Orgullo Frío

Capítulo 14. Ruido humano.

La cafetería estaba demasiado caliente para lo que venían de dejar atrás. El contraste se sentía en la piel. El frío del hielo aún no terminaba de abandonar los músculos, pero el aire tibio del lugar se colaba por la ropa, relajando poco a poco lo que el entrenamiento había dejado tenso. El murmullo de otras mesas, ajenas al equipo, creaba una especie de refugio extraño: allí nadie los observaba como jugadores, nadie medía sus errores ni sus aciertos.

Por primera vez en el día… no había presión directa. Y, aun así, nadie parecía completamente cómodo.

Clark fue el primero en romperlo, dejando caer su cuerpo en la silla con una exageración calculada, como si el simple acto de sentarse fuera una declaración.

—Si alguien algún día vuelve a decir «solo es un entrenamiento», lo saco del equipo yo mismo.

Un par de risas se escaparon. Pequeñas, pero reales.

Damián se recostó apenas contra el respaldo, estirando las piernas bajo la mesa mientras dejaba el menú a un lado sin haberlo leído realmente. No tenía hambre. O sí, pero no de comida. Su atención se movía entre las voces, los gestos, los silencios. Clark ya estaba hablando con el camarero como si llevara años yendo allí. Ocupaba el espacio con naturalidad, empujando el ambiente hacia algo más ligero sin perder de vista lo que flotaba debajo.

—Trae lo que sea fuerte —pidió Clark—. Y café. Mucho café.

—Eso del café explica muchas cosas —murmuró alguien.

Más risas.

Theodore no participó, tampoco estaba ausente.

Se encontraba allí, sentado cerca del centro de la mesa, con los antebrazos apoyados sobre la madera y las manos entrelazadas, observando sin intervenir. No parecía incómodo, pero no del todo relajado del todo. Era como si aún no decidiera si su intervención fuese necesaria.

Fue raro, pero afuera del estadio parecía un poco perdido, igual que un patito sin su mamá.

Damián no pudo pasarlo por alto, como no podía pasar por alto la mayoría de las cosas.

—¿Siempre eres así? —preguntó, inclinándose unos milímetros hacia él.

Theodore levantó la mirada.

—Es repetitivo —dijo de inmediato—. Me lo preguntaste hace un rato.

—Intento entender al capitán para jugar mejor. Quiero decir, mi manera de verte va cambiando con el tiempo que paso aquí.

Theodore soltó el aire más ruidoso de lo propio.

—¿Así cómo?

Damián hizo un gesto vago con la mano, como si no le interesara demasiado la precisión de la respuesta.

—Callado cuando todos intentan no serlo.

Clark soltó una risa inmediata.

—Eso es lo más cercano a una descripción perfecta que he escuchado nunca. Punto extra para ti, Damián. Te daría una estrellita, pero se me acabaron las pegatinas.

Theodore no reaccionó a Clark, pero los otros chicos rieron. Theodore por su parte no retiró los ojos de Damián.

—Alguien tiene que escuchar, igual que en el hielo, alguien tiene que mirar todo y no lanzarse como un loco mirando solo el disco por delante.

La respuesta fue simple, mas no ligera. Damián sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario, como si midiera el peso real de esas palabras.

—Interesante, supongo.

El camarero llegó con las bebidas, interrumpiendo la tensión antes de que creciera demasiado. El sonido de las tazas al posarse sobre la mesa llenó el espacio entre ellos con algo más tangible, más fácil de manejar.

Clark levantó la suya.

—Ok, en serio —dijo—. Brindemos por algo útil.

—¿Como qué? —preguntó uno de los chicos al fondo.

Una sonrisa se curvó en la comisura de los labios de Clark, como si supiera más que los otros.

—Por ser el mejor equipo de esta temporada.

Las tazas chocaron como hacía un rato. El sonido fue suave, suficiente.

Damián llevó la suya a los labios, el calor del café contrastando con el frío que aún le recorría el cuerpo. No era espectacular. Pero estaba bien.

Era… normal. Eso lo hacía raro. Por su lado, Iván no brindó. No dijo nada, su silencio no se pasaba por alto. Estaba presente en la forma en que sostenía la taza sin beber, en cómo su mirada recorría la mesa sin detenerse demasiado en nadie… excepto cuando se cruzaba con Damián o Theodore.

Ahí sí.

Se quedaba un segundo más sin necesidad.

—¿Siempre te quedas callado o solo cuando pierdes? —preguntó Damián de pronto, sin mirar directamente.

La mesa se tensó, no por la pregunta, sino por a quién iba dirigida. Iván alzó la vista muy lento, no pareció molesto, pero eso solo lo hacía peor. Hasta Clark se relamió la boca como si el café estuviera más amargo de lo adecuado.

—¿Me hablas a mí?

—Nadie más perdió hoy —respondió Damián con esa agudeza que, podía sonar grosera, pero para Damián era simple y despreocupada.

—No perdí —la voz le salió áspera.




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