Orgullo Frío

Capítulo 12. Después del vapor.

El vestuario no fue el mismo. El ruido seguía allí; los casilleros abriéndose, el golpe de los palos contra las bancas, las conversaciones a media voz; pero algo había cambiado en la forma en que todo coexistía. Como si el sonido ya no fluyera con naturalidad, sino que se detuviera, se ajustara, midiera sus propios límites antes de expandirse como lo haría la espuma al salir del envase.

Al volver de las duchas, el ambiente ya no era el mismo. No fue un cambio de golpe, pero poco a poco las conversaciones se quebraron a su paso, apenas un segundo, lo suficiente como para ser notorio. Las miradas en él tardaron en apartarse también,

No fue inmediato.

Fue progresivo.

Primero en el silencio que se abría a su paso, apenas perceptible, como una pausa en una conversación que no le pertenecía. Luego en las miradas que se desviaban un segundo tarde, en los gestos que se contenían cuando él se acercaba lo suficiente.

Al acercarse, una parte de los otros se tensaba, se cerraba antes de que él pudiera alcanzarlo.

No podía definirlo como rechazo, tampoco como normalidad.

¿Se había pasado en la pista? No lo creía, ese capullo se merecía un golpe en la mandíbula y otro en la cabeza para que su comportamiento mejorara, pero… tal vez, estaba haciendo tenso el equipo o… tal vez, era que el capitán lo había reprendido de una forma más seria y menos hostil.

Pasó saliva con dificultad, recordando con claridad la escena de la persona en cuestión. Cerró los párpados con la suficiente fuerza, buscando borrar la escena indecorosa. Se sentó en la banca frente a su casillero y comenzó a vestirse sin prisa, la piel aún húmeda, el eco de lo ocurrido minutos atrás todavía vibrándole dentro. El mechón rojo, ahora seco en las puntas, caía desordenado sobre su frente mientras pasaba la camiseta por su cabeza.

No miró hacia las duchas, pero era consciente.

Theodore salió de la habitación del fisioterapeuta unos segundos después. No hizo ruido innecesario. Caminó hasta su casillero con esa misma presencia firme que parecía desplazar el aire a su alrededor, y comenzó a vestirse sin dirigirle una sola palabra a nadie.

El vestuario reacción, sin embargo. Clark fue el primero en romper el equilibrio, cerrando su casillero con un golpe más fuerte de lo necesario.

—Buen entrenamiento —dijo, en un tono que sonaba demasiado casual para serlo—. Casi nos matan en la segunda jugada.

Damián alzó la vista apenas lo justo para encontrar su mirada. Clark sonrió; no era una sonrisa inocente. Era de esas que entienden más de lo que dicen.

—Casi —respondió Damián, apoyando los codos sobre las rodillas.

—Van a tener que mejorar eso —añadió Clark, más juguetón pero elocuente—. Si van a ser la primera línea.

La frase cayó con naturalidad, pero no era ligera.

Damián no respondió de inmediato. Sus dedos jugaron con la cinta del palo apoyado a su lado, arrancando apenas un borde que ya estaba desgastado.

—Lo haremos.

Clark asintió, como si esa respuesta fuera suficiente; no añadió nada más, no hacía falta.

El mensaje estaba entregado y todos lo sabían.

Iván no habló.

No en el vestuario.

No frente a los demás.

Aun así, su silencio era distinto al del resto.

No evitaba mirar, miraba de frente, directo. Y cada vez que sus ojos se cruzaban con los de Damián, no había burla ni provocación abierta… solo una emoción fría, calculada y peligrosa. Damián sostuvo una de esas miradas un segundo más de lo necesario.

Iván no parpadeó. Luego desvió la atención como si nada hubiera pasado, pero no fue nada. Damián soltó aire con más ruido del adecuado, hubiese querido no llevarse mal con sus compañeros de equipo, pero, a veces, te odian porque sí.

—Mañana, siete en punto.

La voz de Theodore cortó el murmullo sin necesidad de elevarse. Algunos jugadores levantaron la cabeza, y otros simplemente asintieron.

El capitán terminó de ajustar la cremallera de su chaqueta, los movimientos precisos, controlados, como todo en él.

—Lleguen antes.

No dio más explicaciones, no necesitaba darlas.

Era suficiente.

Damián lo observó desde su lugar, apoyado hacia adelante, los antebrazos sobre las piernas todavía. Había algo en la forma en que Theodore hablaba —sin esfuerzo, sin adornos—, que hacía que todos obedecieran incluso antes de decidir hacerlo.

Autoridad natural.

Molesta.

Atractiva.

Peligrosa.

Odio esa sensación que provocaba. Se creía tan genial y, lo peor de todo, lo era.

Clark se levantó, colgándose la bolsa al hombro.

—Yo paso por café —murmuró, sin dirigirse a nadie en particular—. Alguien debería hacer algo por este ambiente.

El vestuario comenzó a vaciarse poco a poco.




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