Orgullo Frío

Capítulo 23. Bajo presión.

El día del tan esperado partido de práctica, no tuvo nada de especial a simple vista, y, aun así, todo se sentía sutilmente desajustado, como una puerta que no cierra del todo y deja pasar una corriente de aire constante, alterando la temperatura. En el vestuario, el ruido habitual no faltaba: palos contra la madera, cierres metálicos, voces; pero no terminaba de asentarse. Las conversaciones nacían y morían con rapidez, y hasta las risas parecían quedarse a mitad de camino, como si nadie quisiera sostenerlas demasiado tiempo.

Damián se sentó frente a su casillero y comenzó a ajustarse los patines con una precisión obsesiva. Sus dedos tiraban de las cintas con firmeza, comprobando dos veces lo que normalmente bastaba con hacer una. No levantó la mirada de inmediato, pero sentía el vestuario en la piel: el movimiento de los compañeros, el olor denso del equipo, la humedad tibia que se pegaba a la nuca.

Clark, a su lado, golpeó la suela de su patín contra el suelo con un ritmo distraído.

—Bueno —dijo, inclinándose apenas hacia atrás—, si todo sale mal, al menos podremos decir que lo vimos venir.

Damián dejó escapar el aire por la nariz, sin dejar de mirar sus manos.

—Siempre tan optimista, en serio, deberías de pegarte una cinta en la boca.

Clark esbozó una sonrisa, pero no insistió. No pretendía desestabilizarlo más, ya lo estaba haciendo bien él solito. Damián acomodó los guantes, mirando de reojo hacia el otro lado del vestuario. Allí, Theodore ajustaba las cintas de sus patines con la misma calma de siempre, la cabeza ligeramente inclinada, los hombros firmes, como si cada gesto estuviera tan calculado. No hablaba, no intervenía, aun así, su presencia marcaba un ritmo que los demás seguían sin darse cuenta.

Damián no alejó la mirada, en menos de un segundo, fue suficiente para que se cruzaran. La apartó muy pronto, Clark no lo pasó por alto, pero no hizo comentario. Quiso, con su ceja arqueada, decir algo, pero calló para registrar cada detalle, justo como lo hace alguien que planea usar dicha información más adelante.

El túnel hacia el hielo estaba más frío que el vestuario. El sonido del público llegaba amortiguado, como un pulso constante detrás de las paredes, y el eco de las cuchillas del equipo rival ya se deslizaba desde el otro lado, marcando territorio incluso antes de verse.

Los Cartoles avanzaron en bloque; entonces se detuvieron, no por orden, sino por choque. El otro equipo ya estaba ahí, apoyados contra la baranda, ocupando el paso con una naturalidad incómoda, como si el espacio les perteneciera desde antes de que ellos llegaran.

Uno de ellos, alto, con una sonrisa ladeada, fue el primero en hablar.

—Miren nada más… —dijo, recorriéndolos con la mirada—. Pensé que hoy venía el equipo titular, pero mandaron a un montón de niños.

Un par de risas se deslizaron entre sus compañeros, Clark chasqueó la lengua y no vaciló al responder.

—Y yo pensé que el ruido venía del público, no de ustedes.

—Ojalá —respondió otro, riendo—. Así al menos tendría este encuentro tendría algo de nivel, quiero decir, mírense, dan pena.

Damián no habló, pero su postura cambió. El primero dio un paso al frente, señalando con el mentón hacia Theodore.

—¿Y este? ¿No es King? —preguntó, como si no lo conociera—. Vaya, amigo, te ves más cansado que la última vez.

Theodore no reaccionó, ni una sola expresión estuvo fuera de lugar. Eso, como siempre, jugó en su contra, porque pareció avivar las llamas en Cameron, el capitán rival.

—No sé —añadió al no obtener una respuesta de Theodore—. Creo que te ves como siempre, King, ya sabes, de esos que patinan bonito como una señorita, pero desaparecen detrás de sus compañeros cuando el juego se pone real.

Ni una sola expresión cambió en la cara del capitán de los Cartoles, pero sus ojos dejaron ver una sombra pesada.

—Supongo que a King se le comió el gato el oso polar —se burló Cameron, encogiendo los hombros y alzando las manos con esa actitud de chulito.

Una risa abierta llegó de su equipo, solo entonces Damián dio medio paso adelante.

—¿Quieres comprobar esa teoría? —La pregunta abandonó su boca sin elevarse.

El jugador rival lo miró de arriba abajo.

—Tranquilo, campeón —dijo—. Primero aprende a no perder el disco bajo presión, espera, ¿de dónde salió esta estrellita del rock?

Burlón señaló el pelo de Damián.

—¿Qué es esto, King? ¿Locura o experimento?

Clark soltó una carcajada seca.

—Oh, vamos, vamos, habla el que necesita dos sombras para defenderse.

—Habla el que no mete un gol ni con el arco vacío —devolvió alguien desde atrás.

El aire se tensó. Uno de los rivales golpeó suavemente el palo contra el hielo.

—Hoy no vienen a jugar —dijo—. Vienen a correr detrás del disco, eso todos lo sabemos.

—Corre tú —respondió Damián—. A ver si esta vez llegas a tiempo.

Hubo un paso más, luego otro y la distancia se tornó inexistente. Nadie se empujó, al menos, no todavía, pero la intención estaba allí, clara y sostenida.




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