Theodore llevaba despierto desde antes de que amaneciera.
La oscuridad todavía cubría su habitación cuando abrió los ojos por cuarta vez aquella madrugada, quedándose inmóvil sobre la cama mientras el reloj digital proyectaba números rojizos contra el techo. Afuera, el viento golpeaba suavemente las ramas contra la ventana, arrastrando el eco distante de una lluvia que había cesado apenas unas horas atrás.
No era el ruido lo que lo mantenía despierto.
Era… Ah… el petirrojo.
De nuevo.
Dejó escapar una exhalación lenta y se cubrió el rostro con una mano, arrastrándola después hacia su nuca mientras intentaba reorganizar la cabeza. No estaba funcionando; cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir el peso exacto del cuerpo de Damián contra el suyo, la forma en que había sujetado su camiseta durante el beso, la respiración agitada chocándole contra la boca como si ambos hubieran olvidado cómo tomar aire correctamente.
Joder.
No recordaba bien el entrenamiento, ni cómo se comportó, tampoco su rendimiento y, por primera vez, no se duchó con los demás, sudoroso y apestoso, regresó a su casa, porque… El problema no era el beso, ni el contacto, era que realmente no había sido un acto impulsivo. Después de besarlo, empezaba a entender algo mucho peor: llevaba demasiado tiempo queriendo hacerlo.
Se incorporó despacio, apoyando los antebrazos sobre las rodillas mientras permanecía sentado al borde de la cama. El cansancio se le acumulaba detrás de los ojos, pero no podía limitarlo solo a lo físico; era esa clase de agotamiento que aparecía cuando la cabeza no dejaba de girar alrededor de una misma idea. Llevaba semanas girando alrededor de Damián sin admitirlo, o tal vez, ignorándolo un poco, tratando de que no resultara evidente.
Quizá fue así desde el principio.
El estadio seguía medio vacío cuando llegó esa mañana después del insomnio y de no poder borrar la calidez en sus labios.
Las luces superiores apenas iluminaban la pista y el hielo brillaba bajo el resplandor azulado del estadio con una calma engañosa. Theodore dejó el bolso junto a las bancas exteriores y permaneció quieto unos segundos, observando la superficie vacía. Normalmente, aquello bastaba para tranquilizarlo. El hockey siempre había sido sencillo de entender.
Disciplina.
Control.
Precisión.
Cada movimiento tenía una lógica, una respuesta clara, una manera correcta de ejecutarse. Damián había arruinado eso desde el momento en que apareció en las gradas aquella noche. Apoyó lentamente las manos sobre la barandilla.
Todavía podía recordarlo con demasiada claridad: el sonido del aplauso rompiendo el silencio del estadio vacío, la figura descendiendo las escaleras sin ninguna prisa. Y después, el mechón rojo.
Eso fue lo primero que vio realmente.
Ese maldito mechón rojo atravesándole el cabello oscuro bajo las luces blancas del estadio como si estuviera hecho precisamente para llamar la atención. Theodore recordaba perfectamente la irritación inmediata que sintió en ese instante; no porque Damián estuviera allí, sino porque actuaba como si perteneciera al lugar desde el primer segundo.
Ningún novato hacía eso.
No con él.
No en una pista vacía donde cualquiera se habría puesto nervioso. Pero Damián no parecía impresionado en absoluto, eso había sido lo extraño. Theodore todavía recordaba la manera en que lo observó disparar aquel día: atento, sí, pero no admirado. Había algo casi evaluador en sus ojos, como si estuviera analizándolo en lugar de maravillarse.
Odiaba admitir cuánto lo irritó eso. Estaba acostumbrado a otra cosa: respeto y distancia. Incluso nerviosismo, pero Damián solo había sonreído apoyado contra la barandilla, tranquilo, insolente, con ese tono relajado que parecía esconder constantemente una provocación.
«Prefiero pensar que soy el futuro mejor jugador del equipo.»
Theodore cerró los ojos un instante.
Todavía podía escuchar la voz, lo irritante que había sonado en ese momento. Y lo peor era que también podía recordar el hoyuelo. Ese pequeño maldito hoyuelo que apareció cuando Damián sonrió después de desafiarlo. Theodore había intentado ignorarlo aquella noche. De verdad lo había intentado.
No funcionó, ni entonces ni después.
El sonido lejano de unas cuchillas rozando el hielo lo hizo levantar la cabeza.
Damián acababa de entrar a la pista como si lo hubiese sacado de su mente, y él lo observó automáticamente. Y ahí estaba otra vez ese problema.
El castaño avanzó hacia las bancas todavía con la sudadera gris puesta, el cabello ligeramente húmedo y desordenado sobre la frente. El mechón rojo seguía llamando demasiado la atención incluso bajo la iluminación fría del estadio.
Theodore apretó apenas la mandíbula.
Ridículo.
Completamente ridículo que algo tan pequeño siguiera distrayéndolo de esa manera. Damián dejó una botella sobre la banca antes de inclinarse para ajustar los patines. Theodore conocía ya demasiados detalles de esos movimientos.