Orgullo Frío

Capítulo 35. El riesgo por ganar.

—Hola.

La voz de Damián llegó amortiguada por el teléfono, baja, ligeramente áspera por el cansancio. Detrás de él se escuchaba murmullo lejano de una televisión, platos chocando suavemente y una puerta cerrándose en alguna parte de la casa. Theodore permaneció quieto, de pie, sosteniendo el celular contra la oreja mientras el corazón le golpeaba más fuerte de lo que debería.

Absurdo, por completo.

Había jugado finales nacionales frente a miles de personas sin ponerse así de nervioso.

Pero esto… Esto era distinto. Damián había respondido, después de tanta espera, y Theodore llevaba horas sintiendo que lo estaba perdiendo poco a poco.

—Hola —repitió.

El mutismo no fue incómodo, tal vez peor, fue cuidadoso. Theodore podía escuchar la respiración del otro lado de la línea y, por alguna razón ilógica, eso bastó para aflojarle la agobiante presión dentro del pecho.

Damián seguía ahí.

No había descolgado por error.

—¿Cómo está tu hombro? —preguntó Theodore después de unos segundos.

Escuchó una pequeña exhalación nasal.

—Moreteado.

—¿Mucho?

—Lo suficiente para maldecir entre dientes cada vez que me muevo.

Theodore cerró los párpados un instante. La imagen de Iván estampándolo contra el vidrio le cruzó la cabeza como un disparo; sus oídos captaron otra vez el ruido del impacto, la violencia y… su pecho ardió ante la rabia insoportable que experimentó al presenciar la escena.

Apretó apenas la mandíbula antes de hablar otra vez.

—Debí romperle la cara y sacarle todos los dientes.

Damián soltó una risa corta, cansina, pero franca. Lo imaginó claramente, sonriendo mientras veía hacia abajo y esos hoyuelos apareciendo.

Y joder.

Theodore no entendía cómo algo tan pequeño podía afectarle tanto.

—Marshall ya quería matarte sin necesidad de eso —murmuró Damián, más débil.

Theodore dejó escapar una exhalación baja por la nariz.

—Marshall quiere matarme desde hace tres días.

—Bueno, te ganaste un poco eso, ¿no?

Theodore se dejó caer muy lento, el sofá se hundió y apoyó la cabeza contra el respaldo al tiempo que miraba el techo oscuro de su departamento.

—Sí.

No hubo palabra después, y se tardaron más en volver a pronunciar alguna. Theodore podía ver en su cabeza perfectamente a Damián al otro lado de la llamada: probablemente sentado en alguna esquina de su habitación de infancia, despeinado, todavía agotado emocionalmente y mirando al suelo cada vez que no sabía qué decir.

La imagen mental le apretó ese lugarcito que se le tensaba debajo de las costillas, solo por el petirrojo.

—Clark piensa que estoy divorciado —le soltó de repente.

El silencio se rompió al otro lado de la línea, Damián soltó una carcajada verdadera. Más fuerte esta vez y el sonido atravesó directamente el pecho de Theodore.

—¿Qué? —preguntó entre risas.

—Dice que estoy entrenando como alguien al que le quitaron la custodia de los hijos.

Damián volvió a reír y la frescura que invadió al capitán fue genuina, fue un puro alivio. Como si escuchar esa risa le confirmara que todavía podían encontrarse en algún punto entre todo el desastre.

—Clark es idiota —murmuró Damián, todavía en medio de la risa.

—Sí.

—Pero es un poco gracioso.

—No le diré jamás que dijiste eso.

La risa del otro lado disminuyó muy lento hasta convertirse otra vez en respiración tranquila. Y ahí regresó el peso real de la conversación. Theodore tragó saliva despacio antes de hablar.

—¿Cómo estás?

La pregunta emergió mucho más seria, y Damián… él se tardó en responder lo que pudo concebirse como una eternidad.

—No sé.

La honestidad de la respuesta le dolió más de lo esperado. Theodore se inclinó hacia adelante apoyando ambos antebrazos sobre las piernas, mordiéndose el labio inferior, sin mirar a algún punto en específico.

—Damián.

—Lo siento.

La frase llegó tan rápido que Theodore frunció inmediatamente el ceño.

—¿Por qué demonios te estás disculpando?

Escuchó movimiento del otro lado, tela rozando y la respiración pesada.

—Porque todo lo malo empezó conmigo.

Theodore cerró los ojos muy despacio, apretándolos. Ahí estaba otra vez. Ese maldito pensamiento que llevaba días consumiendo a Damián desde dentro y, uno que le pesó a Theodore desde afuera por no haberlo alcanzado y haberle dicho que, sin importar qué, no tenía que cargar esa cruz, no obstante, estaba muy ocupado gestionando sus propios sentimientos en ese momento.

—No —respondió con firmeza—. Todo esto empezó porque Iván es un imbécil.




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