El vestuario estaba demasiado vacío.
El eco de las gotas cayendo desde alguna ducha mal cerrada se mezclaba con el zumbido constante de las luces blancas sobre sus cabezas. Afuera, el estadio ya empezaba a apagarse, pero dentro del cuarto todavía quedaba ese olor permanente a hielo derretido, sudor y cansancio que parecía incrustado en las paredes.
Damián seguía sentado frente al casillero, inmóvil. El teléfono permanecía entre sus manos mientras el correo abierto seguía brillando sobre la pantalla como una amenaza silenciosa.
A pesar de la distancia, el capitán tenía un ojo de águila, podía leer claramente: Programa de transferencia deportiva, posibilidad de beca. Y, entendía que todo significaba un nuevo comienzo.
Lejos de los Cartoles y lejos de él. No se había movido desde la entrada.
Y joder…
La expresión en su rostro fue suficiente para hacerle doler algo dentro del pecho a Damián. Por raro que fuese, Theodore no parecía furioso, parecía herido. De verdad herido, como si acabara de descubrir algo capaz de arrancarle el aire de los pulmones y rasgarle el alma.
Damián tragó aire y bloqueó el teléfono demasiado tarde, Theodore ya había leído suficiente.
El capitán dio un paso hacia adelante.
Después otro.
Despacio.
Como si moverse demasiado rápido pudiera romper la poca armonía más entre ellos.
—¿Qué es eso?
La voz grave salió baja, peligrosamente tranquila. Damián evitó mirarlo a los ojos, fue un acto cobarde, lo repetía en su interior, pero estaba muy seguro de que, si lo veía a los ojos, tal vez, solo tal vez, lloraría.
—Nada.
Theodore soltó una risa vacía. Una de esas que no tenían humor.
—¿En serio vas a responderme eso?
Damián apretó el teléfono y se pasó los dedos por las cejas. El agotamiento seguía pegado debajo de la piel después del entrenamiento y ahora el corazón le golpeaba tan fuerte que empezaba a costarle respirar con normalidad.
Theodore ya lo había entendido, y una parte horrible de él sabía cuánto daño acababa de hacerle, pero... le haría más daño entre más tiempo estuviera allí. Theodore amaba el hockey, amaba a su equipo y…
—Solo es un correo.
El capitán se quedó completamente quieto, entonces ocurrió un gesto que Damián no vio venir: Theodore sonrió; una sonrisa pequeña e incrédula. Aquella sonrisa no tenía absolutamente nada de felicidad.
—Claro —murmuró—. Y yo soy estúpidamente optimista.
Damián apretó la mandíbula.
—Theo…
—¿Vas a irte?
La pregunta llegó directa, sin un diminuto rodeo y sin protección. Lo desarmó el hecho de que Theodore no estuviera preguntando por curiosidad. Lo estaba preguntando como alguien intentando prepararse para recibir un golpe.
Damián abrió la boca, la cerró otra vez. El silencio entre ambos se volvió insoportablemente pesado. Theodore bajó lentamente la mirada hacia el teléfono todavía atrapado entre las manos de Damián.
Después volvió a mirarlo a él.
—¿Tan fácil es irte?
El corazón le golpeó brutalmente contra las costillas, sus cejas se buscaron entre sí.
—¿Crees que esto es fácil para mí?
La respuesta salió más fuerte de lo esperado, más rota y mezquina.
Theodore mantuvo el contacto visual y allí, justo allí, encontró otra vez esa expresión devastadora que aparecía cada vez que algo lograba atravesarle el control. Había visto más caras distintas de Theodore en dos semanas, que en todo el tiempo que llevaba de conocerlo. El capitán jamás había permitido que las emociones se le vieran tan claramente en el rostro, pero Damián ya había aprendido a leerlo.
En ese instante, Theodore parecía alguien intentando no quebrarse delante de él.
—Entonces explícame qué demonios fue lo que leí.
Damián soltó el aire hasta vaciar los pulmones.
No sabía cómo responder eso.
¿Cómo explicaba que llevaba días sintiendo que estaba destruyendo todo lo que Theodore había construido?
¿Cómo explicaba el miedo horrible que le provocaba imaginar al equipo rompiéndose por su culpa?
¿Cómo le decía que irse comenzaba a parecerse demasiado a una solución?
Theodore debió notar el caos en su expresión porque la frustración empezó a endurecerle la mandíbula.
—Mierda, Damián, háblame.
Aquello le pesó en el pecho. Theodore rara vez pedía algo con ese tono tan necesitado, si bien, con él, solo con él, seguía haciéndolo. Seguía intentando alcanzarlo. Damián dejó el teléfono sobre la banca antes de ponerse de pie. El cuerpo le pesaba entero.
—No puedo seguir viendo cómo todo empeora.
La mirada del capitán no se apartó de él ni un segundo.
—¿Y marcharte va a arreglarlo?