La noche no era particularmente fría, pero el cuerpo de Damián vivía su propio invierno, tenso como si aún estuviera dentro del hielo.
Dejar el lugar no fue posible de inmediato.
Después de que el vestuario quedó vacío, permaneció sentado más tiempo del propio, con la toalla todavía sobre la cabeza y los codos apoyados en las rodillas, dejando que la humedad le bajara por la nuca sin molestarse en secarla. El silencio que había quedado tras la salida de todos no era incómodo, pero sí pesado, como si el aire estuviera cargado de palabras que no se dijeron o que se dijeron demasiado tarde.
Cuando finalmente se levantó, lo hizo sin prisa.
Recogió sus cosas con movimientos lentos, automáticos, evitando pensar demasiado en lo que acababa de pasar, aunque sabía que era inútil. Cada frase, cada tono, cada gesto… todo volvía una y otra vez, con una claridad que no dejaba espacio para reinterpretaciones.
El portazo de Theodore.
El «Ríos».
El «mocoso».
Damián cerró el casillero con más fuerza de la necesaria. No era rabia o no solo eso. No lo pudo definir con certeza y eso fue todavía más frustrante.
El estadio ya estaba casi vacío cuando salió; solo los conserjes pasaban de un lado al otro. Las luces del pasillo iluminaban de forma intermitente el suelo, creando sombras irregulares que se movían con cada paso. Afuera, el mundo y la ciudad seguían su curso, ajena al pequeño desastre que acababa de ocurrir dentro de una pista de hielo.
Caminó sin rumbo claro al principio. No quería ir hacia su casa, tampoco a otro en particular, solo… lejos.
El ruido del tráfico le llegó de a poco, mezclándose con el murmullo lejano de voces, risas y el zumbido constante de la ciudad nocturna. Pasó frente a una tienda cerrada, luego a otra, hasta que terminó deteniéndose frente a un pequeño local aún abierto, con luces cálidas y el sonido tenue de una radio antigua filtrándose hacia la calle.
No tenía hambre, pero entró igual.
El lugar era sencillo, casi vacío. Un par de mesas ocupadas, una barra limpia y el aroma a café recién hecho flotando en el aire. Damián se acercó sin decir mucho, pidió lo primero que vio en el menú y se sentó cerca de la ventana, dejando la mochila a sus pies.
La mesera le sirvió un pequeño vasito desechable con helado de frambuesa. Se llevó la cucharita a la boca y tragó; jugueteó con la cucharita al atraparla entre los dientes. Apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos mientras miraba hacia afuera sin enfocarse realmente en nada. El reflejo del vidrio le devolvía una imagen que no terminaba de reconocer: el cabello aún húmedo, los ojos más tensos de lo habitual, la mandíbula apretada sin que se diera cuenta y su labio inferior manchado de helado rosado.
Exhaló muy largo.
—Supuse que estarías aquí. —La voz llegó sin aviso alguno.
Sus ojos se elevaron antes que su rostro, encontrando a Theodore. No llevaba la maleta del equipo, ni siquiera la cazadora, solo… un saco de mangas largas negras que se ajustaba a su cuerpo de manera tenue. Estaba de pie a tres pasos de la mesa, con las manos en los bolsillos y la misma expresión tranquila de siempre, mirándose tan bien, como si nada en el mundo pudiese perturbarlo de manera contundente.
—¿Lo supusiste? —Su lengua replicó antes que su cerebro.
—Pareces del tipo que come helado cuando ha tenido un mal día.
—¿Tan predecible soy?
—Si fueras tan predecible no me harías enojar.
—Pensé que ya te habías ido —dijo sin ahondar en el comentario anterior, recuperando la cucharita para comer otro bocado—. Y ser predecible es aburrido.
—Me fui —respondió—. Pero no muy lejos.
Damián soltó una risa breve, sin humor.
—Qué considerado.
Theodore no tomó el comentario como burla. Se acercó lo suficiente como para ocupar la silla frente a él, pero no se sentó de inmediato, como si todavía no estuviera seguro de si debía hacerlo o si Damián le tiraría el helado en la cabeza.
Lo veía cabeza de hacerlo.
—¿Te molesta si me siento? —preguntó.
—Haz lo que quieras, capitán King.
El título no sonó igual que otras veces. Theodore no lo pasó por alto, aun así, se sentó. El silencio que siguió no fue inmediato. Primero llegó el sonido de la taza al posarse sobre la mesa con el café que ordenó Theodore, el roce leve de la silla al acomodarse, el murmullo de la radio al fondo.
Después se formó un silencio distinto, más consciente. Damián desvió la mirada hacia la ventana otra vez, espirando alto.
—No hacía falta que vinieras.
Theodore apoyó los antebrazos sobre la mesa, entrelazando las manos de forma similar a como lo hacía un alto cargo gubernamental antes de dar un discurso.
—Sí hacía falta.
Damián solo rodó apenas la mirada hacia Theodore.
—¿Para qué? ¿Para seguir diciéndome lo que hice mal? Oh, seguro para restregarme lo imprudente e impredecible que soy.