Orgullo Frío

Capítulo 22. Sin espacio.

No hubo discurso previo ni preparación que suavizara el golpe. Marshall simplemente esperó a que el equipo se reuniera en el centro del hielo, con el murmullo aún vivo entre ellos, y dejó caer las palabras con esa calma que siempre resultaba más contundente que cualquier grito.

—Vamos a cambiar las líneas.

El silencio no fue inmediato, pero sí progresivo. Las conversaciones se apagaron poco a poco, como si cada uno necesitara un segundo más para procesarlo antes de reaccionar. No era algo inusual en sí mismo; los ajustes eran parte del juego, un diario vivir.

Lo que sí era distinto era el momento.

Las discordancias eran notables y las posiciones todavía no se solidificaban del todo, mucho menos después de que Damián pareciera estar flotando en una nube de algodón.

Marshall no levantó la voz.

—Primera línea —continuó, haciendo una pausa precisa—, se mantiene.

Justo ahí.

Ahí fue donde el ambiente cambió. No hizo falta que dijera nombres. Todos sabían exactamente a quiénes se refería, y esa certeza se instaló en el hielo como una capa invisible, pesada, difícil de ignorar.

Damián no reaccionó de inmediato, pero la presión se instaló directa en su pecho. Theodore, a unos metros de distancia tampoco se movió. Sin embargo, su postura se volvió más rígida, como si el cuerpo hubiera entendido antes que la mente lo que implicaba esa decisión.

Clark dejó escapar un silbido bajo.

—Bueno… —murmuró—. Esto se va a poner más interesante.

Nadie pudo responder, nadie negaría que todo se pondría más tenso. Marshall acabó de dar las indicaciones, mientras Iván chasqueaba la lengua, pero una sola mirada del entrenador bastó para silenciarlo.

El ejercicio comenzó tan pronto como el entrenador dio la alineación completa. La dinámica se estableció rápido: juego reducido, espacio limitado y sin mucho margen para pensar.

Marshall lo había dejado claro antes de retirarse a la gradería que:

—Quiero velocidad, pero, sobre todo, decisiones claras sin vacilaciones tontas.

La palabra volvió a aparecer para muchos, en especial para Damián: decisiones. No había sonado como una instrucción, sonó como una advertencia, una muy clara de que se comportaba o lo sacaba de la alineación principal.

Damián tomó el disco en la primera jugada el hielo respondió bajo sus patines con esa familiaridad que nunca desaparecía del todo. El cuerpo sabía moverse incluso cuando la cabeza no terminaba de acompañarlo. El problema no era el movimiento, resultaba ser la proximidad.

Theodore estaba ahí.

Otra vez.

Y justo en ese momento, no había distancia que lo protegiera. El pase era evidente, la jugada también. Aun así, Damián percibió en carne viva ese segundo de más, esa fracción de duda que no venía del juego, sino de algo más incómodo, más interno, más difícil de controlar.

Soltó el disco tarde.

Theodore lo recibió, ajustando la posición con rapidez para no perder el control, pero el ritmo ya estaba roto y la mirada firme del rubio cayó en él.

—Antes —lo amonestó, sin mirarlo directamente.

No fue una reprimenda dura, desde luego no fue suave.

Damián apretó el palo con más fuerza de la necesaria.

—Lo sé, lo sé.

La respuesta salió corta y rápida, más de lo que pretendía.

La siguiente jugada fue peor para su desgracia; no en ejecución, en sensación. Sabía exactamente qué hacer. El espacio estaba ahí, la línea abierta, la opción clara, pero cuando levantó la vista y encontró a Theodore en posición, algo volvió a interferir.

No fue miedo, ni fue duda técnica, fue la conciencia. La conciencia que le advertía de él, de su presencia, de todo lo que implicaba compartir su espacio y que, si volvía a fallar, no dudaría en amonestarlo sin piedad. No entendía de dónde nacía esa necesidad absurda de quedar bien, pero…

El pase salió con un golpe fuerte, pero fue tarde. Uno de sus compañeros lo interceptó e Iván no perdió la oportunidad. Se adelantó con un movimiento limpio, tomando el control del disco y girando con rapidez antes de lanzar el ataque contrario. El disparo no terminó en una anotación, pero sí en algo peor: confirmación.

Iván frenó cerca de la banda, mirando hacia ellos con una calma que no escondía nada y luego se rio, ese tipo de risita que es una exhalación arrogante.

—Si van a jugar así —dijo, lo suficientemente alto para que se escuchara—, mejor cambien la línea.

El comentario no fue agresivo, fue afilado y preciso. Y por eso, porque no hubo hostilidad, pesó todavía más. Algo en el interior de Damián se enroscó; una mezcla incómoda entre frustración y otra cosa que no quería nombrar.

No respondió, no hacía falta caer en esa mezquindad. Pero esta vez, no fue Theodore quien habló para corregirlo, fue Marshall.

—Otra vez.

La orden fue clara, sin espacio para discusión.

Repitieron la jugada. Y esta vez, el error no vino de la duda, vino del intento desesperado de corregirla. Damián soltó el pase demasiado rápido, casi anticipándose a sí mismo, como si quisiera evitar ese segundo de más a toda costa.




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