Orgullo Frío

Extra 1. Un día casual.

Un mes después de terminar la temporada, Damián descubrió que Theodore tenía la costumbre de tocarlo como si ya formara parte natural de su espacio. No era algo exagerado. De hecho, la mayoría de personas probablemente ni siquiera lo habría notado.

Pero Damián sí.

Siempre.

La mano baja apoyándose apenas en su espalda cuando cruzaban calles llenas de estudiantes. Los dedos rozándole distraídamente la muñeca mientras hablaban sentados en cafeterías. La rodilla chocando suavemente contra la suya debajo de mesas compartidas. Incluso la forma en que Theodore terminaba inclinándose apenas hacia él durante conversaciones grupales, como si su cuerpo hubiera decidido por cuenta propia dónde quería quedarse.

Y honestamente… Damián todavía no sabía qué hacer con eso.

Porque había pasado un mes.

Treinta días completos desde el campeonato.

Treinta días desde el beso sobre el hielo.

Treinta y tres días desde aquella noche en el apartamento de Theodore donde, por primera vez en muchísimo tiempo, el futuro dejó de parecerle algo aterrador. Y, aun así, algunas cosas seguían afectándolo demasiado fácil.

Como justo en ese momento.

Theodore estaba apoyado contra el marco de la puerta de su habitación en las residencias, observándolo terminar de ponerse una chaqueta oscura a la par que el ruido lejano de Clark gritando en el pasillo atravesaba medio edificio.

—¡Si no bajan en dos minutos, los abandonamos a su suerte!

Jensen respondió algo desde más lejos que sonó sospechosamente parecido a: ojalá.

Damián terminó de acomodarse las mangas mientras intentaba ignorar el calor absurdo subiéndosele por el cuello bajo la mirada tranquila de Theodore. Porque ahí estaba otra vez ese problema: Theodore fuera del hockey seguía siendo peligrosísimo. Llevaba una sudadera negra sencilla, jeans oscuros y el cabello húmedo después de haberse duchado hacía poco. Nada especial. Nada llamativo. Aun así, Damián seguía sintiendo cosas completamente ridículas cada vez que el capitán lo observaba demasiado tiempo.

Theodore levantó apenas una ceja.

—¿Qué?

Ah, carajo.

Se había quedado mirándolo otra vez. Aclaró la garganta y se dio la vuelta para tomar el teléfono de la cama.

—Nada.

La pequeña curva que apareció en la esquina de la boca de Theodore dejó clarísimo que no le creyó absolutamente nada. Y lo peor era que ya ni siquiera intentaba presionarlo cuando hacía eso.

Simplemente esperaba.

Como si supiera perfectamente que Damián terminaba diciendo la verdad tarde o temprano.

—Llevas cinco minutos acomodándote la chaqueta —murmuró Theodore mientras se separaba apenas del marco de la puerta.

—Estoy listo.

—Ajá.

Damián entrecerró los ojos apenas.

—Te estás burlando de mí.

—Un poco.

Maldito hombre.

Theodore terminó acercándose lo suficiente para tomar suavemente el cuello de la chaqueta y acomodárselo mejor con movimientos lentos, completamente naturales, como si aquello fuera algo que hiciera desde siempre.

Y quizá era eso lo que más lo desarmaba ahora.

La naturalidad.

Porque ya no existía esa tensión desesperada de antes, donde cada roce parecía accidental o peligrosamente prohibido. Ahora Theodore simplemente lo tocaba. Lo buscaba. Lo acercaba hacia él sin pensar demasiado en ello. Como si Damián se hubiera convertido silenciosamente en parte de su rutina.

El corazón volvió a darle un golpe completamente inútil dentro del pecho.

—Listo —murmuró Theodore después de acomodarle la ropa, esbozando una sonrisita triunfal.

Sus dedos permanecieron apenas un segundo más cerca de su cuello sin tocarlo por completo. Damián lo miró a la cara. Y ahí estaba otra vez esa expresión tranquila que Theodore reservaba únicamente para momentos como esos. Con ese algo suave instalándosele detrás de los ojos verdes.

Dios santo.

Era imposible acostumbrarse a eso.

Clark volvió a gritar desde abajo.

—¡Si mueren en un beso apasionado, no pienso llamar a emergencias!

Theodore soltó aire por la nariz de forma ruidosa, a la par que Damián terminaba riéndose contra su voluntad.

—Vamos antes de que Jensen lo asesine por gritar tanto.

—Sí, supongo que sí, petirrojo.

La salida había sido idea de Clark, lo cual automáticamente significaba dos cosas: primero, que sería caótica. Segundo, que probablemente terminaría convirtiéndose en una experiencia mucho más emocional de lo que cualquiera admitiría después.

El arcade-bar quedaba cerca del centro y estaba lleno incluso antes de que entraran. Música sonando demasiado fuerte, luces neón reflejándose sobre mesas oscuras y grupos enteros de estudiantes celebrando el final de parciales con alcohol barato y competitividad innecesaria.




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