Orgullo Frío

Capítulo 15. Lo que no viste.

El tirón fue brusco. No lo suficiente para hacer daño, pero sí para cortar el impulso de Damián en seco. El borde de la acera quedó a medio paso de sus pies mientras el ruido de un coche pasando a toda velocidad llenaba el espacio que habría ocupado su cuerpo un segundo después.

El aire quedó suspendido.

Durante un instante, ninguno de los dos habló. La mano de Theodore seguía aferrada al cuello del saco de Damián, tensa, firme, como si soltarlo demasiado pronto implicara que todo aquello volvería a ocurrir.

—¡Mira antes de cruzar! —repitió, pero esta vez su voz no fue solo fuerte… fue algo más.

Damián lo miró de verdad; no con burla, no con desafío. Sino con una especie de desconcierto que no era propio de sí. Su corazón saltaba como loco, pero no fue consciente de ello en el primer momento.

—Estoy bien —dijo, bajando la mirada un segundo hacia el asfalto.

Theodore soltó la tela, pero no retrocedió.

—No es el punto —dijo Theodore, más severo—. Pudiste no estar bien.

El tráfico continuó fluyendo frente a ellos, ajeno, constante, como si nada hubiera pasado. La luz del semáforo cambió unos segundos después, y las escasas personas a su alrededor comenzaron a cruzar con normalidad.

Damián no se movió de inmediato. Pasó una mano por su nuca, sintiendo todavía la presión del agarre, no como molestia… sino como recuerdo. Su corazón se relajaba, pero el pecho continuaba apretado.

—Solo era un helado —murmuró, casi para sí mismo.

Theodore exhaló, no largo, pero sí pesado.

—No todo se trata de lo que quieres en el momento, petirrojo.

La frase quedó suspendida entre ambos.

No sonaba a regaño, más bien sonaba a algo aprendido. Damián alzó la vista y esta vez… lo observó de un modo distinto. Había algo en la expresión del capitán que no encajaba con la situación. No era solo molestia, tampoco podía definirse solo como control.

Era… tensión.

Lo más extraño fue que no dirigida hacia él. Sino hacia lo que pudo haber pasado.

—Relájate —pidió Damián, más suave de lo habitual—. No me atropellaron.

Theodore no respondió, pero sus hombros tardaron un segundo más en soltarse. Y ese segundo… No pasó desapercibido para Damián.

Cruzaron la calle en silencio. El local de helados estaba iluminado con luces blancas que contrastaban con la noche, y el vidrio reflejaba sus siluetas de forma difusa mientras entraban. El sonido de una campanilla marcó su entrada.

El ambiente era distinto al de la cafetería.

Más simple.

Más vacío.

Un par de personas en una esquina, un niño apoyado contra el mostrador, y el zumbido constante de los refrigeradores llenando el espacio.

Damián avanzó primero.

—Vainilla —dijo, sin pensarlo demasiado.

Luego llevó la mirada hacia Theodore, sin prisa.

—¿Tú?

El capitán dudó apenas un segundo.

—No iba a entrar.

—Ya estás aquí.

La respuesta fue rápida.

Theodore sostuvo su mirada. Y luego pidió algo igual de simple, sin chispas, salsas o cualquier elemento que entorpeciera el sabor de limón. Cuando salieron, el frío volvió a golpearles el rostro, pero esta vez no fue incómodo. Caminaron unos pasos antes de que Damián probara el helado, frunciendo ligeramente el ceño por el contraste de temperatura.

—Vale la pena —murmuró.

—¿En serio? —preguntó un momento más tarde.

—Sí.

—Es raro comer helado de noche y, ni siquiera es verano.

Damián se rio bajito.

—¿No lo hace más interesante? —se burló suave, arrugando un poquito la piel que cubría su nariz.

Theodore lo observó, no el helado.

A él.

La forma en que caminaba sin mirar demasiado el camino, cómo su atención saltaba de un detalle a otro, cómo parecía moverse con una ligereza que en el hielo se transformaba en precisión.

Y entonces se percató, otra vez. El gesto, sutil pero claro. Damián apoyó el peso de forma distinta en un lado.

Fue ligero, muy imperceptible, pero alguien como Theodore no lo pasaría por alto.

—Te golpearon mal —dijo.

No fue pregunta, y Damián no lo enfocó de inmediato.

—He tenido peores días.

—No es lo que pregunté.

El silencio se estiró. Damián suspiró por la nariz, como si evaluar la respuesta le resultara innecesario.

—Estoy bien.

Theodore dio un paso más cerca. No invasivo, tampoco distante.

—No lo estás.

Esta vez Damián sí lo miró. Y hubo algo distinto en sus ojos.




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