Damián llegó siete minutos antes ese día. Creyó que encontraría a Theodore un poco desordenado o despeinado, pero fue una decepción. El capitán había llegado mucho antes, lo suficiente como para estar terminando de encintar su palo y dirigirse al campo de hielo.
El entrenamiento se mantuvo exigente todo el día, tuvieron dos horas libres y regresaron a entrenar a las tres de la tarde en punto. Desde ese momento, hubo tensión, pero desde que la noche cayó algo cambió.
Fue una sensación en el ambiente del estadio que no tenía que ver con la temperatura ni con la iluminación. Era más sutil. Más densa. Como si cada sonido: el golpe seco del disco, el roce de los patines, las voces lejanas, estuvieran cargados con una expectativa que nadie terminaba de nombrar.
Marshall no levantó la voz al dar las indicaciones.
Con él nunca hacía falta.
—Primera línea.
La pausa fue mínima, los patines se volvieron lentos.
—Theodore, Damián.
El eco de sus nombres pareció quedarse suspendido en el aire más tiempo del necesario. Damián ajustó el agarre de su palo, sintiendo cómo la cinta raspaba ligeramente contra la palma. No miró a nadie, pero era consciente de cada par de ojos sobre él. De cada respiración contenida y del incómodo silencio proveniente de Iván.
Theodore ya estaba en posición.
Recto.
Firme.
Como si siempre hubiera estado allí.
—No piensen demasiado, ya están conectando entre ustedes —añadió Marshall—. Ahora mismo, ¡jueguen!
El disco cayó.
El mundo se redujo a ese simple acto.
El primer intercambio fue limpio, rápido; demasiado perfecto para ser real.
Damián recibió el pase y avanzó, el cuerpo inclinado hacia adelante, las piernas respondiendo con una precisión que no requería pensamiento tal como lo demandaba su entrenador. Theodore se movió a su lado, ajustando el ritmo sin mirarlo directamente.
No hacía falta.
El segundo pase fue aún mejor.
El tercero…
Falló.
No fue un error evidente, pero fue suficiente.
El disco se deslizó apenas fuera del ángulo esperado, rebotando contra el palo de Theodore antes de desviarse hacia la derecha. Ese pequeño desajuste bastó para romper la jugada.
Y alguien más lo vio.
Iván.
Intervino sin dudar.
Recogió el disco y giró con una velocidad que no dejaba espacio para corregir. En dos movimientos ya había superado la línea media, y el resto del equipo reaccionó tarde.
Demasiado tarde.
El disparo fue limpio.
Seco.
Perfecta y cruel anotación.
El sonido de la red vibrando atravesó el estadio, llenando el espacio y el orgullo de Iván como si fuese un alimento que él codiciaba con hambruna.
Nadie habló.
Damián se detuvo, girando apenas la cabeza hacia Theodore. No fue un reproche, pero tampoco indiferencia.
Fue… reconocimiento.
Eso había sido cosa de ambos.
Theodore sostuvo la mirada un segundo.
Luego desvió la atención hacia el centro del hielo.
—De nuevo.
La siguiente jugada fue distinta. Damián y Theodore compartieron contacto visual un momento. Su contacto fue tenso, consciente. Damián no esperó y se hizo con la iniciativa. El disco se movió con rapidez bajo su control, esquivando un intento de intercepción antes de soltar un pase más fuerte, más directo.
Theodore lo recibió, se apartó de sus compañeros, alejando el control del resto, defendiendo su dominio, y esta vez no dudó en aprovechar la oportunidad cuando la encontró.
Disparó.
El impacto contra la red fue inmediato.
Anotación.
El sonido fue más fuerte esta vez.
Más claro.
Más… necesario.
Clark levantó el palo desde el fondo.
—¡Eso es!
La voz rompió la tensión como una grieta en el hielo. Damián no celebró, pero su expresión cambió. Theodore tampoco saltó o mostró ápice de felicidad, aun así, su postura se relajó lo suficiente.
El partido continuó.
Y con él, la presión.
No todo salió bien.
No todo salió mal.
Solo… cada jugada entre ellos era observada, medida, casi diseccionada por el resto del equipo, especialmente por Iván. Ya no disimulaba. Cada vez que entraba en juego, lo hacía con una intensidad distinta, como si cada intervención fuera una declaración silenciosa.
No decía nada, pero lo dejaba claro. Ese lugar no era de ellos porque él así lo declaraba y se esmeraba en desacomodar sus jugadas, en desarmar lo que estaba construyendo.