Orgullo Frío

Capítulo 33. Donde es cálido.

El autobús avanzaba lento bajo la lluvia, con los limpiaparabrisas moviéndose de un lado a otro en un ritmo cansado que apenas lograba despejar el cristal empañado. Las luces de la ciudad se deformaban sobre las ventanas mojadas, deslizándose en líneas borrosas de color que aparecían y desaparecían con cada gota. El motor vibraba bajo el suelo con una constancia adormecedora, mientras el agua golpeaba el techo en una sucesión ininterrumpida de sonidos suaves y huecos que envolvían el interior en una calma extraña.

Damián mantenía la cabeza apoyada contra el vidrio frío mientras observaba el paisaje borroso desaparecer entre sombras húmedas y anuncios luminosos. Llevaba los auriculares puestos desde hacía cuarenta minutos, aunque la música había dejado de sonar hacía rato.

No los apagó, le gustaba fingir que no escuchaba el mundo cuando la cabeza se le llenaba demasiado.

El hombro izquierdo seguía doliéndole. Cada movimiento le recordaba el impacto contra el vidrio y, peor todavía, la expresión de Theodore después. Esa mirada descompuesta, furiosa, completamente fuera de control. Cerró los ojos un instante, dejando escapar una exhalación lenta mientras el autobús frenaba en un semáforo.

Al carajo.

Todo explotó en un santiamén: el comentario de Iván, Marshall perdiendo la paciencia, las líneas separadas y el silencio herido en el rostro de Theodore cuando intentó acercarse en el vestuario.

Damián se pasó una mano por la cara lentamente. Tenía agotamiento acumulado detrás de los ojos, en la nuca, pegado debajo de la piel como una segunda capa imposible de arrancar. Y lo peor era que no sabía exactamente qué le dolía más.

Si el miedo de volver a convertirse en un problema o haber visto a Theodore afectado por culpa suya.

El teléfono vibró dentro del bolsillo de su sudadera, no necesitó mirar para saber quién era. Aun así, terminó sacándolo.

Theodore.

El nombre apareció iluminando tenuemente sus dedos en medio del autobús oscuro. No encontró mensajes largos, tampoco una cantidad insistente, solo un: ¿Dónde estás? ¿Llegaste bien?

Damián sostuvo la pantalla unos segundos. El pecho le dolió de inmediato; no entendía a Theodore, seguía… quedándose. Incluso después del caos desastroso, permanecía. Apretó la mandíbula y bloqueó el teléfono sin responder.

Cobarde.

La palabra apareció sola dentro de su cabeza, sonando en un bucle. El autobús no se detuvo hasta la siguiente parada y él, se bajó despacio, pero sus pies fueron más rápidos.

La casa de sus padres seguía exactamente igual.

El pequeño jardín delantero continuaba medio torcido hacia un lado porque su padre jamás había aprendido a cuidar bien las plantas, y la luz cálida de la cocina seguía atravesando las cortinas estampadas incluso a esa hora de la noche. Damián permaneció inmóvil frente a la entrada unos segundos, sosteniendo el bolso deportivo sobre un hombro mientras observaba la ventana iluminada.

Entonces ocurrió algo peligroso: el alivio lo cobijó, uno tibio, profundo y antiguo. Como si alguna parte de su cuerpo todavía recordara automáticamente que ahí podía bajar la guardia. La puerta se abrió antes de que alcanzara a tocar.

—Sabía que eras tú.

Su madre apareció con una toalla pequeña entre las manos y el cabello oscuro recogido apresuradamente sobre la nuca. Seguía usando el uniforme celeste del hospital debajo del abrigo gris, y las marcas del cansancio se notaban claramente bajo sus ojos. Todavía así, sonrió tan pronto lo vio.

Y joder.

Eso casi le rompe las emociones dentro del pecho.

—Hola, ma.

Ella no respondió enseguida; primero lo observó muy bien. Los ojos bajaron automáticamente hacia su postura rígida, el moretón apenas visible cerca del cuello y la forma en que sostenía el hombro izquierdo.

Enfermera durante siete años y jefa de enfermeras durante cinco.

Nunca dejaba pasar nada.

—¿Qué te pasó, corazón?

Damián soltó una exhalación cansada antes de entrar finalmente a la casa. El calor lo envolvió de inmediato. Olor a café recién hecho, sopa caliente y detergente suave. La televisión sonaba bajito desde la sala y algún programa nocturno iluminaba parcialmente el pasillo.

Hogar.

Su hogar.

—Tuvimos un partido complicado —murmuró dejando el bolso junto a la entrada.

Su madre cerró la puerta detrás de él.

—Ajá. Y yo soy astronauta, mira, tengo un trocito de la luna en el bolsillo.

Damián soltó una risa breve por la nariz.

Ahí estaba. La misma mujer capaz de detectar una mentira antes incluso de que terminara de formularla.

—¿Dónde está papá?

—En la cocina peleándose con una factura de electricidad porque cree que las compañías lo odian personalmente.

—Las compañías me odian personalmente —protestó la voz masculina desde el fondo.

Damián sonrió por primera vez en todo el día. Realmente sonrió. Su padre apareció un segundo después sosteniendo unas gafas en una mano y una calculadora vieja en la otra. Tenía el cabello más desordenado de lo habitual y todavía llevaba la camisa beige arrugada del trabajo.




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