Orgullo Frío

Capítulo 38. Se forja la distancia.

El hielo volvió a llenarse de ruido al día siguiente, pero incluso el hielo que reconocía el ruido de las cuchillas cortando la pista, discos golpeando contra las bandas, espiraciones agitadas escapando detrás de los protectores bucales, Marshall gritando correcciones, percibía que todo parecía funcionar, pero que, en realidad, el verdadero problema era mucho más difícil de detectar.

Damián llegaba más temprano que cualquiera, continuaba entrenando y cumplía cada ejercicio exactamente como debía hacerlo, en ocasiones, dando un poco más. Aun así, algo se había apagado en él.

El primero en darse cuenta fue Clark.

No fue algo dramático ni evidente. Simplemente ocurrió durante el calentamiento, cuando soltó uno de sus comentarios estúpidos sobre Theodore pareciendo un esposo abandonado y Damián apenas levantó la cabeza antes de responderle con un «cállate» tan vacío que hasta él se quedó quieto un momento.

No hubo risa después. Ni ese brillo rápido que normalmente aparecía en sus ojos cuando empezaban a molestarse. Clark observó cómo seguía patinando sin volver a hablar demasiado y frunció apenas el ceño.

Raro, muy raro. Damián siempre reaccionaba, sin excepción. Theodore también se percató de ello, quizás al mismo tiempo que Clark, pero era evidente, lo notaría más temprano que tarde. Si era honesto, se había enterado desde el instante en que Damián entró al estadio aquella mañana sin buscarlo con la mirada. Ni una vez.

Ni al cruzar el vestuario, ni al ponerse las protecciones. Ni siquiera cuando pasó a menos de un metro de él para salir hacia la pista.

Nada.

Y joder.

Eso empezó a incomodarlo muchísimo más rápido de lo esperado.

Marshall hizo sonar el silbato.

—Cambio de líneas.

Los jugadores comenzaron a moverse rápido sobre el hielo. Theodore giró sobre los patines mientras atrapaba un pase cerca de la línea azul y avanzó directo hacia el arco rival. Un defensa intentó cerrarle espacio, pero logró esquivarlo con facilidad antes de levantar apenas la vista.

Por costumbre y por reflejo, buscó a Damián. Lo encontró entrando por la izquierda, pero Damián no levantó el palo pidiendo el pase como siempre hacía.

Ni siquiera lo miró. Simplemente continuó avanzando en silencio al tiempo que otro jugador ocupaba el espacio ofensivo.

Theodore terminó disparando él mismo. El disco golpeó el poste. Clark soltó una maldición cerca de la portería.

—¡Eso estaba regalado!

Theodore apenas escuchó. Seguía mirando hacia el otro extremo del hielo, donde Damián ya regresaba hacia posición defensiva sin girarse una sola vez. Algo dentro de su pecho comenzó a tensarse muy despacio, porque estaba empezando a sentirse demasiado parecido a una despedida.

El ambiente dentro del vestuario tampoco ayudaba mucho para que la situación fuese mejor o diferente. Las conversaciones seguían existiendo, sí, pero ahora se mantenían forzadas; todos estaban intentando actuar lo más normal posible, mientras evitaban cuidadosamente ciertos temas.

Y ciertas miradas.

Damián terminó de quitarse los guantes después del entrenamiento y comenzó a guardar las protecciones dentro del bolso con movimientos tranquilos, mecánicos, demasiado ordenados para alguien como él. Antes dejaba cosas tiradas por todas partes.

Clark se sentó frente a él mientras se secaba el cabello con una toalla.

—Okey, ya me cansé.

Damián ni siquiera levantó la vista, continuó en lo suyo.

—¿De qué?

—De esta vibra deprimente que tienes encima.

Eso consiguió apenas una pequeña exhalación nasal. No una risa.

Clark frunció más el ceño.

—Dios, sí estás grave.

Damián cerró el bolso.

—Estoy bien.

—Ajá. Y el capitán dejó de mirarte como si quisiera seguirte hasta al baño.

Ahí sí hubo reacción, muy pequeña, pero suficiente. Damián tensó apenas la mandíbula mientras se ponía de pie. Clark lo observó con más cautela.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Eso fue exactamente lo que diría alguien al que le está pasando algo, y algo muy grande, como el trasero de una ballena.

Damián tomó la botella de agua desde la banca antes de responder.

—No todo gira alrededor del capitán.

Clark levantó ambas cejas al segundo.

—Okey, definitivamente sí pasó algo más grande que el trasero de una ballena.

Damián soltó una exhalación pesada y comenzó a caminar hacia la salida del vestuario. No quería hablar, no quería explicar nada. Ni siquiera sabía cómo hacerlo sin sentir que todo sonaba ridículo.

Theodore apareció justo afuera del pasillo. Y el cuerpo entero de Damián reaccionó antes de que pudiera evitarlo.

Maldita costumbre.

El capitán llevaba todavía el cabello húmedo y la camiseta negra de entrenamiento pegada parcialmente contra el torso por el sudor. La tensión acumulada en sus hombros era visible incluso desde lejos; no obstante, en ningún momento dejó de verse estúpidamente guapo. Incluso así, cuando vio a Damián, su expresión cambió apenas.




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