ritmo fue inmediato. Damián salió como un rayo, tomó el control y adelantó. Y aun así… algo se torció. No en el hielo, ni en su cuerpo, ni en Theodore. En otra parte…

Era el resto del equipo. Clark dudó medio segundo antes de cubrir y Gabo llegó tarde a cerrar el espacio.

Iván…

Iván no dudó.

Interceptó el pase con una precisión chispeante y agresiva.

—Demasiado obvio —murmuró arrogante mientras giraba con el disco para alejarse de Damián.

El contraataque fue rápido.

Peligroso.

El disparo golpeó el poste con un sonido seco que resonó en todo el estadio y el disco cayó fuera de la red. Iván gruñó como un gato viejo y enojado. Damián frenó, girando sobre sí mismo mientras el aire escapaba de sus pulmones con más fuerza de la que esperaba. Atrapar a Iván no había sido fácil porque… Algo no estaba funcionando.

Y no era solo él.

Tensó las muelas hasta que las encías le molestaron.

—Otra vez —ordenó Marshall.

El disco volvió al centro.

Damián no habló, pero esta vez, cuando se movió, lo hizo distinto.

Más atento.

Más consciente.

De nuevo captó a Theodore acercándose.

—Más rápido —lo instó el capitán, apenas lo suficiente para que solo él lo escuchara.

Damián no respondió, pero lo obedeció.

El siguiente avance fue más limpio, más fluido, el pase salió mejor. Theodore lo recibió, pero de nuevo Iván se materializó de un momento para el otro. No hubo espacio para la duda, fue la intercepción y al momento el choque. El impacto le sacudió el cuerpo y lo lanzó un paso atrás; la cuchilla raspó el hielo antes de que lograra afirmarse.




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