Orgullo Frío

Capítulo 37. Una vez quebrado.

Respirar en el vestuario no fue posible, todos contuvieron el aliento al mismo tiempo. Ni siquiera el sonido de las duchas abiertas al fondo consiguió romper la tensión que cayó sobre todos después de aquella frase.

«Todo empezó desde que Ríos llegó.»

El corazón de Damián se estrujó mientras alrededor, el tiempo fue crudamente lento y no tuvo más opción que volverse distante de su alrededor. Su nariz no pudo ignorar el aire que olía a hielo derretido, sudor y frustración acumulada. Había equipos que olían a victoria incluso después de perder, Damián estuvo allí antes, pero...

Ellos no. Ellos olían a cansancio emocional.

Theodore seguía de pie frente al defensa del tercer bloque con la espalda rígida y la mandíbula tan tensa que debía dolerle físicamente mantenerla así. Clark se había levantado rápido también, como si estuviera listo para intervenir antes de que el capitán hiciera alguna estupidez.

Y honestamente… Damián también lo estaba pensando, porque Theodore tenía esa mirada otra vez, la que aparecía cada vez que sentía que alguien estaba atacándolo. El defensa tragó saliva despacio antes de levantar ambas manos apenas.

—No lo dije así.

—Entonces explícate mejor —exigió Theodore. La voz grave atravesó el vestuario como un golpe seco.

Marshall avanzó inmediatamente desde la entrada.

—King.

El capitán no apartó la vista del otro jugador.

—Dije que te expliques.

—Theo…

—No.

Ahora fue Theodore quien interrumpió. Un escalofrío incómodo recorrió la espalda de Damián. El capitán ya no sonaba únicamente furioso, sonaba herido. Y eso se sentía peor.

El defensa pasó una mano nerviosa por su cabello húmedo antes de ceder a la presión y responder:

—Solo digo que desde que empezó todo este asunto… el equipo se fue al carajo.

Algunos apartaron la mirada y otros exhalaron, pero el silencio siguiente pudo ser catalogado como brutal. No hubo ningún movimiento, ni siquiera por parte de Theodore, aunque Clark arrugó los labios con pesadez. Marshall cerró los ojos un segundo.

Y Damián…

Damián experimentó en carne viva cómo aquella frase encontraba exactamente el lugar donde más daño podía hacer.

Porque esa era la verdadera pesadilla; ni siquiera los rumores, el comité, los comentarios en las redes. Eso. El convertirse en el motivo por el cual algo bueno empezaba a romperse. Theodore dio un paso hacia adelante; pero antes de darse cuenta, Marshall estaba allí y lo atrapó de un brazo.

—Basta.

El capitán tensó el cuerpo entero.

—¿Escuchó lo que dijo?

—Sí. Y tú vas a sentarte ahora mismo antes de empeorar todavía más esta situación.

Theodore respiró fuerte por la nariz. El vestuario seguía inmóvil alrededor. Clark observó a Damián un momento, y ahí estuvo esa sensación incómoda, como si todos estuviesen esperando algo de su parte. Una reacción, una explosión emocional o un desastre con piernas, pero Damián solo apartó la mirada hacia sus guantes y, entonces entendió algo que no debió de haber entendido.

Entendió al defensa.

No completamente, pero sí lo suficiente. El equipo sí estaba roto; se rompió después de que él se uniera, no antes.

Marshall terminó soltando el brazo de Theodore y se fijó en todos.

—Acusar a otros de lo que no se puede hacer es muy fácil —le expresó—. Es igual que mirar el moco en la nariz ajena, pero antes de señalar la nariz de otro, mejor si miran la de cada uno.

El entrenador se cruzó de brazos y espiró.

—El hockey es un deporte de equipo, no de un solo hombre y, si ustedes esperan que solo una persona dañe el funcionamiento de este equipo, entonces soy yo quien ha estado equivocado durante este tiempo y no hay equipo aquí —les dijo con voz suave, más bien cansada—. Espero equivocarme, claro está, sería una pena que este equipo de hockey, en realidad prefiriese estar en una disciplina individual como el hockey artístico.

Si bien la incomodidad y la tensión no desaparecieron, el entrenador bajó los ánimos.

—Todos afuera —ordenó con cansancio—. Mañana entrenamos a las seis y más les vale llegar con ganas de jugar hockey en lugar de actuar como un grupo de adolescentes incapaces de controlar sus emociones.

Nadie respondió al primer momento, entonces el entrenador habló de nuevo.

—¿Se les taparon las orejas o estoy envejeciendo y mi voz no es lo suficientemente fuerte?

—¡Sí, entrenador! —respondieron en diferentes tiempos.

Los jugadores comenzaron a moverse despacio por el vestuario, evitando mirarse demasiado entre sí mientras recogían bolsos y protecciones.

Damián permaneció sentado frente a su casillero más que el resto, muy quieto. Como si levantarse requiriera más energía de la que realmente tenía. Theodore seguía cerca, demasiado cerca. Y Damián sabía muy bien que lo estaba mirando, incluso si no volteaba a verlo.




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