El autobús olía a sudor seco, tela húmeda y cansancio.
No era un olor desagradable exactamente; era el tipo de aroma que quedaba suspendido después de un partido intenso, mezclándose con el plástico de los asientos, las bebidas energéticas abiertas a medias y el aire tibio que salía de las rejillas del techo. Afuera, la carretera se extendía oscura bajo la lluvia ligera que había comenzado apenas dejaron el estadio, y las gotas resbalaban por las ventanas en líneas largas y deformes, arrastrando consigo los reflejos borrosos de las luces nocturnas.
El equipo estaba agotado.
Clark dormía dos filas atrás con la cabeza apoyada contra el vidrio, la boca apenas abierta y un auricular colgando peligrosamente de una oreja. Más adelante, dos defensas discutían algo en voz baja antes de quedarse callados a mitad de la conversación, vencidos por el cansancio. Incluso Marshall permanecía en silencio, sentado cerca del frente del autobús con los brazos cruzados y los ojos cerrados, como si estuviera descansando, aunque nadie creía realmente que ese hombre durmiera.
Damián apoyó la frente contra la ventana fría.
El cristal vibraba suavemente bajo el movimiento constante del vehículo, y el frío que atravesaba el vidrio le ayudaba a mantener la cabeza despejada. O al menos eso intentaba, porque no funcionaba tanto.
El reflejo de la ventana le devolvía una imagen cansada: el cabello oscuro desordenado, el mechón rojo todavía húmedo en las puntas, las sombras suaves bajo los ojos y esa tensión persistente instalada en la mandíbula desde que terminó el partido.
Cerró los ojos un momento, y cometió el error de pensar.
El «petirrojo», pronunciada por esa voz grave.
La mano de Theodore bloqueándole el paso en el pasillo. La manera en que lo había sacado del juego sin siquiera discutirlo con él. La voz baja diciéndole que aprendiera a controlarse.
Damián soltó el aire lentamente.
Joder.
Lo peor era que había funcionado. Movió apenas el hombro, intentando acomodarse mejor en el asiento, pero el espacio reducido no ayudaba demasiado. El músculo de la espalda protestó con una molestia sorda cuando cambió de posición, recordándole cada golpe recibido durante el partido.
Entonces alguien ocupó el asiento a su lado. El movimiento hundió ligeramente el colchón desgastado y el olor frío del hielo mezclado con jabón invadió el espacio antes incluso de que Damián levantara la mirada.
No necesitó hacerlo.
—¿Clark se cansó de ti? —murmuró, manteniendo los ojos fijos en la ventana.
Theodore acomodó una botella de agua entre sus piernas antes de responder.
—Está roncando.
Damián soltó una exhalación breve, casi una risa.
—Eso sí te lo creo.
El silencio volvió, aunque no de forma incómoda. El ruido del motor llenaba los espacios vacíos y las gotas seguían golpeando el cristal con una persistencia tranquila.
Damián intentó concentrarse en eso: en el sonido, en la carretera. En cualquier cosa que no fuera el hecho de que Theodore estaba demasiado cerca.
Sus piernas apenas se rozaban por el espacio reducido entre los asientos, y el calor que desprendía el cuerpo del capitán resultaba ridículamente evidente incluso a través de la ropa deportiva húmeda. Damián odió darse cuenta de eso. Y más aún que su cuerpo lo notara antes que su cabeza.
Theodore abrió la botella de agua con un pequeño crujido de plástico.
—Dejaste que Cameron se metiera demasiado en tu cabeza hoy.
La frase llegó tranquila, sin reproche, pero aun así logró tensarle ligeramente la espalda. Damián no respondió enseguida. Se tomó un segundo antes de girar apenas el rostro en su dirección.
—Habla mucho.
—Sí —admitió Theodore—. Y tú lo escuchaste demasiado.
La lluvia golpeó más fuerte durante un instante, cubriendo el breve silencio que siguió. Damián volvió la mirada hacia adelante.
—No me gusta que hablen de ustedes como si fueran mejores.
—¿Ustedes?
La pregunta lo hizo reaccionar apenas. Damián chasqueó la lengua.
—El equipo. Hablaron de ustedes como si los conocieran y, no tienen idea lo mucho que se esfuerzan en cada práctica. Son de lo peor esos cabrones.
Theodore no respondió de inmediato, y eso solo fue peor. Porque Damián sintió la mirada sobre él incluso antes de atreverse a devolverla. El capitán estaba observándolo con demasiada atención, como si estuviera intentando leer algo más allá de las palabras.
—Te alteraste antes de salir al hielo —dijo Theodore finalmente.
No era una acusación, más bien, una observación. Damián apoyó mejor la cabeza contra el asiento y se le escapó una exhalación.
—No me gusta la gente arrogante.
Una esquina de la boca de Theodore se movió apenas.
—Eso es irónico.
Damián soltó una risa nasal.