Orgullo Frío

Capítulo 29. Rumores que sobreviven.

La distancia desapareció, no golpe, pero sí lo suficiente para que el aire cambiara entre ellos apenas Iván salió de las sombras del otro lado de la calle. El sonido distante de un automóvil pasando por la avenida cercana se mezcló con el viento frío que recorría la acera húmeda, levantando ligeramente el cabello oscuro de Damián mientras este permanecía inmóvil bajo la luz blanca del farol.

Theodore fue el primero en tensarse, Damián no lo pasó por alto. No en su expresión, porque Theodore seguía viéndose peligrosamente tranquilo, sino en pequeños detalles que ya conocía demasiado bien: la mandíbula endureciéndose, los dedos flexionándose junto al cuerpo y esa mirada fija que aparecía cada vez que evaluaba una amenaza antes de reaccionar.

Iván, en cambio, parecía perfectamente relajado. Apoyado contra el automóvil con una mano dentro del bolsillo de la chaqueta, observó primero a Theodore y después a Damián con una lentitud incómoda, como si estuviera saboreando algo.

La sonrisa que apareció en su rostro fue pequeña, pero venenosa.

—Vaya —repitió con suavidad—. Así que el rumor sí era cierto.

El corazón de Damián se hundió directamente en el estómago. No reaccionó de inmediato, no pudo. Hubo algo en la forma en que Iván dijo «rumor» que le heló la sangre más rápido que el viento nocturno.

Theodore frunció apenas el ceño.

—¿Qué demonios estás diciendo?

Iván apartó lentamente la espalda del automóvil y comenzó a acercarse. Sus pasos resonaron suaves sobre el pavimento mojado mientras mantenía esa expresión tranquila que Damián empezaba a reconocer. Era la de alguien que disfruta hacer daño despacio.

—Nada importante —respondió—. Solo pensé que ciertas historias quizá estaban exageradas.

El pulso de Damián empezó a golpearle fuerte detrás de las costillas y el pecho, demasiado fuerte para ser saludable.

Theodore dio apenas medio paso hacia adelante, su comportamiento fue instintivo, protector.

Y maldita sea, eso solo empeoró todo.

Iván no lo pasó por alto, claro que no lo haría. Sus ojos descendieron apenas hacia el movimiento antes de volver al rostro de Theodore.

Entonces les sonrió más.

—Ahora entiendo por qué dejaste tu antiguo equipo tan rápido, Ríos.

Ahí estuvo.

El golpe real.

Algo dentro de él se tensó violento, justo en su pecho. El frío desapareció, la calle también y por un momento, solo existió esa frase. Theodore giró inmediatamente la cabeza hacia él. Damián odió lo que encontró en esa mirada, no desconfianza, sino confusión.

—¿Qué significa eso? —preguntó Theodore.

Iván soltó una risa breve por la nariz antes de responder.

—Oh, vamos. ¿No te contó?

—Iván —advirtió Damián.

La voz le salió más dura de lo esperado, más baja también. Eso bastó para que Theodore volviera a mirarlo. Damián rara vez sonaba así, entonces Iván levantó ambas manos fingiendo inocencia.

—¿Qué? Solo digo que ciertas personas tienen una facilidad impresionante para acercarse a quienes les conviene.

Theodore frunció el ceño más profundamente.

—Habla claro o cállate.

La tensión cambió de inmediato a algo más severo. Theodore ya no sonaba irritado, se oía peligroso. Iván debió percibirlo también, aunque no retrocedió. Al contrario, sus ojos brillaron apenas bajo la luz del farol mientras inclinaba ligeramente la cabeza hacia un lado.

—En el antiguo equipo de Ríos había patrocinadores importantes —explicó lentamente—. Gente con dinero. Influencia. Ya sabes cómo funciona todo eso.

Damián apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió dolor.

No.

No allí.

No así.

—Y bueno… —continuó Iván—, terminó corriendo un rumor bastante interesante sobre por qué el entrenador lo mantenía tan cerca.

El silencio que cayó después fue brutal. El viento volvió a cruzar la calle, frío, húmedo, levantando apenas la sudadera de Damián mientras él permanecía completamente quieto.

Theodore no apartó la vista de Iván.

—¿Qué rumor?

Un impulso de huir de inmediato se sobrepuso en Damián. No quería discutir, tampoco defenderse.

Solo… irse.

Conocía perfectamente esa sensación; las miradas ajenas cambiando apenas, la duda entrando al espacio, el asco de sentirse observado de una forma distinta. Y lo peor era que Theodore seguía sin entender nada.

Todavía.

Iván sonrió muy poco.

—Que Ríos sabía exactamente cómo agradarle a la gente correcta.

El golpe fue limpio.

Sutil.

Lo suficientemente sucio para dejar la idea flotando en el aire. Theodore se mantuvo inmóvil un segundo. Después giró lentamente hacia Damián otra vez. Fue ahí donde algo dentro de él se toteó como un cristal. Damián no encontró sospecha en sus ojos, sino preocupación. Y eso…




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