Damián no había dormido bien la noche anterior. Entre todo lo que había pasado el día anterior y lo cansado que estaba, hasta se acostó sin cenar. Se despertó temprano y devoró todo lo que había a su paso, casi se come hasta un trocito de la servilleta.
Cuando salió a la calle todavía estaba oscuro, caminó desde su pequeño apartamento hasta el estadio. Entró por la puerta principal que ya estaba abierta e hizo lo de siempre. Se mantuvo con auriculares la mayor parte del tiempo, necesitaba concentrarse o todo se iría al carajo.
El entrenamiento no empezó mal, tampoco empezó bien.
El aire pesó distinto. No por el esfuerzo, ni por las órdenes. Entre ellos se marcaban espacios sin decirlo, se empujaban un límite invisible que ninguno estaba dispuesto a ceder. Una tensión que no venía del esfuerzo físico ni de la exigencia del entrenador, sino de algo más profundo, más humano: orgullo, territorio, jerarquía.
Desde el primer pase, algo no encajó. El disco salió limpio desde su palo, deslizándose con precisión hacia el centro, donde Theodore ya se movía con esa naturalidad que hacía parecer todo más sencillo de lo que realmente era. Durante un segundo, la jugada encajó: rápida, efectiva, casi elegante.
Y entonces apareció Iván.
El choque llegó sin aviso.
No fue una intercepción limpia ni una disputa natural por el disco. Fue un golpe directo, duro, cargado de intención, que desplazó a Damián medio metro sobre el hielo antes de que pudiera reaccionar. Las cuchillas rasparon con fuerza, dejando una marca irregular sobre la superficie.
El disco se perdió hacia la banda y el silencio duró apenas un instante.
—Concéntrate —le gruñó Iván, como si nada.
Damián se enderezó despacio. No respondió de inmediato; pasó la lengua por el interior de su mejilla, sintiendo ese leve sabor metálico que ya empezaba a resultarle familiar. Joder, le había dado por el mismo lado de ayer.
—Estoy concentrado —respondió al fin, la voz grave, firme.
Iván no lo miró esta vez. Pero su siguiente movimiento fue aún más agresivo.
El juego continuó, sin embargo, ya no era un entrenamiento, se convirtió en otra cosa. Cada pase se volvía una prueba. Cada avance, un choque de voluntades. Clark intentaba mantener el ritmo del ejercicio, pero incluso él comenzaba a quedarse atrás ante la intensidad que crecía entre Iván y Damián.
Theodore lo notaba, pero no dijo nada.
El disco volvió a caer en posesión de Damián. Esta vez avanzó con más decisión, protegiéndolo con el cuerpo mientras se abría paso por la izquierda. Sintió a Theodore moverse en paralelo, listo para recibir.
El pase salió preciso, pero no llegó. Iván se adelantó e interceptó. Y en el mismo movimiento, giró el cuerpo y cargó contra Damián otra vez.
El impacto fue más fuerte.
Más claro.
Más imposible de justificar.
Damián perdió el equilibrio por un segundo, suficiente para que el hielo se le escapara bajo los patines antes de recuperar el control con un giro brusco.
—Ya basta —murmuró entre dientes, esta vez sin contenerse del todo.
Iván frenó frente a él.
Ahora sí lo miró.
—¿Qué pasa? —preguntó, ladeando apenas la cabeza—. ¿Te cuesta seguir el ritmo?
Damián soltó una risa corta, sin humor.
—No. Me cuesta jugar con alguien que no sabe diferenciar un entrenamiento de una pelea.
El aire se volvió denso. Clark se quedó quieto. Al fondo, un palo golpeó el hielo, seco. Iván dio un paso al frente.
—Esto no es una pelea —le dijo más alto—. Es el equipo.
Damián no retrocedió, mirándolo con las cejas juntas.
—Entonces compórtate como parte de él.
El choque no fue inmediato, pero se buscó. Iván lo empujó primero de un hombro con la palma abierta. Damián no cedió, le regresó el empujón, el vapor de ambos saliendo de sus bocas. Entonces, sus cascos chocaron, duros, quedando enganchados en una cercanía incómoda. Respiración contra respiración. Otro empujón. Otro. Un gruñido y una mala palabra rondaron en el aire. El hielo crujió bajo las cuchillas, y, aun así, ninguno dio un paso atrás.
Cuando Iván atrapó a Damián del cuello y viceversa, solo entonces Theodore intervino. No levantó la voz, tampoco empujó, no hizo falta. Su cuerpo se interpuso entre ambos, abriéndose camino como si fuera a pasar. El movimiento fue limpio y firme, ocupando el espacio con una autoridad innata.
—Se acabó.
—Se acabó —dijo.
La palabra fue suficiente. Iván tensó la mandíbula, pero no respondió de inmediato. Sus ojos pasaron de Theodore a Damián y de vuelta, como si midiera algo que no terminaba de aceptar.
—Claro —dijo al final, retrocediendo un paso, con las mejillas rojas—. Capitán.
No hubo respeto en esa última palabra, solo contención. Marshall no tardó en intervenir.
—Todos al centro.
Su voz cortó la escena con precisión.