Orgullo Frío

Capítulo 40. El peso del que sostiene.

La suspensión de Theodore convirtió el estadio en un lugar extraño.

No vacío, porque seguía lleno de ruido: cuchillas arañando el hielo, discos rebotando contra las bandas, gritos de Marshall atravesando el estadio desde la banca técnica y el rumor constante de las gradas universitarias preparándose para el siguiente partido de la temporada. Sin embargo, algo esencial parecía haberse desplazado apenas unos centímetros fuera de sitio, lo suficiente para alterar el equilibrio completo del equipo.

Damián lo entendió desde que cruzó las puertas del vestuario aquella mañana y encontró el ambiente cargado de una tensión rara, distinta a la hostilidad de días anteriores. Ya no era rechazo abierto; era incertidumbre. Como si nadie supiera exactamente cómo actuar ahora que Theodore no podía entrar al hielo después de la decisión del comité y el equipo entero hubiese perdido el punto alrededor del cual solía girar.

Hasta ese momento, Damián tal vez estuvo sumergido en él mismo, tanto que ni se dio cuenta de ese pequeño hecho.

Clark intentaba compensarlo hablando el doble de lo normal. Su voz rebotaba entre los casilleros mientras se cambiaba a toda velocidad, mezclando bromas absurdas con comentarios deportivos que nadie escuchaba realmente. Aun así, el simple hecho de oírlo hacía que el ambiente no terminara de hundirse del todo.

Damián se encontraba sentado frente a su casillero ajustando la cinta del palo cuando escuchó a Gabo comentar algo sobre que «si perdían, él personalmente fingiría una lesión para no salir en las entrevistas», arrancando apenas un par de risas cansadas entre los defensas. Fue un detalle mínimo, pero suficiente para demostrar que el equipo todavía respiraba.

Marshall apareció poco después, cargando una carpeta negra contra el pecho y la misma expresión agotada que llevaba encima desde hacía semanas. No obstante, aquella mañana sus ojos fueron distintos; una dureza silenciosa que parecía haberse asentado definitivamente detrás de la calma habitual. Se detuvo frente al grupo, observándolos durante unos segundos mientras el sonido lejano de la máquina limpiadora recorría el otro extremo del estadio, y después habló con esa voz seca que no necesitaba elevarse para imponer autoridad.

—No voy a repetirles otra vez que estamos entrando en la parte más importante de la temporada —dijo, dejando la carpeta sobre una banca—. Si todavía no entienden eso, entonces estamos perdiendo el tiempo aquí.

Algunos jugadores bajaron la mirada automáticamente. Otros fingieron seguir acomodando equipo. Damián percibió el peso de aquellas palabras instalándose en el vestuario mientras terminaba de ponerse los guantes. Marshall no sonaba furioso, sonaba ciertamente cansado. Y, por alguna razón, eso resultaba mucho peor.

—King no va a jugar hoy en los entrenamientos, tampoco nos acompañará en el siguiente partido —continuó el entrenador—, lo cual significa que varios aquí tendrán que empezar a actuar como si realmente quisieran ocupar un espacio dentro de este equipo y obtener la victoria.

La frase quedó suspendida sobre ellos. Nadie respondió. Clark dejó de moverse apenas un instante y el nombre de Theodore le atravesó el pecho con una fuerza absurda. No lo había visto todavía esa mañana, aunque sabía perfectamente dónde estaría. Theodore jamás abandonaría al equipo por una suspensión.

Y efectivamente, cuando salieron hacia la pista, Damián lo encontró de inmediato.

Estaba sentado en las primeras filas de las gradas superiores, inclinado hacia adelante con ambos antebrazos apoyados sobre las piernas, observando el hielo con una intensidad tan familiar que resultaba imposible no sentir algo revolverse dentro del pecho.

Llevaba ropa deportiva negra y una gorra oscura escondiéndole parcialmente el cabello, pero incluso desde aquella distancia irradiaba esa presencia imposible de ignorar que siempre había tenido; se veía guapísimo, especialmente cuando mostraba ese rostro concentrado y mandón. La diferencia era que ahora no podía intervenir. pa del partido sobre los hombros.

Y, aun así, seguía allí.

Mirándolos.

Mirándolo.

El cuerpo de Damián reaccionó antes de que pudiera evitarlo. La garganta se le tensó apenas cuando Theodore levantó una mano en un gesto pequeño, invisible desde las gradas. No hubo sonrisa. No hizo falta. Bastó aquella mirada sostenida unos segundos más de lo necesario para que la sensación cálida y dolorosa se expandiera lentamente bajo sus costillas.

Después el entrenamiento comenzó, y el hockey volvió a imponerse sobre todo lo demás.

El hielo estalló en movimiento apenas Marshall hizo sonar el silbato. Los jugadores se lanzaron sobre la pista con violencia contenida, chocando hombros, disputando espacios y cortando líneas ofensivas a una velocidad brutal que obligaba al cuerpo a reaccionar antes incluso de pensar. Durante los primeros minutos el equipo siguió jugando mal. No terrible, pero sí desconectado.

Los pases llegaban tarde, la defensa dudaba en las coberturas y cada jugada parecía romperse apenas alcanzaba cierta velocidad. Theodore observaba desde arriba con la mandíbula tensa, siguiendo automáticamente cada error como si todavía estuviera dentro de la formación.

Damián, con la cabeza más despejada y, más cómodo, empezó a notarlo todo con facilidad.




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