Orgullo Frío

Capítulo 16. Sincronicidades.

La mañana no tenía nada de especial a primera vista, pero aun así había un frescor en el aire que resultaba distinto, como si el día se hubiese acomodado en un punto exacto entre la calma y la expectativa. La luz se filtraba entre los edificios con una suavidad engañosa, incapaz de disipar del todo el frío que aún se aferraba al pavimento, y el movimiento constante de la ciudad parecía avanzar sin prestar atención a nada en particular.

Damián caminaba con ese ritmo suyo que no era lento, pero tampoco apresurado, dejando que el trayecto se extendiera lo suficiente como para pensar… o, más bien, para no hacerlo del todo. Su mochila colgaba de un solo hombro, balanceándose levemente con cada paso, mientras su mirada recorría el entorno sin fijarse demasiado en nada específico. Era un hábito, no una distracción: observar, registrar, seguir.

No le dolía tanto el golpe del día anterior como lo había creído. Sin embargo, aquella mañana su atención no estaba completamente en la calle.

El recuerdo de la noche anterior se mantuvo latente, insistente, no como una idea clara, sino como una sensación difícil de ubicar. No era exactamente la conversación, ni tampoco la forma en que Theodore había formulado aquella especie de disculpa sin nombrarla como tal, sino lo que vino después: el silencio que sostuvo sin esquivarlo, sin justificarse, sin intentar suavizar nada.

Eso… no encajaba con la imagen que había construido de él.

Giró por una esquina y redujo el paso casi sin darse cuenta. El estadio estaba cerca, apenas a unas cuadras, y aun así no sentía esa urgencia habitual por llegar. Era como si, por primera vez desde que había entrado al equipo, el hielo no fuera el único lugar donde algo importante estaba ocurriendo.

—Vas a llegar tarde.

La voz apareció a su lado con una naturalidad que hizo que Damián no se sobresaltara, aunque sí giró ligeramente la cabeza. Theodore caminaba junto a él, ajustando apenas la correa de su bolso sobre el hombro, como si llevara allí varios minutos.

—No sabía que me estabas siguiendo —respondió Damián, alzando apenas una ceja.

—No lo hago.

—Entonces tenemos una coincidencia bastante conveniente.

Theodore no respondió de inmediato. Su mirada se mantuvo al frente, fija, como si la calle ofreciera detalles más interesantes que la conversación. Ese pequeño silencio, sin embargo, no resultó incómodo; era el tipo de pausa que se instala cuando ninguno siente la necesidad de llenarla de inmediato.

—Es la ruta más corta —dijo finalmente.

Damián dejó escapar una risa baja, inaudible.

—Claro. Siempre lo es.

Siguieron caminando sin alterar el ritmo. Durante unos segundos, lo único que se escuchó fue el sonido de sus pasos sobre el pavimento y el murmullo distante de la ciudad despertando. Damián pateó una pequeña piedra que encontró en el camino, haciéndola rodar unos metros antes de alcanzarla de nuevo, como si necesitara algo mínimo en qué descargar la atención.

—¿Siempre has sido así? —la pregunta surgió de improvisto.

—¿Así cómo?

—Controlado.

La palabra quedó flotando entre ellos con más peso del que parecía tener. No era una crítica, pero tampoco una observación inocente.

Theodore tardó un segundo en responder.

—En cada situación alguien tiene que serlo.

Damián asintió lento, como si esa respuesta encajara con demasiada precisión en el lugar correcto.

—Debe ser agotador.

Theodore no lo negó, tampoco lo confirmó. Simplemente ajustó su paso, manteniendo el mismo ritmo, como si esa fuera su forma de sostener la conversación sin profundizarla más de lo necesario.

—Funciona —le concedió al final.

Damián rodó la cabeza y lo observó con más atención, deteniéndose un segundo más en su expresión, en la tensión contenida en su postura, en la forma en que incluso caminando parecía medir cada movimiento.

—Sí —aceptó bajo—. Pero no todo lo que funciona… es cómodo.

Theodore no replicó. Sin embargo, su gesto cambió mínimamente, vagamente perceptible, como una ligera fisura en una superficie demasiado firme.

Y Damián, por una vez, decidió no empujar más.

El ambiente en la pista era distinto cuando llegaron. No había ese caos desordenado de otros días, pero tampoco una calma total; más bien se trataba de una energía implícita, una especie de expectativa que se percibía en los movimientos de los jugadores, en las conversaciones a media voz, en la forma en que algunos miraban hacia el hielo incluso antes de cambiarse.

Clark fue el primero en percibir su llegada y, por supuesto, no dejó pasar la oportunidad.

—Mírenlos —anunció con una teatralidad exagerada—. Llegan juntos otra vez. Esto ya es preocupante.

Algunos soltaron risas, otros simplemente alzaron la vista por un segundo antes de volver a lo suyo. Damián dejó la mochila sobre la banca sin prestarle demasiada atención, aunque una leve curvatura en la comisura de sus labios delataba que no le resultaba del todo indiferente.




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