El día del partido de práctica llegó con una claridad incómoda.
No hubo bromas en el camino al estadio, ni comentarios sueltos que aliviaran la tensión que se había instalado desde el entrenamiento anterior. Incluso Clark, que solía llenar los silencios con cualquier cosa que se le cruzara por la cabeza, se limitó a caminar con las manos en los bolsillos, soltando apenas un par de comentarios que no encontraron demasiada respuesta. El ambiente no era hostil, pero sí distinto, como si cada uno estuviera guardando energía para lo que estaba por empezar.
Damián lo percibió desde que puso un pie dentro del vestuario.
El olor habitual seguía ahí —cinta, sudor seco, desinfectante—, pero no le resultó familiar. Se sentó en la banca y dejó la mochila a un lado, inclinándose hacia adelante para empezar a colocarse el equipo. Sus movimientos eran los mismos de siempre, precisos, casi automáticos, pero había una rigidez nueva en la forma en que tensaba las cintas, como si necesitara asegurarse de que todo estuviera en su sitio antes de salir.
Hasta sus dedos fueron torpes en el último nudo. Perdió sensibilidad en ellos como si hubiese estado metidos en una cubeta de hielo. A pesar de esa torpeza, no quiso mirar a nadie, y esperó que nadie comentara al respecto, pero todos estaban muy metidos en sus asuntos. No levantó la mirada de inmediato al escuchar los pasos, pero sabía perfectamente dónde estaba Theodore.
Se preguntó desde qué momento fue capaz de hacer eso.
No solía ser muy consciente de esos detalles, pero con Theodore, solo necesitaba agudizar el oído y a veces, ni eso, para conocer su ubicación exacta.
Al otro lado, el capitán se preparaba en silencio, ajustando sus guantes con la misma meticulosidad de siempre. No parecía distinto, pero algo en su quietud que lo delataba: no era calma, era control llevado al límite. Mantenía una férrea repetición de palabras para estar en calma y conseguir la victoria.
Clark dejó caer el casco sobre la banca con un golpe seco.
—Bueno —dijo, mirando a ambos lados—, hoy sí vamos a ver si todo ese funciona era real o puro cuento.
Nadie respondió. No porque no quisieran, sino porque la pregunta ya tenía demasiado peso y todos estaban tensos, un hecho que solo Clark pasaría por alto.
Iván, apoyado contra los casilleros, soltó una exhalación por la nariz, casi imperceptible, mientras se colocaba el protector bucal con un gesto lento.
—Eso ya lo veremos —murmuró ronco, igual que un perro con pulgas.
No miró a nadie y la mayoría lo agradeció, últimamente estaba de un genio que con solo una mirada ponía una mala cara mortal.
El hielo los recibió, más frío que el resto de días. Quizás, eran sus cuerpos los que había perdido temperatura. Marshall iba a escoger la alineación oficial y, todos, de un modo u otro, no querían quedarse por fuera. No había público, pero la presión se sentía todavía más directa, más honesta. El sonido de los patines se oyó nítido, más crudo, y cada movimiento se amplificó dentro del espacio vacío del estadio.
Marshall no dio instrucciones. Sus ojeras indicaban que se había quedado toda la noche despierto observando los partidos grabados, intentando comprender a sus jugadores y las alineaciones.
—Jueguen —dijo sin romper su tono habitual—. Y no sé si necesito decir esto, pero muestren lo mejor que tienen.
Aquella palabra quedó en los oídos del equipo.
Marshall mantuvo la libreta en la mano y el bolígrafo en otra, se acomodó
El disco cayó y el ritmo se volvió inmediato.
Damián tomó la primera posesión, avanzando con decisión mientras la presión del rival se cerraba desde los lados, más hostil que nunca. No buscó a Theodore al instante; dejó que el juego se abriera, que el espacio apareciera por sí mismo. Cuando finalmente levantó la vista, él ya estaba ahí, exactamente donde debía.
El pase salió, limpio y preciso.
Theodore lo recibió sin problema y disparó de inmediato. El disco se estrelló contra el poste, el sonido seco rebotó en el estadio vacío. Damián frenó, girando apenas la cabeza, evaluando la distancia, el ángulo, ese pequeño margen que había separado la jugada de convertirse en gol.
¿Por qué no salió?
—Más rápido —dijo Theodore, ajustando la posición del palo mientras recuperaba el rebote.
Damián asintió, su expresión facial no cambió. Los músculos de la espalda y ellos hombros se le apretaron, igual que todos los de las piernas. La siguiente jugada fue más exigente. El rival cerró espacios con mayor rapidez, obligando a tomar decisiones en menos tiempo. Damián recibió el disco en el centro, con dos jugadores encima. Esta vez, el pase a Theodore estaba claro.
Era evidente, seguro y, aun así… decidió no disparar.
Dio un giro magistral sobre sí mismo, protegiendo el disco con el cuerpo, buscando abrir un espacio propio en lugar de usar el que ya estaba creado como la red de una araña que aprisionaba a una mosca. Durante un segundo funcionó; consiguó avanzar un par de metros más, esquivando el primer intento de robo.
El segundo intento llegó antes de que pudiera reaccionar, en un golpecito que resonó el disco se perdió y el contraataque fue inmediato.