Orgullo Frío

Capítulo 30. Lo no dicho.

El agua llevaba demasiado tiempo corriendo.

Damián lo sabía porque el espejo del baño ya estaba completamente empañado y el vapor comenzaba a condensarse sobre las paredes estrechas de las duchas del segundo piso, resbalando lentamente por los azulejos blancos hasta perderse cerca del lavamanos. La luz amarillenta del techo hacía que todo pareciera más pequeño de lo normal, más encerrado, como si incluso el aire hubiera empezado a faltarle desde que regresó.

Apoyó ambas manos contra el borde del lavabo y bajó la cabeza.

Respira…, sí, eso era… solo respirar. El corazón seguía golpeándole demasiado fuerte, todavía podía escuchar la voz de Iván.

«Así que el rumor sí era cierto.»

Damián cerró los ojos con fuerza.

Joder.

El problema de los rumores nunca era únicamente lo que decían. Era la manera en que se quedaban pegados a la piel incluso después de cambiar de ciudad, de equipo o de vida. La gente jamás olvidaba realmente algo así. Solo esperaba una excusa para volver a mencionarlo, y ahora… Theodore lo había escuchado.

El pensamiento le revolvió el estómago otra vez, dispuesto a vomitar hasta el primer sorbo de leche materna que algún día bebió. El agua siguió cayendo dentro del lavabo mientras Damián soltaba lentamente el aire por la nariz; por más que cayera, no parecía limpiarlo del todo. Mantenía los nudillos tensos alrededor de la porcelana y la mandíbula tan rígida que comenzaba a dolerle.

No quería pensar, mucho menos recordar. Pero aquella noche parecía imposible evitarlo.

El antiguo entrenador siempre olía a colonia cara y café negro. Damián podía recordarlo incluso ahora; la mano pesada sobre su hombro guiándolo hacia mesas llenas de patrocinadores después de los partidos, obligándolo a quedarse cuando el resto del equipo ya se había marchado.

«Sonríe un poco más, dicen que tienes una buena sonrisa.»

«Necesitamos causar buena impresión.»

«Eres la cara del equipo, no nos defraudes.»

«Ten un poco de amabilidad, ellos te pueden recompensar bien.»

«Tus padres hacen un gran esfuerzo para que estés aquí, no quieres decepcionarlos, ¿verdad?»

Al principio intentó convencerse de que aquello era normal.

Parte del deporte, parte del espectáculo.

Hasta que dejó de sentirse así.

Hasta que comenzó a notar las miradas demasiado largas, las invitaciones privadas, las manos quedándose más tiempo del necesario sobre su espalda mientras el entrenador fingía no verlo.

Y cuando se negó a seguir participando… Aparecieron los rumores, porque claro que debían de presentarse. Siempre era más fácil convertir al jugador problemático en alguien ambicioso que admitir lo que realmente ocurría detrás de las puertas cerradas.

Damián abrió los ojos lentamente. El reflejo empañado del espejo apenas le devolvía una silueta borrosa de sí mismo. El mechón rojo caía húmedo sobre su frente y tenía las sombras oscuras bajo los ojos más marcadas que nunca.

Se veía agotado, no era el tipo de agotamiento físico. Era Peor. El sonido de unos golpes suaves contra la puerta lo hizo tensarse inmediatamente.

Decidió ducharse en el segundo piso para evitar encontrarse con el resto, en especial con Iván, quien había mantenido esa cara burlona durante todo el partido.

No respondió al llamado, podía fingir que no lo escuchó.

El silencio volvió durante unos segundos.

Después:

—Damián.

La voz grave atravesó la madera con una calma peligrosa. Damián cerró los ojos otra vez, por supuesto que era él.

—Vete, Theodore.

Intentó sonar firme, mas, no lo consiguió del todo. Afuera hubo un pequeño silencio antes de que el capitán hablara nuevamente.

—Clark dijo que subiste y que rechazaste la invitación a cenar.

Damián soltó una risa breve y completamente vacía.

Claro.

Solo Clark tendría la lengua larga y los ojos en todo.

—¿Ahora también mandas espías?

—Ahora estoy preocupado.

La sinceridad tranquila de la frase le golpeó algo sensible dentro del pecho. Damián apoyó lentamente la frente contra el espejo frío.

No podía hacer esto.

No podía soportar esa voz ahora mismo, más que todo, porque Theodore no sonaba incómodo, tampoco sonaba decepcionado. Y eso estaba destruyéndolo mucho más rápido que cualquier otra reacción. La noche anterior, solo… le dijo que hablaran después, nunca especificó cuándo sería, pero no podía mirarlo a la cara.

Se sentiría peor, porque… ¿Y si no le creía? ¿Si era igual que el resto?

—No quiero hablar —murmuró finalmente.

El agua seguía cayendo detrás de él, llenando el pequeño baño con un ruido constante. Theodore permaneció callado unos segundos, pero podía escuchar su respiración contenida a través de la madera. Después habló otra vez, más bajo.




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