Orgullo Frío

Capítulo 41. Lo podrido y lo resuelto.

Marshall no habló apenas dejaron el túnel atrás.

El entrenador avanzó por el pasillo del estadio con la carpeta negra todavía bajo el brazo y Theodore caminó detrás de él sintiendo cómo la incomodidad iba instalándose bajo las costillas como una púa incrustada. Afuera, el ruido del equipo regresando al vestuario todavía rebotaba entre las paredes de concreto, mezclado con carcajadas agotadas, discos golpeando dentro de bolsas deportivas y el eco lejano de unas cuchillas raspando el suelo de goma. Sin embargo, cuanto más se alejaban del hielo, más pesado se volvía el ambiente.

Damián se quedó atrás observándolos desaparecer doblando el corredor. La tensión en los hombros de Theodore no había pasado desapercibida. Tampoco aquella expresión rígida que aparecía cada vez que algo empezaba a salirse de control. Durante un segundo experimentó el impulso absurdo de seguirlos, pero terminó inmóvil junto a la pared del túnel mientras el resto del equipo pasaba alrededor rumbo al vestuario.

Clark fue el único que frenó cerca de él.

—Tiene cara de que va a matar a alguien —murmuró mientras se quitaba uno de los guantes con los dientes.

Damián desvió apenas la vista hacia el fondo del pasillo.

—Theo siempre tiene esa cara.

—Sí, pero esta es la versión premium.

Eso consiguió arrancarle una exhalación breve por la nariz. Clark lo percibió y sonrió apenas satisfecho antes de golpearle el hombro con el casco.

—No hagas esa cara otra vez.

—¿Cuál?

—La de «voy a sacrificarme emocionalmente por el bien común».

Las cejas de Damián apenas se apretaron.

—No tengo esa cara.

—Hermano, llevas semanas teniendo ESA cara. Ah, créeme, he tenido ganas de golpearte un par de veces, pero creo que el capitán me sacaría los dientes y, no quiero pelearme con él, tampoco contigo.

—Es bueno saberlo… creo.

—Así que deja de ser el mártir de esta serie, estamos en una comedia romántica, no una historia de suspenso.

Derek se rio de nuevo, y Clark, él se limitó a asentir satisfecho.

Clark terminó alejándose hacia el vestuario antes de que pudiera responderle, dejándolo otra vez solo con el ruido distante del estadio y la sensación incómoda creciendo dentro del pecho. Porque, por desgracia, Clark no estaba equivocado. Parte de él todavía seguía esperando el momento exacto en que todo volviera a desmoronarse. Y honestamente, el hecho de que Theodore siguiera quedándose le brindó tanto alivio que podía hasta dar miedo.

Marshall llevó a Theodore hasta una pequeña oficina junto a la zona administrativa del estadio. Apenas cerró la puerta, el ruido exterior quedó reducido a un murmullo lejano. El entrenador dejó finalmente la carpeta sobre el escritorio, a su vez, Theodore permaneció de pie frente a él con los brazos cruzados, la paciencia empezaba a tensarse dentro de él como una tira de plástico amarrada a dos vehículos en marcha.

—¿Qué sucede, entrenador?

Marshall tardó unos segundos en responder. Se quitó los lentes, se frotó apenas el puente de la nariz y después abrió la carpeta negra con movimientos lentos, como si estuviera ordenando cuidadosamente cada pensamiento antes de hablar.

—La publicación sobre Damián no salió de la nada.

La mandíbula de Theodore se endureció y sus ojos se oscurecieron.

Ya lo sospechaba.

Desde el momento en que aparecieron detalles demasiado específicos sobre el antiguo equipo de Damián, empezó a olerle mal. Los rumores universitarios eran rápidos, crueles y muchas veces ridículamente exagerados, pero aquello había sido distinto.

Demasiado organizado y preciso.

Marshall deslizó varios papeles sobre el escritorio: Capturas de pantalla, conversaciones y correos.

Theodore bajó la mirada apenas unos segundos y un golpe helado le atravesó el pecho.

El nombre de Iván aparecía demasiadas veces.

—Uno de los encargados de medios del campus vino a hablar conmigo esta mañana —explicó Marshall con voz grave—. Al parecer, alguien empezó a mover la historia hace semanas. Comentarios anónimos, mensajes enviados desde cuentas falsas e información manipulada.

La respiración de Theodore comenzó a volverse más pesada.

—Le pedí al equipo de seguridad del campus que rastreara el origen de los correos electrónicos y, después de hacer el debido seguimiento, nos llevaron a un ordenador en específico.

Marshall lo observó más cauto antes de continuar.

—Así es, King. Todo apunta a Iván.

El capitán apartó la vista hacia la pared del fondo mientras sentía algo oscuro revolverse dentro de sí. No era sorpresa exactamente. Más bien una especie de decepción amarga instalándosele bajo las costillas; Iván siempre había sido competitivo, arrogante y demasiado orgulloso para aceptar quedar detrás de alguien más. Pero Theodore jamás creyó que llegaría tan lejos ni tan bajo como para pasar por encima de otros sin importar el costo.

Marshall volvió a ponerse los lentes antes de hablar otra vez.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.