Orgullo Frío

Capítulo 34. Vacío insondable.

Esa mañana, el hielo hizo un ruido que Theodore nunca había escuchado. Fue así desde el primer deslizamiento de las cuchillas sobre la pista. Podía parecer el mismo de siempre; afilado, limpio, seco—; pero algo debajo del ritmo habitual parecía fuera de lugar, como una canción conocida a la que le hubieran arrancado una tonada importante.

Eso era ridículo, por completo. El hockey no cambiaba por una persona y el hielo tampoco. Aun así, Theodore volvió a levantar la vista instintivamente hacia el extremo izquierdo de la pista apenas recibió el disco durante el entrenamiento matutino.

Vacío.

Damián no estaba ahí, en consecuencia, la jugada se rompió medio segundo después. El defensa al que Theodore le lanzó el pase reaccionó tarde, el disco golpeó torpemente contra el borde del palo y salió desviado hacia la banda. Marshall hizo sonar el silbato inmediatamente.

—Otra vez.

El mandato del entrenador atravesó el estadio con la misma calma dura de siempre. El ambiente ya no era el mismo desde el partido anterior y todos lo sabían. Los jugadores regresaron a posición lentamente mientras el ruido de las cuchillas llenaba el aire incómodo instalado sobre el entrenamiento. Nadie hacía demasiadas bromas esa mañana. Incluso Clark parecía morderse la lengua más de lo habitual, aunque seguía mirando a Theodore cada cierto tiempo con una mezcla extraña de preocupación y curiosidad.

Theodore atrapó nuevamente el disco cuando reanudaron la jugada.

Su cuerpo no escuchó a su cerebro, se adelantó y por instinto, buscó a Damián.

De nuevo, no estaba.

¡Al diablo!

Marshall había cumplido su palabra. Líneas separadas y entrenamientos distintos. Nada de sincronía automática entre ambos durante al menos una semana.

Una semana.

Nunca antes siete días le parecieron tanto tiempo. Theodore giró sobre un patín y avanzó hacia la portería rival mientras intentaba concentrarse únicamente en el ejercicio. El aire frío le golpeaba los pulmones con fuerza y el ruido del estadio vacío amplificaba cada respiración detrás del protector bucal.

Disciplina y control. Eso siempre funcionaba, ¿verdad? Tenía que recordarlo, porque había sido todo lo que tenía antes… Hasta que Damián apareció en su vida y convirtió incluso entrenar en algo insoportablemente personal. La jugada terminó con un disparo limpio contra el arco. El portero atrapó el disco apenas un segundo antes de que entrara y Marshall hizo sonar nuevamente el silbato.

—King.

Theodore frenó. Marshall permanecía junto a la banda con los brazos cruzados y esa expresión impenetrable que empezaba a resultarle más agotadora que los gritos.

—¿Quieres decirme dónde demonios está tu cabeza hoy?

La tensión apretó más al aire, igual que una constrictora oprime a su presa. Theodore sostuvo la mirada del entrenador un momento para finalmente dar una respuesta:

—Aquí.

Marshall ni siquiera parpadeó.

—Entonces empieza a demostrarlo.

Las palabras fueron como dardos afilados que se enterraron en él. Lo peor de todo, Theodore sabía que las merecía, en serio, pero le molestó aceptarlo hasta el punto que apretó la mandíbula detrás del protector bucal, para al final, obligarse a asentir.

—Sí, entrenador.

Marshall sostuvo la mirada un segundo más antes de volver a hacer sonar el silbato.

—Otra vez, desde el inicio, sin fallos, demuestren de qué están hechos.

El entrenamiento continuó, si bien, el vacío no se llenó. A pesar de que Theodore lo intentó, seguía buscando a Damián, incluso sin buscarlo.

El vestuario olía a sudor, hielo derretido y cansancio acumulado cuando el entrenamiento acabó. Theodore se dejó caer sobre la banca frente a su casillero a la que se quitaba lentamente los guantes. Tenía los músculos tensos por el entrenamiento y la cabeza peor todavía.

Había entrenado mal, no, terrible. El peor entrenamiento de su vida para sus altos estándares. Se halló demasiado distraído y, demasiado idiota siendo consciente de la ausencia de Damián. Clark apareció junto a él dejando caer el bolso sobre la banca con un ruido pesado.

—Bueno —dijo mientras se quitaba el casco—. Si sirve de consuelo, hoy parecías menos asesino serial que ayer.

Theodore soltó una exhalación breve por la nariz.

—Gracias. Qué alivio, en serio.

Clark lo observó mientras empezaba a arrancarse la cinta adhesiva de las muñecas.

—¿Dormiste, aunque fuese un poco?

—Más o menos.

—Ah.

Clark siguió quitándose protecciones muy lento, antes de volver a hablar.

—Pareces divorciado.

Theodore levantó la vista al momento. Clark se encogió de hombros.

—¿Qué? Es la energía que estás transmitiendo.

—Cállate.

—Mira, eso no fue una negación.

Theodore volvió a bajar la mirada hacia los guantes entre sus manos mientras el resto del equipo comenzaba a dispersarse hacia las duchas. El ruido del agua empezó a escucharse al fondo del vestuario mezclándose con conversaciones apagadas y comentarios, algunos del entrenamiento, otros de temas triviales.




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