Orgullo Frío

Capítulo 42. Decidiendo sostener.

El gol de Damián no calmó el partido.

Ojalá hubiese sido así, pero, en realidad, lo volvió más violento.

El estadio explotó apenas el disco golpeó la red, y el rugido de las gradas descendió sobre el hielo como una avalancha capaz de hacer vibrar hasta el vidrio de las bandas. Clark fue el primero en alcanzarlo, chocando contra él con tanta fuerza que ambos casi perdieron el equilibrio sobre las cuchillas, mientras el resto de la línea ofensiva se acercaba golpeando palos y gritando algo imposible de entender entre el caos del público.

Sin embargo, debajo de la adrenalina, Damián mantuvo la calma suficiente para darse cuenta de que: La energía había cambiado.

El equipo ya no se veía asustado, ni arisco, tampoco nervioso.

Marshall golpeó la baranda una vez más desde la banca técnica, señalando agresivamente hacia la pista a la par que organizaba el siguiente cambio de líneas. La dureza en su voz atravesó el ruido del estadio sin dificultad.

—¡No bajen el ritmo! ¡Los tienen contra la pared, carajo!

Tenía razón.

Los rivales comenzaron a jugar más sucio apenas cayó el primer gol.

Los defensas cerraban espacios usando el cuerpo con una agresividad desesperada y las líneas ofensivas presionaban cada transición como si intentaran recuperar el control del partido antes de que Cartoles terminara de incendiarse por completo. El hielo se convirtió rápidamente en una guerra de velocidad, hombros chocando contra vidrio, respiraciones agitadas detrás de los protectores bucales y cuchillas levantando pequeñas tormentas blancas cada vez que alguien frenaba bruscamente.

Desde las gradas superiores, Theodore seguía el partido con el cuerpo entero tenso.

No poder entrar al hielo provocaba una desesperación indescriptible.

Lo vivía en los músculos rígidos de la mandíbula, en las manos cerradas sobre sus piernas y en la necesidad física de levantarse cada vez que veía una línea ofensiva romperse o una cobertura llegar tarde. Durante años había aprendido a resolver partidos moviéndose, golpeando, corrigiendo sobre la marcha, y ahora estaba atrapado en una grada mientras el equipo libraba una batalla abajo sin él.

Pero entonces Damián volvía a tocar el disco y algo se acomodaba apenas dentro del pecho. El equipo seguía funcionando.

No perfecto. No limpio, pero funcionaba.

Y joder…

Eso significaba muchísimo más de lo que Theodore estaba preparado para admitir.

El siguiente choque ocurrió cerca de la mitad del segundo período. Damián interceptó un pase en transición defensiva y aceleró por derecha junto a Clark, el público comenzaba a levantarse otra vez. El ritmo del juego ya había alcanzado ese punto donde pensar resultaba inútil y todo dependía de instinto, reflejos y resistencia física. El defensa rival intentó cerrarle espacio cerca de la línea azul, pero Damián logró deslizar el disco entre ambos palos justo antes de recibir un golpe brutal contra las costillas.

El aire se le escapó parcialmente de los pulmones. Aun así, siguió avanzando.

¡Tenía que conseguir otro gol!

Clark recibió el pase y soltó una carcajada salvaje mientras entraba directo hacia la portería.

—¡Eso, petirrojo! —El grito salió tan profundo que dejó reseca la garganta de Theodore.

El disparo terminó bloqueado por el arquero rival, pero el rebote quedó peligrosamente suelto frente al arco. Dos jugadores se lanzaron sobre el disco al mismo tiempo y el caos estalló al instante. Los cuerpos comenzaron a empujarse, palos chocando violentamente a la par que los árbitros gritaban órdenes imposibles de entender entre el ruido del estadio.

Damián terminó atrapado contra el vidrio junto a uno de los delanteros rivales. El golpe le hizo arder la espalda, pero antes de que pudiera apartarse escuchó una voz demasiado familiar desde el otro lado.

Iván.

—No sé qué es más triste —escupió a la par que frenaba cerca de ellos—. Que el equipo siga creyendo en ti o que nadie todavía entienda la clase de problema que eres.

La rabia apareció más rápido de lo que creyó posible.

Y sí, no fue no miedo, tampoco vergüenza.

Rabia real.

Damián rotó apenas la cabeza hacia él sintiendo la respiración pesada detrás del protector bucal. Iván tenía los ojos completamente endurecidos, llenos de algo oscuro que ya no parecía simple competitividad. Había resentimiento dentro. Uno tan profundo que resultaba palpable incluso en mitad del partido.

Entonces Damián lo entendió y lo asumió.

Iván no estaba intentando ganar.

Estaba intentando destruir.

Clark llegó antes de que pudiera responder. Frenó bruscamente sobre el hielo, interponiéndose apenas entre ambos mientras el árbitro intentaba reorganizar la jugada.

—¿Sabes qué es lo realmente agotador de ti? —espetó Clark, respirando fuerte—. Que desde que te conozco te has creído mejor que todos nosotros, pero te saltas los entrenamientos y te comportas como un cabrón arrogante, ahora mismo, no es Damián, el único tipo incapaz de jugar en equipo aquí eres tú.




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