Después del grito de Iván, el estadio entero pareció despertar al mismo tiempo. El murmullo de las gradas creció como una ola desordenada mientras varios jugadores se acercaban rápidamente hacia el centro del conflicto. El sonido agudo del silbato del árbitro atravesó la pista una vez, luego otra, aunque nadie parecía dispuesto a escuchar y obedecer.
Theodore seguía intentando lanzarse hacia adelante. Dos de sus compañeros tuvieron que sujetarlo por los brazos mientras el capitán forcejeaba todavía con la mirada clavada en Iván. La respiración le salía pesada detrás del visor del casco y la rabia endurecía cada línea de su cuerpo de una forma que Damián jamás había visto antes.
Se le encogió el estómago y un aguijonazo de culpa lo atravesó, Theodore nunca perdía el control.
—¡King, basta ya! —gritó uno de los árbitros intentando interponerse otra vez.
Iván retrocedió lentamente sobre el hielo, todavía sonriendo. Tenía el cabello pegado a la frente por el sudor y la satisfacción en el rostro de alguien que acababa de provocar exactamente la reacción que buscaba.
Había ganado.
Damián logró incorporarse por completo cerca de la banda mientras el dolor seguía quemándole el hombro izquierdo. El impacto contra el vidrio le había dejado la espalda entera vibrando y todavía le costaba recuperar el aire correctamente, pero nada de eso importó demasiado cuando volvió a mirar hacia Theodore.
El capitán seguía fuera de sí; sus ojos muy abiertos, la mandíbula apretada, las venas de su cuello hinchadas y empujando hacia adelante como un tren de carga.
—¡¿Quieres repetirlo?! —escupió Theodore intentando soltarse de quienes lo retenían—. ¡Dilo otra vez!
El estadio rugió. Clark apareció inmediatamente junto a Damián, sujetándolo por el brazo antes de que intentara acercarse más.
—No te metas ahí —murmuró rápido, todavía observando a Theodore con el ceño fruncido—. Ahora mismo podría arrancarle la cabeza y llevarte con él de paso.
Damián tragó saliva con pesadez. Sí, era cierto. Theodore King parecía capaz de derrumbar un edificio en ese momento. Marshall permanecía inmóvil junto al área técnica. No gritaba, ni hacía aspavientos. Empero, la expresión en su rostro bastó para tensar incluso más el ambiente alrededor.
Furia fría y controlada.
El entrenador observó primero a Iván, después a Theodore y finalmente a Damián, todavía inclinado ligeramente por el golpe contra el vidrio.
El árbitro anunció las penalizaciones entre el ruido ensordecedor del estadio. Theodore recibió conducta antideportiva con dos minutos de descanso obligatorio y casi media pista comenzó a protestar inmediatamente, aunque el capitán ni siquiera parecía estar escuchando ya. Seguía mirando a Iván, dispuesto a golpearlo en cualquier momento.
—Cinco minutos por boarding —anunció el árbitro a Iván, y por fin se le apagó la sonrisa—. Carga peligrosa contra la valla.
—Mierda —dijo—. ¡Solo fue un toque! ¡Me resbalé!
—Si quieres empeorarlo, di una sola palabra más —advirtió el árbitro. Iván apretó la mandíbula y escupió hacia un lado, alejándose.
El partido continuó cuando los dos suplentes aparecieron, si bien algo se rompió después de eso. No lo hicieron tan bien, escasamente pudieron defender y, si bien le dolía, Damián fingió que estaba bien. Al pasar los dos minutos más largos del mundo, Theodore regresó al juego.
Si bien, no estaba igual que antes, Damián lo comprendió al momento. La sincronía desapareció y, fue raro que no fuese su culpa.
Theodore seguía jugando bien, demasiado bien incluso, pero ya no había claridad en sus movimientos. Estaba agresivo, impaciente. Cada choque contra otro jugador llevaba demasiada fuerza y cada vez que uno de los rivales tocaba el disco, el capitán reaccionaba inmediatamente, como si lo único que quisiera fuera atravesar a cualquiera contra el hielo.
Y Damián…
Joder.
Damián tampoco podía concentrarse. El comentario seguía rebotándole dentro de la cabeza junto a la imagen de Theodore perdiendo completamente el control frente a todo el estadio.
«¿Te dolió que tocaran a tu noviecito?»
El estómago se le revolvió. La privacidad que había existido se evaporó después de aquello. Marshall pidió tiempo muerto apenas terminó el segundo periodo, pero nadie habló cuando regresaron a la banca.
El silencio resultaba extrañísimo en un equipo como el suyo. No había bromas de Clark ni comentarios rápidos entre líneas ofensivas. Solo respiraciones agitadas y el sonido de las cuchillas golpeando el suelo mientras todos evitaban mirarse demasiado. Theodore se quitó el casco con brusquedad, pasándose una mano húmeda por el cabello antes de inclinarse hacia adelante con los antebrazos apoyados sobre las rodillas.
Damián lo observó apenas un segundo, pero Theodore levantó la mirada justo en ese segundo, atrapándolo. Fue peor lo que encontró en los ojos de Theodore… y la culpa que apareció en sus ojos le atravesó el pecho.
Marshall llegó hasta ellos tan silencioso como un gato.
Ninguno se movió.