La cafetería frente al campus estaba demasiado llena para un jueves por la tarde.
El ruido de las conversaciones se mezclaba con el siseo constante de la máquina de espresso y el choque intermitente de las tazas contra los platillos de porcelana. Afuera, el cielo seguía cubierto por nubes grises después de varios días de lluvia, y la humedad empañaba parcialmente los ventanales del local, difuminando las luces de la calle en manchas amarillentas.
Clark sostenía una bandeja imposible de equilibrar mientras intentaba atravesar el estrecho espacio entre las mesas.
—Si alguien tira esto, voy a demandarlos emocionalmente —declaró con absoluta seriedad.
Uno de los defensas soltó una carcajada desde el fondo. Damián apenas levantó la vista de su vaso de café antes de mover una silla con el pie para abrirle espacio.
—Tu problema es que pides comida para seis personas.
—Mi problema es que ustedes son unos inútiles y no ayudan.
Clark dejó la bandeja sobre la mesa redonda con un suspiro dramático. El olor a papas recién fritas y café caliente llenó inmediatamente el pequeño espacio entre todos. Habían salido del entrenamiento hacía poco más de media hora y todavía conservaban el cansancio encima: cabello húmedo, sudaderas arrugadas, movimientos más lentos de lo habitual.
Por primera vez en semanas, el ambiente se sentía ligero. Demasiado ligero, quizá.
Damián sostuvo el vaso caliente entre ambas manos mientras observaba distraídamente la calle a través del cristal empañado. El vapor subía lentamente frente a su rostro y el murmullo del local le permitía, por unos segundos, dejó de pensar demasiado.
O al menos lo intentó.
Theodore seguía sentado justo frente a él.
Y eso volvía difícil ignorar cualquier cosa.
El capitán estaba inclinado ligeramente hacia atrás sobre la silla, escuchando una discusión absurda entre Clark y uno de los delanteros sobre qué película deportiva tenía el final más ridículo. Parecía relajado, más relajado de lo normal, al menos.
Eso era un problema. Damián comenzaba a notar detalles peligrosos cuando Theodore se relajaba. La forma en que una sonrisa pequeña le cambiaba completamente la expresión del rostro. Cómo se le marcaba algo en su mejilla izquierda, parecido a un hoyuelo, uno que nunca se formó, sino que era solo una sombra y la manera en que sus hombros dejaban de parecer tensos todo el tiempo.
Joder.
Damián bajó la mirada hacia el café demasiado tarde.
—¿Qué? —preguntó Theodore.
La voz grave llegó directa hasta él. Damián levantó apenas la vista y lo encontró observándolo.
¡Error!
Theodore tenía esa expresión otra vez. Esa mirada fija y silenciosa que parecía detenerse demasiado tiempo sobre él desde hacía varios días.
—Nada —respondió Damián antes de beber café para ocultar la cara.
Clark soltó un resoplido desde el otro lado de la mesa.
—Sí, claro. Nada.
Damián frunció el ceño inmediatamente.
—¿Qué se supone que significa eso?
Clark apoyó el mentón sobre una mano mientras lo observaba con descaro.
—Que ustedes dos están rarísimos desde el partido con el zopenco de Cameron.
El silencio cayó al momento, no largo, pero sí suficiente. Algo se tensó debajo de la piel de Damián; Theodore, en cambio, sostuvo su vaso con una calma sospechosamente controlada.
—Gracias por el análisis psicológico, Clark —dijo antes de beber—. Cuando necesite una consulta, te lo haré saber, pero no para que me trates, sino para evitar tu consulta.
Clark entrecerró los ojos.
—No, en serio. Antes parecían a punto de matarse, luego apenas y se hablaban, y ahora actúan como… no sé. Como si estuvieran escondiendo un sórdido secreto.
Damián casi se atraganta con el café. La tos le subió de golpe y tuvo que apartar rápidamente el vaso mientras Clark soltaba una carcajada escandalosa.
—¡Mírenlo! ¡Mírenlo, se murió!
—Cállate —gruñó Damián, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
El daño ya estaba hecho. Al levantar la vista encontró a Theodore observándolo otra vez.
¡Por un demonio!
Ahora estaba conteniendo una sonrisa.
Una real.
Una que él causó y, no, no fue agradable de saber.
Apretó la mandíbula antes de desviar la mirada hacia la ventana, necesitaba aire con urgencia.
Clark seguía parloteando, probablemente disfrutando demasiado la situación, pero Damián ya no le prestaba atención. El problema era el calor extraño acumulándosele lentamente bajo el cuello cada vez que Theodore lo miraba así.
Y peor aún: el capitán parecía perfectamente consciente de ello.
La conversación alrededor de la mesa continuó entre bromas y discusiones sin importancia, aunque Damián apenas escuchaba fragmentos sueltos y nada concluyentes. Estaba demasiado concentrado intentando ignorar el hecho de que la rodilla de Theodore había rozado la suya por debajo de la mesa hacía varios minutos y ninguno de los dos parecía dispuesto a apartarse.