La noche le duró tan poco como un parpadeo.
Damián apenas recordó cómo había llegado a casa después de abandonar el autobús. Tenía imágenes dispersas rondando en su cabeza: la lluvia golpeándole el rostro, las llaves cayéndosele dos veces antes de abrir la puerta, la sensación absurda de que el corazón todavía no recuperaba el ritmo normal, pero ninguna terminaba de asentarse con claridad. Lo único realmente nítido era Theodore acercándose a él en la penumbra del autobús, mirándolo como si estuviera a un segundo de hacer algo irreversible.
¡Carajo!
No había dejado de pensar en eso ni un instante.
Durmió poco.
Excesivamente poco.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir el calor del espacio reducido, el roce accidental de las piernas, la voz grave pronunciando aquella frase imposible de ignorar.
«No puedo quitarte los ojos de encima.»
No lo había dicho tal cual, pero ese significado se había impregnado en su cerebro, atravesándose en el lóbulo temporal.
Ah.
Era completamente ridículo. Aun así, ahí estaba, entrando al estadio más temprano de lo habitual porque quedarse en casa había resultado peor.
El estadio todavía estaba medio vacío. Las luces superiores permanecían apagadas en varias secciones y el eco de sus pasos se expandió por los pasillos silenciosos mientras avanzaba hacia los vestuarios. El olor frío del hielo ya flotaba en el ambiente, mezclado con el aroma tenue del café recién hecho que venía desde las oficinas del personal.
Empujó la puerta del vestuario con una mano y se detuvo.
Theodore ya estaba ahí.
¡Por supuesto que estaba ahí!
Sentado frente a su casillero, todavía con ropa de calle, inclinaba ligeramente la cabeza mientras terminaba de vendarse los nudillos lastimados. La luz blanca del techo le marcaba las sombras bajo los ojos con más claridad que la noche anterior, y aun así seguía viéndose peligrosamente compuesto. Demasiado compuesto para alguien que les había lanzado esa mirada a sus labios.
Damián tragó saliva y Theodore levantó la mirada tan pronto escuchó la puerta.
El silencio que cayó entre ambos fue inmediato. Ninguno apartó la vista enseguida. El golpe exacto del reconocimiento atravesó el pecho de Damián cuando los ojos claros del capitán descendieron apenas hacia su boca antes de volver a subir.
Lo había notado también.
Claro que lo había notado.
—Llegaste temprano —murmuró Theodore finalmente.
La voz seguía ronca por el cansancio y algo en ella terminó de revolverle las ideas a Damián. Cerró la puerta detrás de sí más fuerte de lo necesario antes de avanzar hacia su casillero.
—No podía dormir y, creo que dije que vendría antes.
Intentó sonar normal.
Falló estrepitosamente.
Theodore terminó el vendaje sin responder enseguida. Damián podía sentirlo observándolo incluso mientras fingía concentrarse en sacar sus cosas de la mochila. La tela húmeda de la sudadera cayó sobre la banca. El cierre metálico del casillero resonó demasiado fuerte. Todo parecía exageradamente presente esa mañana.
—Yo tampoco dormí mucho.
La confesión llegó baja, casi involuntaria. Damián levantó la vista antes de poder evitarlo. Theodore seguía sentado, pero en su postura había un cambio. La rigidez habitual de sus hombros no estaba ahí; parecía cansado de una forma distinta, más profunda, como si hubiera pasado la noche entera luchando consigo mismo.
Eso era un problema. Porque Theodore vulnerable ya era difícil de ignorar, pero Theodore vulnerable, tal vez, por él… Era una cosa que no sabía cómo manejar.
O, quizá tenía el orgullo demasiado grande y el ego gigantesco, creyendo que Theodore estaba afectado por él, cuando solo no pudo dormir porque le dolían los golpes.
Apoyó lentamente ambas manos sobre la banca, intentando estabilizar la respiración.
—Lo del autobús…
La frase salió rápido y murió sola.
No tenía idea de cómo terminarla.
Theodore sostuvo su mirada unos segundos antes de ponerse de pie. El movimiento fue lento, pero suficiente para reducir el espacio entre ellos de forma inmediata.
No demasiado.
Solo lo justo para alterar el aire.
—¿Qué pasa con eso? —preguntó, confirmando que sabía bien de lo que le estaba hablando.
Damián soltó una risa breve, nerviosa, completamente fuera de lugar.
—No sé, tú eres el que dijo cosas raras.
—Tú tampoco parecías muy incómodo con eso, no hasta que te fuiste.
El golpe fue directo y brutal. Damián abrió la boca para responder algo rápido, algo sarcástico, cualquier cosa que desviara el peso de la conversación. No salió nada, solo un ruido ahogado. Solo porque Theodore tenía razón.
Huyó como una rata acorralada, solo… porque no había sabido cómo responder. La afonía volvió a crecer entre ellos mientras, afuera, el sonido lejano de unas cuchillas sobre el hielo atravesaba apenas las paredes del vestuario.