Orgullo Frío

Capítulo 43. A plena vista.

La victoria contra los Mckarty no convirtió el vestuario en un lugar alegre de inmediato, más bien, lo volvió extraño.

Demasiado vivo para seguir funcionando desde la tensión rota de semanas atrás, pero todavía demasiado herido para sentirse completamente estable. El ruido dentro del cuarto después del partido sonaba distinto a otros días: más alto, más caótico, más real. Las carcajadas de Clark atravesaban el ambiente mientras alguien golpeaba repetidamente una banca con el palo celebrando la victoria, y aun así debajo de todo aquello seguía existiendo una especie de cautela silenciosa, como si el equipo entero todavía estuviera aprendiendo cómo moverse después del desastre.

No fue difícil para Damián entenderlo después de que cruzó la puerta.

El cuerpo le dolía entero. El golpe contra el hombro seguía latiéndole debajo del uniforme húmedo y tenía las piernas tan agotadas que caminar sobre el suelo de goma resultaba más difícil que mantenerse sobre las cuchillas. Sin embargo, el verdadero problema era otro.

No sabía qué hacer con las miradas, porque esta vez no se apartaban. Jensen fue el primero en acercarse al tiempo que se quitaba el casco todavía jadeando por el esfuerzo del partido.

—Ese bloqueo fue una maldita locura.

Damián soltó una pequeña risa cansada mientras dejaba el palo contra el casillero.

—Sí, bueno. En mi defensa, creo que dejé de pensar hace como veinte minutos.

Clark apareció al instante detrás de Jensen, empapado en sudor y todavía incapaz de controlar la adrenalina.

—Eso explica muchísimas cosas sobre tu personalidad.

Damián alcanzó a empujarlo apenas con el hombro bueno antes de que prácticamente se le colgara encima.

—¿Sabes qué es lo peor? —continuó Clark mientras se quitaba un guante con los dientes—. Que ahora Marshall definitivamente va a esperar que hagamos cosas heroicas todos los partidos.

—Habla por ti —murmuró Gabo desde el otro lado del vestuario—. Yo pienso seguir sobreviviendo con mediocridad emocional.

Las risas explotaron alrededor del cuarto.

Y joder.

Aquello le golpeó el pecho a Damián de una forma completamente inesperada. Era normal. No perfecto. No limpio. No completamente reparado, pero se comportaban con normalidad.

Durante semanas había aprendido a entrar en aquel vestuario preparado para soportar tensión, murmullos y silencios incómodos. Ahora, en cambio, el equipo parecía volver a la vida alrededor suyo, y la sensación resultaba tan extraña que casi daba miedo acostumbrarse.

Marshall entró poco después.

El entrenador llevaba la carpeta negra bajo el brazo y la voz completamente rota por haber gritado durante tres períodos seguidos, pero incluso agotado seguía irradiando esa autoridad seca que hacía callar un cuarto entero apenas cruzaba la puerta.

—Mañana quiero a todos aquí a las ocho —dijo, recorriendo el vestuario con la mirada—. Y si alguno aparece sintiéndose demasiado orgulloso por una sola victoria, voy a hacer que patine hasta vomitar órganos.

Clark levantó una mano inmediatamente.

—Pregunta importante, entrenador. ¿Podemos vomitar órganos después del desayuno o existe protocolo institucional?

Marshall ni siquiera pestañeó.

—Clark, si sigues hablando, voy a arrancarte la lengua personalmente.

—Excelente. Entonces sí hay protocolo.

Varias carcajadas volvieron a recorrer el vestuario, pero Damián alcanzó percibir más debajo del tono relajado del entrenador. Una tensión contenida que parecía pegada detrás de los ojos de Marshall desde antes incluso de entrar al cuarto.

Y entonces lo vio: El casillero de Iván seguía vacío, nadie decía su nombre, nadie preguntaba dónde estaba.

Aquello no era casualidad.

Marshall terminó de dar un par de indicaciones más antes de salir nuevamente del vestuario. Sin embargo, justo antes de cruzar la puerta, sus ojos se desviaron apenas hacia Theodore, que esperaba apoyado en el pasillo exterior, todavía suspendido y vestido completamente de negro.

Se entendieron sin palabras.

Theodore empujó la pared con el hombro apenas vio al entrenador hacerle una pequeña señal con la cabeza. Después levantó la vista hacia el interior del vestuario y encontró a Damián observándolo desde el otro extremo.

El corazón le golpeó más fuerte de lo normal, porque seguía ocurriendo. Ese instante absurdo donde el resto del mundo parecía perder volumen apenas Theodore lo miraba directamente.

Damián tragó saliva y se quitó muy despacio el protector bucal. El sudor húmedo le pegaba mechones oscuros contra la frente y todavía respiraba acelerado por el partido, pero incluso agotado se veía más vivo de lo que Theodore lo había visto en semanas.

Y aquello… Aquello seguía desarmándolo por dentro; lo que era bueno, sería peor si lo desarmaba por fuera también.

Clark fue el primero en notar el intercambio. Por supuesto, tenía que ser él.

—Dios mío, van a hacer que me vuelva creyente del amor.




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