Marshall no fue amable, pero Damián agradeció en silencio que no los destrozara allí mismo, frente a todos. El entrenador se había pasado la mano por la frente y, al final, meneó la cabeza, como si tuviera la necesidad de aflojar la sangre del cerebro para disminuir su presión arterial.
—Lo hablaremos después —aseveró—. Tenga cuidado de ahora en adelante y mantengan la distancia. La advertencia no va solo para King y Ríos, ustedes también, si se creen muy listillos y bien preparados, entonces den siete vueltas más cuando terminen el entrenamiento.
La sensación incómoda murió en ese momento, cuando decidió incluir al equipo en algo que no tenía razón, pero… Theodore entendió que, por muy molesto que pudiera estar, no quiso cargarlos con toda la culpa.
Aquel día, la práctica fue extraña. Sin Theodore en el hielo, las cosas no iban bien e Iván, Iván era un buen defensa, pero Damián no podía pasarle el disco con la misma facilidad, era igual con Gabo. Le costaba más, tenía que estar pendiente de sus movimientos. Con Nadiel tampoco fue fácil y, por un momento, apretó la mandíbula hasta que le dolieron las encías.
Después de aquello, los siguientes entrenamientos fueron tensos e incómodos. Pero desde entonces, hubo un ambiente tenso. No fue algo evidente al principio. Nadie dejó de hablar dramáticamente ni lo miraron de inmediato como en una película barata. Fue peor que eso. Mucho peor: las conversaciones simplemente bajaron de volumen, los teléfonos desaparecieron muy lento en sus maletines o sus bolsillos, y algunas miradas se alejaban muy rápido de él.
Ahí estaba el verdadero problema.
Damián mantuvo la expresión neutra mientras avanzaba hacia su casillero con el bolso colgado sobre un hombro. El sonido de las cuchillas golpeando el suelo y el murmullo distante de la pista principal llenaban parcialmente el ambiente, pero debajo de todo eso existía otra cosa.
Una gigantesca incomodidad.
De aquella que provocaba ese tipo de tensión que se pega debajo de la piel y convierte cualquier espacio conocido en algo extraño.
Clark, para su alivio, fue el único que actuó normal.
—Mira nada más —dijo apenas lo vio entrar—. El fugitivo nos honra con su presencia.
Damián soltó una exhalación breve por la nariz mientras dejaba el bolso junto a la banca.
—Extrañabas mi belleza, admítelo.
—Extrañaba tener a alguien que empeorara más que yo el humor del capitán.
Theodore, sentado dos casilleros más allá, levantó apenas la vista.
Y ahí estuvo otra vez, igual que el resto de días. Ese golpe silencioso en el pecho. Todavía seguía mirándolo como si el resto del mundo se volviera menos importante durante unos segundos. Damián tragó saliva con pesadez mientras apartaba la mirada antes de quedarse atrapado demasiado tiempo ahí.
No pudieron hablar, al menos, no como se debía. Se mensajeaban un poco, pero nada importante, como si querían o como si no, los dos estaban tensos porque los rumores estaban levantándose rápido, igual que una nube de polvo en pleno verano.
Quedarse ensimismado fue una mala idea, una muy mala.
Clark observó el intercambio entre el capitán y él, entonces soltó un suspiro exagerado.
—Dios mío, esto ya parece una tragedia romántica de esas del siglo pasado.
—Clark —gruñó Theodore.
—¿Qué? Estoy intentando aliviar tensión laboral.
Nadie rio fuerte, eso solo confirmó lo que Damián ya sospechaba.
Todos se andaban de puntitas alrededor suyo.
Se sentó frente a su casillero y comenzó a sacar las protecciones del bolso mientras intentaba ignorar la sensación desagradable recorriéndole el estómago. Pero entonces vio uno de los teléfonos desbloqueados cerca de la banca del fondo.
Y ahí estaba.
Otra vez.
El video.
El impacto contra el vidrio.
Theodore intentando lanzarse sobre Iván.
Los comentarios debajo parecían multiplicarse como plagas.
«¿Qué clase de relación tienen?»
«Eso no parecía solo hockey.»
«King perdió completamente la cabeza.»
El pecho se le tensó y tuvo que apartar la mirada de inmediato, porque uno de los defensas notó que había visto la pantalla y bloqueó el teléfono con rapidez incómoda.
El calor le subió a Damián por el cuello muy despacio.
Ah.
Ahí estaba. La sensación horrible de volver a convertirse en tema de conversación, en el centro del huracán que arrasaba todo a su paso. Theodore debió notarlo también porque se puso de pie al momento.
—¿Alguien tiene algo que decir?
La voz grave atravesó el vestuario con firmeza seca.
Todos levantaron la cabeza. Clark dejó despacito la cinta adhesiva sobre la banca. El defensa del teléfono negó enseguida.