El día siguiente no trajo respuestas después de una noche en vela.
Damián lo supo desde el momento en que abrió los ojos y el techo le devolvió la misma sensación de incomodidad que había dejado la noche anterior. No había claridad, ni resolución, ni siquiera una idea firme a la que aferrarse para ordenar lo que estaba pasando en su cabeza y que afectaba su cuerpo. Solo estaba en él ese ruido constante, bajo, insistente, que no terminaba de tomar forma y solo lo embobaba.
Rodó sobre la cama con un gesto seco, llevándose una mano al rostro mientras exhalaba con fuerza. El hombro protestó apenas con el movimiento, recordándole su estado actual con una punzada leve pero suficiente.
El fisioterapeuta tenía razón, no debió de ignorar los golpes, pero… jugar era más emocionante.
—Perfecto —murmuró y no estuvo claro si se refería a la lesión o a otra cosa.
Posiblemente, fuese por más de lo que sentía su cuerpo.
Su rutina fue más corta que los otros días, ni siquiera se peinó y tampoco desayunó. El camino al estadio fue más breve de lo habitual, aunque no sabría decir en qué momento llegó. No recordaba los semáforos, las calles, ni las esquinas, mucho menos el ruido de la ciudad. Solo la sensación de estar avanzando sin pensar demasiado, como si su cuerpo supiera el camino mejor que él.
Al entrar al vestuario, el ambiente ya estaba en marcha. Las conversaciones cruzadas, el sonido de los casilleros, el movimiento constante de los jugadores preparándose para el entrenamiento.
Todo era normal; demasiado normal. Clark fue el primero en verlo.
—Míralo —dijo, inclinándose ligeramente hacia atrás en la banca—. Sobrevivió al fisioterapeuta y a la noche.
Damián dejó la mochila sin responder de inmediato.
—Te decepciona, ¿no?
—Un poco —admitió Clark con una sonrisa—. Pero me alegra verte, el hielo se siente frío sin ti para molestarnos a todos con tus jugadas raras.
El comentario arrancó una reacción leve, casi automática. Damián se permitió una media sonrisa mientras comenzaba a cambiarse, concentrándose más de lo necesario en cada movimiento, como si eso le permitiera evitar pensar en lo que realmente le preocupaba.
No levantó la mirada de inmediato, pero al hacerlo… lo encontró y el aliento se le atoró en alguna parte que no fue la garganta.
Theodore estaba al otro lado del vestuario, ajustando las cintas de sus patines con la misma precisión de siempre. Nada en su postura había cambiado, nada en su expresión parecía distinto, aún así, algo no terminaba de cuadrar.
El estómago de Damián se apretó cuando se percató de que lo que podía no cuadrar fuese él. Apartó la mirada demasiado rápido; Clark lo pilló, pero no dijo una sola palabra.
El entrenamiento comenzó con la misma estructura habitual, pero para Damián todo estaba fuera de ritmo. No era el hielo, ni los compañeros, ni siquiera su propio cuerpo. Era la forma en que percibía a Theodore.
Antes lo medía.
En ese momento, lo notaba.
Su mirada y sus oídos se encontraban buscándolo a cada minuto y esa diferencia… le produjo nauseas.
El primer ejercicio fue simple, pases en movimiento, coordinación básica. Nada exigente, nada que no hubieran hecho antes cientos de veces. Damián tomó el disco, avanzando con naturalidad mientras su cuerpo respondía como siempre. El hombro molestaba lo justo para recordarle que debía tener cuidado, pero no lo suficiente como para limitarlo realmente.
Levantó la vista y contuvo el aire… Theodore estaba ahí.
En posición.
Esperando.
El pase era obvio. Y por eso mismo, dudó. Fue menos de un segundo, pero el disco salió tarde. Theodore lo recibió, pero tuvo que obligarse a ajustar la posición para controlarlo, rompiendo el ritmo de la jugada.
Nada grave, pero bastó para que Theodore se acercara.
—Antes —le dijo el capitán, regresándole el disco con dureza.
—Sí, por supuesto —dijo, asintiendo, sin querer mirarlo.
Theodore se quedó mirándolo… aquella actitud tan calma no parecía la de Damián, pero no estaban en posición para preguntar.
El siguiente intento fue peor; no en ejecución, sino en sensación. Damián conocía el qué hacer, su cuerpo lo sabía, la jugada estaba muy clara, pero una fuerza invisible interfirió en el proceso. Desde luego no era falta de concentración, ni miedo, mucho menos sería inseguridad.
Cada vez que Theodore estaba cerca, lo notaba de más. El sonido de su respiración, la forma en que se movía, la proximidad cuando compartían espacio en el hielo tan cerca. Detalles que antes pasaban desapercibidos ahora ocupaban más lugar del necesario.
Y eso lo sacó de ritmo por completo.
—¿Te ocurre algo?
La voz de Clark lo alcanzó en una pausa breve, apoyándose ligeramente en el palo mientras lo observaba con atención.
Damián negó de inmediato.
—No.
—Seguro —dijo, pero no escondió la duda.