Orgullo Frío

Capítulo 46. Empezar a quedarse.

La temporada había terminado hacía cuatro días y, aun así, Damián seguía despertándose algunas mañanas convencido de que iba tarde a entrenamiento.

El cuerpo todavía funcionaba desde la costumbre. Abría los ojos antes de que sonara la alarma, el corazón acelerándose apenas un segundo mientras la mente intentaba recordar horarios, ejercicios, estrategias o algún partido pendiente. Luego llegaba la realidad lentamente: el cuarto oscuro de la residencia, el silencio extraño del campus durante vacaciones parciales y la ausencia absoluta de presión inmediata aplastándole el pecho.

Y honestamente…

Aquello seguía sintiéndose raro, muy raro.

Durante meses enteros había vivido moviéndose de un desastre emocional a otro. Entrenamientos, rumores, tensión en el vestuario, partidos imposibles, miedo constante a cometer un error y destruirlo todo. Ahora, en cambio, el tiempo parecía moverse mucho más lento, casi tranquilo.

Y quizá por eso estaba tan nervioso esa noche.

Ridículamente nervioso.

Damián terminó de enjuagarse la boca por tercera vez mientras se observaba en el espejo diminuto del baño comunitario, apoyando ambas manos sobre el lavamanos al tiempo que intentaba convencerse de que estaba actuando como una persona completamente normal y no como alguien a punto de sufrir una crisis emocional por ir a ver una película.

Porque eso era todo.

Solo una película.

En el apartamento de Theodore.

Completamente solos.

Damián cerró los ojos apenas un segundo.

Mierda.

Volvió a enjuagarse la boca. En serio, iba a acabarse el tarrito del enjuague. Apenas lo había comprado la semana pasada y lo llevaba más debajo de la mitad.

Clark apareció justo en ese momento entrando al baño con una bolsa de papas fritas medio vacía en las manos y se quedó mirándolo varios segundos antes de soltar una carcajada brutal.

—Oh, esto es tristemente adorable.

Damián levantó la cabeza de inmediato y se puso derecho como una vara.

—No sé de qué hablas.

—Claro. Y yo no acabo de verte lavarte la boca como si fueras a besar al presidente.

Damián tomó una toalla pequeña y se la lanzó directo a la cara. Clark apenas consiguió apartarse mientras seguía riéndose.

—¡DIOS! ¡Mírate, Ríos! ¡Estás teniendo una crisis pre-cita!

—No es una cita.

—Ajá.

—Vamos a ver una película.

Clark levantó ambas cejas con apariencia juguetona.

—¿En el apartamento de Theodore? ¿A solas? ¿Después de que prácticamente se comieron la cara en medio del estadio frente a miles de personas?

El calor le subió a Damián por el cuello. Porque el problema era exactamente ese: el beso sobre el hielo había ocurrido tan rápido y en medio de tanta adrenalina que todavía no habían tenido realmente un momento normal después de eso.

Normal… bueno. Lo más normal posible para dos personas incapaces de mirarse más de diez segundos seguidos sin alterar gravemente su frecuencia cardíaca.

Clark se apoyó contra una de las paredes del baño mientras abría la bolsa de papas otra vez.

—¿Cuántas veces te has lavado la boca?

Damián evitó responder. Clark abrió muchísimo los ojos.

—OH, POR DIOS.

—Cállate.

—¡Estás enamoradísimo!

—Clark, voy a ahogarte en el inodoro.

El castaño sonrió como un demonio completamente satisfecho, hasta los ojos le brillaron y Damián pudo jurar que las comisuras se le dispararon hacia arriba.

—No puedo creer que Theodore King haya convertido al chico más emocionalmente problemático del campus en alguien que usa enjuague bucal compulsivamente.

Damián volvió a arrojarle otra toalla. Esta vez Clark sí terminó golpeado directamente en la cara.

Treinta minutos después, Damián seguía cuestionando seriamente todas las decisiones de su vida mientras caminaba hacia el edificio de apartamentos donde vivía Theodore.

El aire nocturno estaba frío, aunque mucho menos agresivo que durante plena temporada de hockey. Parte de la nieve acumulada comenzaba a derretirse lentamente alrededor del campus y las calles universitarias permanecían extrañamente tranquilas ahora que la mayoría de estudiantes había regresado a sus ciudades para vacaciones cortas.

Damián llevaba las manos enterradas dentro de los bolsillos de la chaqueta mientras intentaba ignorar el ritmo completamente ridículo de su corazón.

Porque honestamente… No entendía por qué estaba tan nervioso.

Theodore ya lo había besado. Varias veces técnicamente. Habían pasado meses enteros construyendo tensión emocional suficiente para alimentar una pequeña tragedia romántica universitaria.

Y aun así… Aquello se sentía muchísimo más íntimo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.