Orgullo Frío

Capítulo 45. Logro que deja cicatriz.

El estadio universitario jamás había sonado de esa forma.

Desde el instante en que Cartoles salió al hielo para el calentamiento, el ruido descendió sobre la pista como una tormenta viva, brutal, capaz de atravesar el pecho incluso antes de que comenzara el partido. Las gradas rebosaban de estudiantes y padres vestidos con los colores del equipo, banderas agitándose entre el mar de personas mientras los reflectores caían sobre el hielo con esa luz blanca y agresiva que volvía todo más frío, más intenso, más real. El eco de los palos golpeando el hielo durante el calentamiento se mezclaba con música estridente y voces amplificadas desde las bocinas del estadio, pero debajo de todo aquello existía otra cosa.

Presión.

No la presión nerviosa y rota de semanas atrás. Eso era distinto: era hambre.

Damián la sintió apenas atravesó la puerta del túnel junto al resto del equipo. El aire helado golpeó directo contra su rostro y el rugido de las gradas consiguió acelerar al instante un espacio dentro de su pecho. A su lado, Theodore avanzaba sobre las cuchillas con esa calma peligrosa que siempre parecía envolverlo antes de los partidos importantes. No hablaba demasiado durante los calentamientos. Nunca lo hacía, incluso en silencio irradiaba una intensidad capaz de reorganizar automáticamente al equipo entero alrededor suyo.

Y, por alguna razón, aquello ya no molestaba a Damián como al principio.

Ahora lo estabilizaba.

Marshall observaba desde la banca técnica con ambos brazos cruzados sobre el pecho. El entrenador llevaba días funcionando con menos horas de sueño de las que probablemente eran legales para un ser humano, pero aquella noche había un brillo feroz detrás de sus ojos grises. No parecía preocupado, más bien preparado para ir a la guerra.

Clark frenó en seco junto a Damián mientras hacían ejercicios de velocidad cerca de la línea azul.

—Bueno —jadeó detrás del protector bucal—. Si morimos hoy, quiero que quede registrado que fui increíblemente atractivo hasta el final y, posiblemente el mejor jugador del equipo.

—Eso nunca estuvo registrado —murmuró Jensen al pasar cerca de ellos.

Clark se llevó una mano al pecho con indignación exagerada.

—Qué ambiente tan hostil para un hombre sensible, no creo soportarlo, jueguen sin mí.

Damián soltó una pequeña risa al tiempo que giraba sobre las cuchillas, aunque el cuerpo seguía demasiado tenso para relajarse completamente. El estadio estaba lleno, muchísimo más de lo normal. Incluso alcanzó a distinguir cámaras universitarias moviéndose cerca de las primeras filas y periodistas deportivos acomodándose junto a las barandas.

La final regional.

El partido que decidiría quién avanzaba a la última etapa de la temporada.

Y carajo…

El peso de aquello se sentía enorme.

Theodore apareció nuevamente junto a él apenas terminó otro ejercicio ofensivo. El capitán respiraba lento, controlado, aunque Damián alcanzaba a notar la electricidad contenida debajo de esa calma aparente. Theodore vivía para partidos así. Para noches donde el hielo parecía demasiado pequeño para toda la tensión acumulada encima.

—Tus hombros están demasiado rígidos —murmuró Theodore mientras se detenían cerca de la banca.

Damián levantó apenas una ceja.

—¿Eso fue análisis técnico o preocupación emocional?

—Ambas cosas.

La respuesta llegó tan natural que consiguió desarmarlo apenas un tanto. Theodore bajó la voz mientras el resto del equipo seguía moviéndose alrededor.

—Respira, petirrojo.

Y maldita sea.

Funcionó.

Porque Theodore siempre decía ese apodo como si pudiera sujetarlo al mundo incluso cuando todo alrededor empezaba a desmoronarse.

Damián soltó el aire acumulado dentro del pecho al tiempo que observaba el hielo extendiéndose frente a ellos. Las luces se reflejaban sobre la superficie blanca marcada por cientos de líneas de cuchillas, y por un momento recordó perfectamente la primera vez que vio a Theodore entrenar allí.

Todo lo que había cambiado desde entonces resultaba absurdo.

Marshall golpeó una vez la baranda.

—¡Última vuelta y adentro!

El equipo comenzó a reagruparse poco a poco, las gradas seguían rugiendo alrededor. Theodore fue el primero en abandonar la pista rumbo al túnel, y Damián lo siguió apenas unos segundos después, con la adrenalina creciéndole debajo de la piel con cada paso.

El vestuario estaba mucho más silencioso de lo habitual.

No incómodo, más concentrado.

El ruido de las protecciones acomodándose, los guantes chocando contra las bancas y el roce de la cinta adhesiva envolviendo palos llenaba el ambiente; cada jugador terminaba de prepararse mentalmente para el partido.

Clark seguía intentando hablar demasiado por puro mecanismo de supervivencia emocional.

—Si alguien rompe mis dientes esta noche, necesito que me prometan que mínimo me harán ver trágicamente hermoso y como el héroe de este equipo.




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