El regreso de Theodore al hielo cambió el estadio incluso antes de que comenzara el entrenamiento. Con tan solo cruzar las puertas principales aquella mañana, Damián se percató de ello; la energía que flotaba por los pasillos fue distinta, dotada de algo eléctrico, contenido, como si el equipo entero hubiese recuperado una pieza fundamental de sí mismo después de horas que parecieron semanas, funcionando con aquella ausencia imposible de ignorar.
El ruido de las cuchillas contra el suelo de goma, las voces atravesando el corredor y el golpe seco de los palos chocando dentro del vestuario parecían más vivos que de costumbre, pero no de una manera caótica. Era tensión mezclada con expectativa. Esa sensación que aparece justo antes de algo importante.
Y honestamente… También se encontró nervioso.
Dejó el bolso junto a su casillero mientras intentaba convencerse de que aquello era ridículo. Theodore solo regresaba después de la suspensión; una sola suspensión, un solo partido. Ya habían entrenado juntos cientos de veces. Habían compartido partidos, peleas, silencios incómodos y demasiadas miradas capaces de alterarles el ritmo cardíaco desde el otro extremo del hielo.
Sin embargo, eso se sentía distinto. Tal vez porque ahora todo estaba demasiado expuesto entre ellos. O tal vez porque después de tantas semanas de tensión acumulada, de rumores, de rabia, de miedo y de partidos sosteniéndose al borde del desastre, el simple hecho de volver a compartir el hielo con Theodore comenzaba a parecer peligrosamente importante.
Clark apareció junto a él como una maldición emocional enviada directamente por el universo.
—Oh, perfecto —murmuró dejando caer el bolso sobre la banca—. La energía romántica ya está insoportable y ni siquiera son las ocho de la mañana.
Damián ni siquiera levantó la vista al abrir su casillero.
—No sé de qué hablas, Clark, creo que te faltaron horas de sueño.
—Claro. Y yo no pasé anoche escuchando a Jensen decir que ustedes dos juegan hockey como si estuvieran casados desde hace veinte años.
Eso consiguió que Damián girara la cabeza finalmente.
—¿Jensen dijo eso?
Clark sonrió de inmediato.
—Mira cómo ignoraste completamente la parte donde dije «casados».
Damián tomó una toalla y se la lanzó directo a la cara. Clark soltó una carcajada escandalosa justo cuando Theodore entraba al vestuario.
Ah...
El aire volvió a cambiar instantáneamente.
No fue algo dramático ni exagerado; nadie dejó de hablar, ni se quedó congelado observando. El equipo siguió moviéndose con relativa normalidad alrededor de ellos, pero Damián vivió el impacto igual; profundo y absurdo; tan pronto como Theodore cruzó la puerta llevando el uniforme de entrenamiento nuevamente puesto.
Era la fiel evidencia de que pertenecía ahí.
El capitán avanzó hacia su casillero entre saludos rápidos, golpes de hombro y comentarios burlones de algunos jugadores que llevaban días esperando verlo regresar. Marshall todavía no había llegado, así que el ambiente seguía relativamente relajado, aunque bastó que Theodore comenzara a colocarse las protecciones para que una cosa parecida a orden natural regresara silenciosamente al vestuario.
Damián intentó no mirarlo demasiado.
Para su pena y su orgullo, fracasó miserablemente.
Theodore llevaba el cabello todavía húmedo, probablemente recién salido de la ducha del dormitorio universitario, y el simple movimiento de sus manos ajustando las cintas alrededor de los guantes conseguía distraerlo de maneras completamente estúpidas para un jugador con su experiencia. Lo peor era que Theodore parecía notarlo incluso sin levantar la cabeza. Porque una pequeña curva apareció apenas en la comisura de su boca.
Mínima, casi invisible, pero suficiente para que el calor subiera por el cuello de Damián, enrojeciendo su piel.
Clark no se perdió el intercambio desde el otro lado del vestuario y apoyó dramáticamente una mano sobre el pecho.
—Algún día voy a cobrar por soportar esta tensión.
—Clark —advirtió Theodore sin esfuerzo.
—Sí, sí, ya sé. «Cállate, Clark». Pero honestamente, ustedes dos tienen más contacto visual que la mayoría de parejas divorciadas intentando reconciliarse.
Gabo soltó una risa desde el fondo.
—Eso fue sospechosamente específico.
—Tengo cultura cinematográfica, recuérdalo.
Marshall entró antes de que Clark pudiera seguir hablando y el vestuario se reorganizó automáticamente alrededor de su presencia. El entrenador llevaba varios papeles bajo el brazo y una expresión mucho más despierta que la de días anteriores, aunque todavía existía cansancio acumulado alrededor de sus ojos.
A pesar de ello, ya no parecía un hombre intentando evitar que el equipo se destruyera desde dentro. Ahora parecía alguien preparándose para ganar.
—Bien —dijo, descargando la carpeta sobre una banca con esa insana necesidad de tener las manos libres antes de hablar—. Me alegra ver que algunos siguen vivos después del último partido.