Orgullo Frío

Capítulo 17. Aquello sin nombre.

El rumor no empezó como rumor.

Empezó como una frase dicha sin intención de quedarse, una de esas que se sueltan al aire mientras alguien se quita los guantes o se ajusta las protecciones, y que, sin embargo, encuentra dónde anclarse. Fue Clark quien la dejó caer primero, sin malicia, mientras golpeaba la cinta de su palo contra la banca.

—Marshall está apostando todo a la primera línea, lo vi mirándolos y anotando en su libre; ya saben lo que eso significa.

No levantó la voz. No hizo falta. La frase encontró oídos atentos y, como ocurre con las cosas que nadie quiere decir en voz alta, comenzó a repetirse en distintos tonos, en distintos rincones, cambiando apenas de forma, pero no de significado.

Damián lo escuchó sin girarse.

Estaba de pie frente a su casillero, inclinándose hacia adelante mientras ajustaba las cintas de los patines con movimientos lentos, medidos, como si cada nudo requiriera más atención de la habitual.

No era por los patines. Era por lo que la frase implicaba.

A unos metros, Theodore terminaba de colocarse los guantes. No intervino, pero tampoco ignoró el comentario. Su mirada se desplazó por el vestuario, deteniéndose apenas en los jugadores que habían dejado de hablar en cuanto la frase se asentó en el aire.

No era tensión abierta, era peor.

Era una de esas incomodidades que no tienen forma clara, pero que se perciben en la manera en que alguien evita mirar directamente a otro, en cómo una conversación se corta a la mitad sin explicación, en el peso que adquiere un silencio cuando ya no es natural.

Iván no mencionó palabra

Estaba apoyado contra los casilleros, como de costumbre, con los brazos cruzados y la mirada fija en un punto que no parecía interesarle realmente. Pero su quietud no era pasiva; había energía contenida en la forma en que sus dedos se tensaban apenas contra la tela de la camiseta, como si el cuerpo estuviera sosteniendo una reacción que aún no decidía soltar.

—Tiene sentido —añadió alguien más desde el fondo—. Si funcionan así en entrenamiento, pueden darnos la victoria en un partido real…

La frase quedó incompleta. No porque no supieran cómo terminarla, sino porque todos sabían exactamente cómo seguía. Damián tiró del último nudo y se incorporó, apoyando brevemente la mano sobre la banca antes de levantarse del todo. Su mirada recorrió el vestuario sin detenerse en nadie en particular, pero tampoco evitó cruzarse con la de Iván.

El contacto fue breve.

Suficiente.

Y esta vez no hubo provocación.

Solo una claridad incómoda.

El hielo recibió al equipo con una frialdad más marcada que en días anteriores. No por la temperatura, sino por la forma en que todos ocuparon sus posiciones con una precisión más rígida, menos suelta, como si cada movimiento estuviera siendo observado incluso antes de ejecutarse.

Marshall no dio muchas indicaciones.

—Juego rápido. Mismos equipos. Sin detenerse. Muéstrenme de qué están hechos.

Eso fue todo.

El disco cayó y el ritmo se impuso.

Damián tomó el control en la primera jugada, avanzando con decisión mientras la presión se cerraba desde ambos lados. No buscó a Theodore de inmediato; dejó que el movimiento se desarrollara, que el espacio se definiera por sí solo.

Cuando el pase salió, no hubo duda. Theodore ya estaba ahí. La recepción fue limpia y el disparo, inmediato.

El disco rozó el poste y salió desviado.

Un centímetro, tal vez menos.

Damián frenó, girando apenas la cabeza, como si ese pequeño margen de error tuviera más peso del que parecía.

—Más cerrado —le ordenó Theodore, sin reproche, ajustando la posición del palo.

Damián asintió una vez, y ese pequeño gesto no pasó desapercibido, al menos no por Theodore, quien apretó los labios en una sonrisa incómoda.

La siguiente jugada fue más rápida, más directa. El disco se movió entre ellos con una precisión que ya no parecía casual, sino resultado de algo que se estaba consolidando. Sin embargo, esta vez no fueron los únicos en leer el juego.

Iván interceptó.

El movimiento fue limpio, pero la forma en que lo hizo; la anticipación, la velocidad; dejó claro que no se trataba solo de habilidad.

Se trataba de intención. Viró con el disco y avanzó sin mirar atrás. El resto del equipo reaccionó tarde, apenas lo suficiente para reducir el ángulo, pero no para detenerlo. El disparo fue hacia la malla, pero el portero reaccionó, su instinto rápido hizo rebotar el disco.

Iván no desistió, en un parpadeo volvió a tomar el control.

Y esta vez no falló.

Anotación.

El sonido de la red se sintió distinto, no celebratorio.

Más… afirmativo.

Iván no levantó el palo, no buscó miradas en sus compañeros, solo en su entrenador. Pero cuando giró, sus ojos pasaron por Damián y Theodore con una pausa apenas perceptible.




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