Orgullo Frío

Capítulo 25. Toque de quiebre.

La lluvia caía.

No con violencia, sino con esa persistencia fría que parecía instalarse en la ciudad durante horas enteras, cubriendo las calles con una capa brillante de humedad y convirtiendo las luces nocturnas en manchas deformes sobre el asfalto mojado. El motor se apagó lentamente frente al estadio y, durante unos segundos, nadie se movió demasiado rápido, como si el cansancio les hubiera endurecido las articulaciones.

Clark fue el primero en levantarse, soltando un quejido dramático mientras estiraba la espalda.

—Voy a demandar a quien inventó los asientos de autobús —murmuró, agarrando su mochila del suelo.

Un par de jugadores soltaron risas cansadas. El ambiente seguía agotado, pero más liviano que después del partido. Damián permaneció sentado unos segundos más. La ventana todavía estaba cubierta por pequeñas gotas que resbalaban lentamente hacia abajo, arrastrando consigo reflejos amarillos y rojizos del estacionamiento exterior. Apoyó un momento la frente contra el cristal frío antes de incorporarse finalmente.

Solo entonces se percató de que Theodore no se había movido. Seguía sentado al otro lado, donde se había movido cuando uno de sus compañeros lo llamó para mostrarle algo en su móvil; se mantenía inclinado apenas hacia adelante, con los codos apoyados sobre las rodillas y la mirada fija en el suelo del autobús. Su bolso descansaba a sus pies, intacto. Demasiado quieto.

Damián frunció apenas el ceño. Clark pasó junto a él golpeándole el hombro con suavidad.

—¿Vienes o vas a dormir aquí?

Damián apartó la vista de Theodore; mejor así.

—Ya voy.

Clark bajó del autobús sin insistir más, perdiéndose junto al resto del equipo bajo la lluvia fina del estacionamiento. Las voces se alejaron poco a poco, mezclándose con el sonido del agua golpeando el techo metálico del estadio.

Entonces quedaron solos. El silencio dentro del autobús cambió de inmediato; más cerrado y más íntimo. Tuvo la lógica tentación de dejarlo, de irse, no tenía por qué llamarlo, ¿verdad? Pero… Se acomodó la mochila sobre un hombro antes de mirar nuevamente hacia Theodore.

—¿Piensas quedarte ahí hasta mañana?

La pregunta salió ligera, pero el cansancio en la voz del capitán le respondió antes que las palabras.

—Estoy descansando cinco segundos.

Damián soltó una exhalación breve por la nariz y avanzó despacio por el pasillo estrecho. El autobús crujió bajo sus pasos hasta detenerse frente al asiento donde estaba Theodore. De cerca, el agotamiento era más evidente; La sombra violácea bajo sus ojos, la tensión acumulada en la mandíbula. El moretón oscuro que descendía desde el cuello hasta perderse bajo el cuello húmedo de la camiseta deportiva y la forma en que mantenía flexionada la mano derecha.

Como si moverla demasiado molestara.

Damián apoyó una mano en el respaldo del asiento delante de él.

—Déjame ver eso.

Theodore levantó apenas la mirada.

—¿Qué cosa?

—Tu mano, genio.

El capitán soltó una respiración lenta, casi resignada.

—Estoy bien.

—Sí, claro. Y Marshall sonríe cuando pierde.

La respuesta arrancó una sombra mínima de expresión en Theodore, algo tan leve que desapareció enseguida. Aun así, Damián la vio. Y eso le revolvió algo extraño bajo las costillas. Theodore terminó extendiendo la mano con evidente desgana.

Damián se inclinó apenas para verla mejor. Los nudillos estaban peor de lo que había imaginado. La piel se había abierto en una línea fina cerca del dedo índice y la inflamación comenzaba a endurecerse alrededor de la articulación.

—Eres idiota —murmuró.

Theodore dejó caer la cabeza hacia atrás contra el asiento.

—Eso no es nuevo, petirrojo, sorpréndeme con un insulto más novedoso.

La cercanía hizo que la voz grave vibrara distinto en el espacio reducido del autobús. Damián intentó ignorarlo mientras sujetaba la mano ajena con cuidado, girándola apenas para revisar mejor el golpe.

Mala idea. Theodore tenía las manos calientes, mucho, también eran fuertes y la palma áspera, le rozó ligeramente sus dedos cuando intentó acomodarse y Damián experimentó un tiró absurdo en el pecho.

Oh, oh. Qué ridículo.

¡Completamente ridículo!

—Te van a coser eso si no lo limpias —dijo, concentrándose demasiado en la herida para no pensar en otra cosa.

—He tenido peores, deberías saberlo mejor que otros.

—Sí, ya entendí que te encanta sufrir.

Theodore soltó una exhalación baja que esta vez sí fue una risa breve.

Y maldita sea.

Damián ya empezaba a reconocer cómo sonaba. Afuera, la lluvia golpeó más fuerte el techo del autobús durante unos segundos. El ruido llenó el silencio que cayó entre ellos mientras Damián seguía sosteniendo su mano sin darse cuenta de que todavía no la soltaba. Fue Theodore quien lo percibió primero.




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